No voy a relatar la larga vuelta (por definición, las vueltas siempre son largas) de Doha a Madrid, las veces que nos dieron de comer o la puntualidad con la que nos depositaron en Barajas (está comprobado científicamente que los retrasos sólo se dan al principio de las vacaciones, jamás a la vuelta). Por mucho que pusimos velitas, incienso y rogamos a todos los dioses que el Krakatoa entrara en erupción y nos tuviera algunas semanas más retenidos, no hubo suerte y partimos cumpliendo con todos los planes.
Una pena.
La llegada a la madre patria fue tranquila, sin sobresaltos y salimos sin prisa de la aeronave. Teníamos varias horas de espera hasta nuestro último vuelo, así que las quemamos tan ricamente con algo de beber, charla y mucha nostalgia.
Ryanair tuvo a bien hacer la espera algo más larga (en su favor debo decir que suele tener un alto ratio de puntualidad, pero hacia el final del día corres el riesgo de acumular retrasos en tan justísimos horarios de vuelo que suelen llevar) y el vuelo de las 19.3o salió a las 20.20. Estábamos todos rotos. Areia no esperó ni a despegar para dormirse. Y a la salida, ya con el avión vacío y las azafatas recogiendo, todavía no acababa de despejarse y acusaba la modorra intensa en la que se había sumido.
La noche se había hecho en el trayecto. Valencia lucía con sus mil farolas y el calor y la humedad nos daban la bienvenida.
Estamos ya planificando nuestro nuevo destino. De momento en un par de semanas cogemos otro vuelo aunque, eso sí, mucho más cerca. Es inevitable: el mundo se ha hecho pequeño y nosotros nos morimos por conocerlo!!!!
Hasta la próxima... Hasta muy pronto!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

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