Los "protas"

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De madre aventurera, hija trotamundos. Una aporta la experiencia, otra el sentido común. La suma de las dos: una serie de vivencias inolvidables y unos recuerdos indelebles.

martes, 24 de agosto de 2010

Saltando de Manado a Jakarta

El sábado no había prisa. En realidad, queríamos ponernos al día, recoger y despedirnos con dignidad de nuestros días en Tomohon. Empaquetamos las mochilas y saldamos las cuentas con Jotje, que mostraba la misma algarabía de siempre en esa impávida expresión que le caracteriza. Decidimos llevarnos ya los trastos a la ciudad, donde yo los guardaría a la vez que os ponía al tanto en internet de nuestras correrías pasadas. Areia y Miguel se fueron a pasear, recorrieron las calles y se homenajearon con pasteles y té, cargando también con algunas reservas para nuestras próximas horas. Sobre las 13 vinieron a recogernos.

Visitamos de nuevo nuestro chino favorito (ya éramos clientes habituales) donde, aparte del nasi goreng de Areia, nos hicieron unos mie goreng al estilo de Makassar. Unos fideos fritos, quebradizos y crujientes, con una salsa y unas verduras con mucho sabor. Definitivamente, la comida del chiringuito valía la pena, además de estar hecha al instante y con mucho amor. El dueño compartía funciones con la oficina de Correos anexa, que jamás vimos abierta y que, según el horario de la parte, apenas le daba más que unas escasas horas de curro al día. No nos extraña que se pluriempleara.

Eran casi las 14 cuando nos acercamos a la estación, apenas unos metros del restaurante. Había dos buses más grandes con aspecto de ir a la capital. Preguntamos y nos dijeron que era el de la derecha. Subimos nuestras mochilas pero bajamos buscando sombra, pues el sol daba de pleno. De pronto, el otro vehículo se puso en marcha y empezaron a gritar "Manado, Manado". Preguntamos, pero nos insistían en que el de Manado era el nuestro. Algo perplejos y sin saber muy bien que estaba pasando, preguntamos a nuestro conductor. Nos dijo que no salíamos hasta que no estuviera lleno. Y el flujo de pasajeros no era, lo que digamos, muy torrencial.

El otro bus empezó a arrancar con apenas media docena de personas dentro. Fuimos directos al conductor que, en efecto, nos confirmó que iba a Manado. Sin pensarlo más, cogimos nuestras mochilas del otro bus y saltamos en marcha en la opción más segura. No acabábamos de entender nada pero luego decidimos que, simplemente, no querían "chafarse" clientes uno a otro y respetaban tu primera opción como la buena. Sin entender que nosotros lo que queríamos era salir deprisa.

La cuestión es que en otros 40 minutos llegamos a Manado. El bus fue parando y recogiendo gente por el camino pero llegó con cierta puntualidad. Una vez en Karombasan, preguntamos para ir al aeropuerto. Los taxis brillan por su ausencia pero nos indicaron que fuéramos a Pulla 2 y allí cogiéramos otro vehículo a destino. El mikrolet a P-2 atravesó la ciudad en hora casi punta, con tráfico denso y había pasado casi una hora cuando los pasajeros se bajaron y vimos algo parecido a una estación. El conductor nos dijo que no bajáramos. Él mismo se ofreció a llevarnos al aeropuerto para que no anduviéramos buscando algo distinto y, como no, para llevarse él algún extra. Le agradecimos mucho el gesto. Quitó el cartelito de "libre" y nos llevó directos a 18 kms de Manado. Habíamos llegado puntuales y estupendos.

El aeropuerto de Manado tiene unas dimensiones considerables, considerando que no es siquiera capital (lo fue durante algunos años) pero tampoco hay mucho que hacer cuando has visto las cuatro tiendas de recuerdos y los dos bares con poca selección. Caminamos un rato y nos sentamos a tomar un sandwich y unos tés. El flujo de vuelos era más bien cansino, así que tampoco podíamos entretenernos con el ir y venir de miles de pasajeros.

Nos sorprendió la nula seguridad que se daba en los vuelos domésticos. En ningún momento comprobaron nuestra identidad. Podíamos haber aprovechado para el exilio de algún "elemento subversivo" y nadie se hubiera percatado, amén de la botella de 1.5 litros que pasamos en la mochila sin que nadie dijera ni pío. Parece que los indonesios duermen tranquilos y no les afecta el "terror mundial" que propaga Estados Unidos.

Cuando te trasladas en Indonesia te das cuenta de las distancias y las dimensiones que tiene el país. A la ida estuvimos casi 3 horas sobrevolando Sumatra en dirección a Java. Nuestro vuelo era de 3 horas desde el norte de Sulawesi hasta la capital, Jakarta. Es como tener la capital de España en Oslo pero además, existe una tremenda incomunicación por la característica insular de todo el territorio. No es de extrañar que tengan una historia tan complicada y con tantas luchas y sudores por haber conseguido tan sólo el reconocimiento como unidad.

Eran casi las 21 cuando llegábamos a Jakarta. La noche estaba entrada, llovía y, para no complicarnos las cosas, cogimos un taxi prepagado desde el mostrador del aeropuerto (es un poco más caro pero te ahorras discutir con mucha gente y tienes la seguridad de la compañía que les respalda) Habíamos reservado un indolente hotel en un barrio más o menos céntrico, el Ibis Slipi, uno de tantos miles de cadena Accor, a precio europeo (como casi todos los alojamientos de la capi) y con racaneo a la hora de ofrecer servicios.

Para nuestra sorpresa, la cama para los 3 no era siquiera de 1.50. Queríamos descansar, así que montamos nuestro peculiar campamento de gitanos. Midiendo las diagonales y aprovechando la "fuerza bruta" de Miguel, encajamos por un lado el somier (de láminas de madera y muy agradable para dormir directamente sobre él) y el colchón sobre el suelo. Repartimos sábanas y colchas y nos desparramamos por toda la superficie que con estos cambios, nos acogía a todos.

Nos escapamos al primer restaurante que vimos, que nos pilló por los pelos a punto de cerrar las puertas. Nos dio tiempo a pedir un arroz, un pollo y algo de pescado. Queríamos saciar nuestro apetito y poder dormir sin muchos sobresaltos.

Cansados y con una pena que nos iba pesando en los bolsillos, despedimos nuestro día rodando por los lienzos blancos que cubrían la totalidad del suelo.

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