En el aeropuerto de Jakarta, a punto de subir al avión
Callejón de Jakarta. ¡Quién no embellece es por que no quiere!
Habíamos puesto el despertador para aprovechar la mañana. El caso es que ni siquiera teníamos muy claro a qué hora salía nuestro vuelo. Con este relax que nos caracteriza, no teníamos impresos los detalles del regreso, así que intentamos conectarnos en el business center del hotel. Sorprendentemente (o no, porque yo no sé ya de qué sorprenderme) al ser domingo, estaba cerrado y no había forma humana de saberlo por mucho que le dejamos caer a la recepcionista que mirara los horarios de Qatar en internet. Estábamos casi convencidos de que el vuelo era sobre las 16, así que dejar la habitación a las 13 nos venía al pelo. Dejamos los trastos medio arreglados y tomamos un taxi hasta el centro.
El desayuno, no incluido en la casi abusiva tarifa de un hotel de medio pelo, lo improvisamos con los pastelitos recién importados de Tomohon y los dos tés que "amablemente" el alojamiento nos ofrecía. Eso sí, sólo dos bolsitas, si querías más, pasabas por vicaría. Apenas eran las 9.30 cuando abandonábamos la habitación, rumbo a tratar de organizar algunas compras de despedida. No había apenas tráfico, lo que es una bendición para una ciudad como Jakarta, en la que los traslados suponen la mayor inversión de horas del día.
A las 9.45 estábamos a las puertas del Bloque M, un inmenso centro comercial. La mayoría de las tiendas estaban cerradas, esperando que dieran las 10, aquella tremenda mole laberíntica todavía dormitaba y nosotros tratábamos de ubicar un internet café.
Tras mucho preguntar y dar unas cuantas vueltas, hallamos uno en la planta baja, abierto 24 horas. Allí me conecté para darme cuenta que: 1/ lo que había escrito el día anterior no sólo no se había publicado sino que además, se había borrado (aggghhh, por suerte ya está reescrito) y 2/ que nuestro vuelo no salía hasta las 18. Perfecto, tiempo de sobra para tomar con calma nuestra operación.
Hicimos en check in online del vuelo, sin imprimir las tarjetas de embarque (era demasiado pedir) pero sí seleccionando nuestros asientos. Fueron apenas 10 minutos, recogimos y nos fuimos a investigar. La vida estaba comenzando a desperezarse en aquel estómago que empezaba a digerir.
No encontramos nada demasiado sugerente, así que decidimos ir a otro mega centro, el Pasaraya, muy cerquita del Bloque M. La mañana entraba ya en calor y la afluencia iba incrementando por momentos. Aún así, Pasaraya tenía un aspecto desértico y hasta glacial. No se veia ni apenas trabajadores. Era como vivir un sueño infantil en el que todo un centro comercial está a tu alcance sin nadie que te coarte.
Subimos a la planta 7 y empezamos a bajar. Nos topamos con nuestro talón de Aquiles, las ofertas deportivas. Ambos empezamos a alucinar al ver los precios comparativos con el mundo europeo. Lo que más nos llamó la atención fue ver toda una sección de prendas para esquiar. Y nos preguntamos... ¿dónde carajo va esta gente a ver la nieve? Obviamente, los precios de dichos trajes eran exorbitantes incluso fuera de comparación. Prohibitivos incluso para nosotros. Si algún indonesio tiene capacidad para irse a esquiar en el continente, de seguro podrá pagar 100 euros por un sencillo mono. Nos descolocó sobremanera. Y había que ver la sección de guantes!!!
Encontré una camiseta que llevaba tiempo buscando, de un precio excepcional, así que me lancé a comprarla. Para mi -no agradable- sorpresa, me di cuenta de que mi monedero había desaparecido de mi bolso. Tras revolver varias veces y asegurarme de que no estaba allí, decidimos deshacer nuestros pasos y volver al internet, último lugar donde había echado mano del dinero.
Desmontamos los muebles, miramos el suelo, tratamos de explicarle al chico lo que había pasado. Repasamos nuestro camino y acordamos que, seguramente, tras abonar la conexión en el café, el bolsito había caído o lo había dejado de forma relajada sobre alguna mesa. Nada más levantarme yo, alguien ocupó mi lugar frente al ordenador. Posiblemente esté disfrutando de cerca de los 20 euros que se encontraban dentro. Esa no era mi mayor preocupación, sino que justo esa misma mañana había metido mis dos tarjetas de crédito dentro. En Indonesia son grandes maestros del copiado y nadie en ningún lugar te pide identificación. Me conecté con mi banco por si podía hacerlo online, pero no encontré manera de llevarlo a cabo. Tomé nota del teléfono de atención y nos lanzamos en busca de un locutorio o un teléfono público (los móviles estaban sanos y salvos, bien apagados en el hotel). Nadie sabía decirnos donde podíamos hacer una llamada internacional. Nos miraban como si fuéramos sujetos de otro mundo. Arriba. Abajo. Dentro. Fuera. Nos enviaron por el retortero, hasta que al final dimos con el sujeto de nuestras pesquisas: una cutrísima cabina pública en la que siquiera aceptaban el código internacional.
Era ya mediodía y nuestro objetivo era estar en el hotel sobre la una. Decidimos posponer la llamada hasta esa hora y usar el tiempo que nos quedaba en comprar algo decente. Nos sumergimos de nuevo en Pasaraya para salir abrumados de allá, de observar los cientos de metros cuadrados albergando artesanía de todo el archipiélago, observar cosas que rozan lo kitch, lo hortera y soez, o en otras ocasiones sorprenden por su originalidad y, como no, por su abusivo precio. Decidimos que en pos de la practicidad, nos comprábamos algo de té y café indonesio. Qué mejor que seguir dándonos homenajes con los profundos sabores de la tierra.
Para aquellos que no lo sepan, el kopi Lwak, manufacturado en Indonesia, es el más caro del mundo. Actualmente su precio oscila los 900 euros/kg. Vamos, ¡¡¡para hacerse un bombón del tiempo!!! La curiosidad de esta variedad es que se obtiene de los granos de café que previamente ha ingerido la civeta, un animal abundante en estas islas. Los granos pasan por el tracto intestinal, son parcialmente digeridos y expulsados en las heces. Al parecer, las enzimas del animal, rompen las proteínas que producen su amargor y le añaden un sabor peculiar.
Así que ya lo sabéis: el café más caro del mundo es, literalmente, ¡una mierda! (o para no tergiversar, digamos que procede de ella)
Y que luego digan que no somos raritos, los humanos...
Se nos había hecho tarde y, por suerte, el tráfico seguía igual de digerible. Hacia las 13.30 estábamos de regreso en el hotel, recogimos trastos y no nos miraron con cara extraña ni nos cobraron de más por pasarnos de la hora límite. Realicé las llamadas pertinentes para bloquear las tarjetas (no ha habido movimientos al respecto y parece que está todo bien) y dejamos las mochilas preparadas y bajo custodia con el botones del hotel.
Al entrar con el taxi vimos la "puerta de atrás" del complejo hotelero y pudimos también observar otro lugar para comer. Seguimos los intrincados pasillos de las callejuelas y aterrizamos bajo la mirada atenta de un altísimo edificio de oficinas. En una de sus plantas estaba el restaurante Rose Garden.
Las atentísimas señoritas nos trajeron varias cartas, bebidas, té chino y sonrisas a tutiplén. Estábamos perdidos. Vimos que existía un buffet y les preguntamos por él. Tras varios minutos de perplejidad y confusión, decidimos tomar el "all you can eat" de dim sum. No existía una barra ad hoc, sino que desde la carta se pedía a discreción. Como para nosotros todo sonaba bien, le dijimos a la camarera que nos recomendara. Empezó discreta, con algunos dim sums hervidos de gamba, fritos de ternera y buey con salsa agridulce, un poco de arroz con pato para el paladar de Areia, algunas cestitas más de dim sum (para aquellos que no lo conozcan, son unas especies de "saquitos" de cierta pasta con muy distintos rellenos. A veces están al vapor y vienen en cestas de bambú y otras están fritos) Puesto que la cocina cerraba a las 14.30, nos azuzó para que hiciéramos otro pedido. Al vernos la cara de perdidos, decidió tomar la iniciativa y durante los siguiente 15 minutos, un camarero tras otro venía con las manos llenas trayéndonos delicia tras delicia.
No nos cabía más, pero los sabores eran tan ricos, tan diferentes y tan poderosos que no podíamos evitar probar uno tras otro. Hacíamos aspavientos cuando veíamos llegar otra bandeja. Nos portamos francamente bien, al borde de reventar literalmente por los cuatro costados. El té chino lo regaba constantemente y nosotros no cesábamos de disfrutar con los sabores cambiantes.
Nos dimos un lujazo de despedida y pensamos que sólo por comer de nuevo allí merece una nueva visita a Jakarta. Nos dimos un sincero homenaje. Ayer miré el extracto de la tarjeta (la única que me quedaba): la suma total del despendio fue de 25 euros.
Con esa guisa y tambaleándonos, recogimos las mochilas del hotel y tomamos un taxi hasta el aeropuerto Sukarno-Hatta. Hicimos el check in con rapidez, pues sólo había que abonar las tasas de salida (150.000 rupiahs por cabeza, cantidad nada desdeñable) y entramos en la zona de embarque. Paseamos con vistas a gastarnos los 131.000 que nos "sobraban" y viendo si "in extremis" podíamos gestionar lo de las postales. No hubo suerte. Por primera vez nos vamos de un país sin ser capaces de enviar nuestros cartoncitos.
El avión iba de bote en bote. Nos esperaban casi 8 horas de vuelo. Entre película, vídeo, juegos e informativos (la elección de la pantalla personal es infinita) nos reventaron a darnos de comer varias veces seguidas. Lo que nos faltaba a nosotros tras el atracón. Eso sí, como chicos educados que somos, hicimos los honores al pollo balinés y a la ternera en salsa. Areia, con su personal menú infantil, la emprendió ahora con la lasagna y luego con los macarrones con albóndigas. No nos podemos quejar, el trato de los qataríes siempre ha sido estupendo.
Eran las 22 hora local cuando llegamos a Doha. 35º C en el exterior, 20 en el recinto aeroportuario. Por si colaba, fuimos al servicio de atención al cliente, donde nos dijeron que no se hacían cargo de nuestro alojamiento peros nos proveían de vouchers para todas las comidas precisas. También nos ofrecieron el "quiet room", que siempre rebosa con gente por los suelos. Intentamos la opción del "Oryx launch", una sala más exclusiva, con buffet libre incluido, duchas disponibles, sofás y conexión gratuita. A 40 dólares por cabeza (incluida Areia) nos pareció algo excesivo y decidimos tomar la opción cutresalchichera: los incomodísimos sofas de la sala del aeropuerto, esas "sillas corridas" que tienen TODAS reposabrazos, con lo que impiden que puedas tomar ninguna posición horizontal.
Hicimos puzzles y con una intendencia improvisada, pusimos las mochilas de almohada/respaldo. Miguel y yo le robamos un par de horas de sueño. Areia cerró los ojos a las 23 y los abrió poco antes del embarque, cuando la incitamos a tomar el desayuno.
El aeropuerto había quedado desierto. Era cerca de la 1 cuando nos cubrimos el rostro (y todo lo que pudimos) con los pareos. A las 3 aquel organismo vivo había muerto. Apenas un par de vuelos previstos en las pantallas y poco agetreo en la cafetería. A pocos metros del bulto que conformaba Areia, nosotros nos calentábamos el cuerpo con tés y cafés con leche.
Una larga noche en Doha... última etapa de nuestra vuelta.

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