Los "protas"

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De madre aventurera, hija trotamundos. Una aporta la experiencia, otra el sentido común. La suma de las dos: una serie de vivencias inolvidables y unos recuerdos indelebles.

sábado, 21 de agosto de 2010

Gunung Lokon

Onde onde (pastelitos de coco.... mmmm)




Los spaghetti de Areia en el Gardenia


Atardecer en las calles de Tomohon



Gunung Lokon desde la distancia


Descendiendo rodeadas de selva


Bajando por el río de lava


La family al completo junto al cráter


Tratando de no aspirar los estupendos gases


Calzado de alta tecnología

Subiendo al Lokon


El jueves noche, tras escribiros, vinieron Areia y Miguel a recogerme empapados bajo los chubasqueros. Estaba cayendo un buen agua que espero todo el dia para salir de su agujero. Por suerte, parecio remitir y de nuevo, salimos para tomar unos pinchitos y despues, tras haber oido rumores de que habia aparecido una familia con un ninyo, recorrernos medio Tomohon buscando a los griegos. No encontramos rastro de ellos por todo el pueblo.

Aprovechando la coyuntura y dado que pasabamos por el Gardenia, un hotelito de lujo excepcionalmente bello y con una huerta organica propia (si a alguien le apetece un lujo, os lo recomendamos. Entre 60 y 80 euros teneis autenticas casas con todo lo que uno puede esperar de lujo asiatico), decidimos encargar nuestra cena del dia posterior. Nos lo habian recomendado, eso si, advirtiendonos que los manjares se hacian esperar, con lo que era mejor encargar la comida. Pasmados ante el extenso menu, nos decidimos por un plato local, un curry de langostinos, una aperitivo que no conociamos, unas verduras que sonaban estupendas, un postre apetitoso y un plato sabroso y facil para Areia. Una opcion muy acertada.

Fuimos a dormir y caimos rendidos.

Habiamos puesto el despertador a las 7.45 para no salir muy tarde y evitar la fuerza del sol sobre nuestros cogotes. Tuvimos suerte, pues el dia salio nublado y los tres estabamos bien despiertos. Desayunamos con Mini y Carlos, unos espanyoles con los que tambien hemos coincidido en un par de ocasiones. A las 8.30 estabamos listos y emprendiamos nuestro ascenso recien estrenadas las 9. Jotje, en un ataque de generosidad y ya que les habia guiado previo paso por caja a los espanyoles, nos ofrecio un fantastico mapa para la ascension. Decidimos que si era tan fiable como el anterior cogeriamos el camino contrario. Lo cotejamos con el que nos habia hecho otro amable senyor del hotelito de al lado y vimos que los tiros no iban muy errados. Al final, hicimos lo de siempre, preguntar a los locales y luego seguir nuestro instinto y, en esta ocasion, el humo.

El camino comenzaba atravesando las afueras del pueblo y transitando el camino que llevaba a la cantera local, un tremendo "muerdo" a la montanya en busca de pizarra, caliza, azufre y hierro. Un trabajo nada envidiable, puesto que aqui si que prima el caracter puro y duro de "Picapedrero". Los ves con tremendos mazos que rebotan en las piedras y sudando la gota gorda con cada golpetazo. No es algo a lo que me apuntaria. A veces me alucina las capacidades del ser humano...

Una vez pasado el tramo "urbanita" nos enclavamos en un antiguo y seco rio de lava, por el que el volcan vomitaba y atravesaba las faldas de la montanya. Una subida entre altisimas sombras de juncos, canyas de bambu, arboles interminables, verdor y frescura. La piedra por momentos se tornaba resbaladiza y formaba unas siluetas y unos toboganes que hacian de la subida toda una diversion escurridiza. Areia empezo a emocionarse al ver que la cosa se "complicaba". La parte aventurera le salio por los poros y se crecio en sus escaladas. Estuvimos mas de una hora con nuestras trepas, algunas veces bordeando los obstaculos por medio de unos pequenyos atajos que se internaban en la parte de selva pero el camino estaba bastante claro, sobre todo porque era "to parriba". Cuando la "senda" empezo a abrirse, las piedras pulidas se convirtieron en verdaderos riscos. Alternando con arena y piedra suelta, en esta zona habia que tener el cuidado de no pisar en las mas sueltas. Por lo demas, tampoco entranyaba gran dificultad. Despues de unos 90 minutos empezamos a divisar una gran nube que ascendia. Obviamente, era el crater y hacia alla seguiamos la pista.

Areia no paraba de preguntar: "Y si se pone a "eruptar" ahora??? Le dijimos que llevabamos sales de frutas, para apagar los ardores y las repeticiones...

La boca del Lokon no se halla en su cima, sino en un lateral, como si hubiera explotado a la desesperada. La ascension suele costar unas 5 horas de ida y vuelta, que fue lo que nosotros hicimos, eso si, pasando un buen rato en la cima, donde nos entretuvimos (normalmente la gente que va con guia sale pitando bajo las indicaciones de estos). Un tremendo agujero se abre, abocandose a un inmenso abismo. Apenas se divisa el fondo, que esta cubierto constantemente por gases sulfurosos. De vez en cuando, el viento empuja y el timido lago de un verde esmeralda que se oculta, deja ver sus mejillas y muestra su belleza sin tapujos. Obviamente, es agua hirviendo bajo la cual subyace la lava, que hace tiempo que ya no se muestra.

Estuvimos extasiados admirando el poder de la naturaleza, que nos tenia embobados a todos. Un trio de occidentales subio con un guia, pero apenas estuvieron mas que el tiempo de retratarse y salir volando. Nosotros nos lo tomamos con calma y nos volvimos locos dandole al dedo. Estabamos listos para la foto "finish" cuando, de pronto, una inmensa nube de gases sulfurosos se volco sobre nosotros. Nos tapamos nariz, boca y ojos con las camisetas intentando no respirar aquellos gases venenosos pero, a pesar tambien de salir por piernas huyendo del acoso, nos pusimos a toser afectados por la inhalacion. Areia ya tiene claro de que lo peligroso de un volcan no es quemarse, sino ahogarse por el efecto toxico.

Finalmente, recuperados del intangible ataque, nos fuimos al rincón del cráter más adecuado y preparamos nuestro retrato conjunto. Comenzamos el descenso con calma y sin prisas, con una pequeña parada para repostar al principio, comernos algunas más Oreo y las aclamadas Tango (estas son de barquillo) y chino chano, tiramos para abajo. Obviamente el descenso era aún más divertido, sobre todo con cuatro gotas de lluvia sobre el terreno. Las rocas negras y lisas eran verdaderos toboganes en algunos momentos. A veces usamos rodillas, muñecas y algo de culo para ir bajando pero, sin horarios que cumplir ni nadie que nos azuzara, nos echamos buenas risas, algún que otro extravío y disfrutamos tremendamente con otra perspectiva.

Llegando ya al Happy Flower, nos cruzamos con Jotje, el ¨super guía", que hasta se sorprendió de vernos a esas horas pasear ya por el pueblo. Nos dimos una merecida ducha, nos cambiamos la ropa y decidimos recuperar energías dándonos un homenaje en nuestro chino favorito.

Ajenos al follón que en esas horas se gestaba en Tomohon, tomamos un mikrolet para recorrer los apenas 2 kms que nos separaban del centro. Primero se desvió para llevar a una pasajera sobre 1 kilómetro hacia dentro, para luego volver a ruta y después, volver a emprender una subida por una colina que nos era totalmente nueva. La carretera central de la ciudad estaba cortada. Según supimos luego, era la entrega de premios de las carrozas, disfraces y demás parafernalia del día de la Independencia. Todo rebosaba.

Conseguimos llegar tras una visita turística gratuita a los alrededores de Tomohon y llenarnos el estómago con arroz y noodles. Luego partimos para poder reponer la manga larga de Areia, que quedó en algún lugar entre Gorontalo y Manado. Optamos por una chaqueta negra de algodón crecedera, que podría hacerme a mi las veces de ¨torerita". Ya me veo empezando a compartir la ropa con mi hija. Oh, cielos, qué horror!!!

Después, teníamos preparada nuestra propia recompensa. El día anterior ya habíamos estado mirando terapias naturales en una clínica de shiatsu y masaje. Decidimos darnos una sesión de reflexología y así recuperarnos mejor de los avatares del día. Tal como entramos en el local, cuya recepcionista tenía unos ojos verdes que llamaban la atención por la extrañeza que causaban, nos descalzó y colocó unas chanclas de la casa. Nos acompañó a los tres a una sala al exterior con un gran televisor y sofás, colocándonos cómodamente con un reposapiés y encendiendo la pantalla. Areia quedó inmediatamente absorta con el culebrón de la tarde. Enseguida, aparecieron dos empleadas, que nos acercaron unas jofainas con agua caliente y nos sumergieron en ellas los pies. En un par de minutos, nos los sacaban, procediendo a secarlos y colocándose ellas mismas en posición para empezar a trabajar.

Miguel y yo nos hemos prometido mútuamente recordarnos que, la próxima vez que vayamos a hacernos un masaje, que nos lo hagan de espalda...

El ser humano tiene una tendencia innata a una cierta cantidad de masoquismo en pos del placer. Nosotros esa tarde la cubrimos de todas todas. Cuando aquellas amables señoritas empezaron a emprenderla con nuestros pies, los dos apretábamos los dientes, nos mirábamos y nos echábamos a reír. Supongo que es un mecanismo de defensa. Cada vez que nos "planchaban" la planta del pie con los nudillos, los dos nos mirábamos con las pupilas dilatadas y el cuerpo retorcido de dolor. La mía era, cuanto menos, algo compasiva y delicada pero la de Miguel, sin piedad ni miramientos, incidía una y otra vez, entre otras cosas porque se colocaba en un curioso escorzo sin perder un ápice del argumento del culebrón chino que estaban echando. Las pobres almohadillas del dedo gordo de Miguel necesitan un nombre aparte. Eso sí, la parte correspondiente (no hemos encontrado el equivalente exacto: cerebro, sinus, nariz, pituitaria son las diferentes versiones que hemos visto) debe estar de un estimulado que da asco.

En el fondo fue una hora de diversión, más por vernos las caras que por otra cosa. Areia, que no sufrió la tortura, todavía está elucubrando sobre lo que pasó en la serie de televisión. Nosotros tenemos todavía alguna moradura por el gemelo. Eso sí, cuando salimos de allí, nos dolía todo pero sólo de rodilla para arriba.

Tras tal magnánimo regalo, decidimos caminar hacia el Gardenia, donde habíamos encargado nuestro cenorrio. Llegamos con cierta puntualidad y nos hicieron pasar al comedor, sito en medio de varios lagos, poblados con miles de nenúfares y tocados ahora por decenas de velas, el croar de cientos de ranas y los zumbidos de insectos impronunciables. A pesar de tener el pedido hecho, nos hicieron babear un rato más pero luego los platos salieron puntuales y sin descanso. Para entrante, unas ¨croquetas¨de maiz que quitaban el hipo. Se parecían más a unas "galletas" pero su textura y sabor eran exquisitas. Como platos principales, un "sate" de pollo al estilo tradicional, cocinado en caña de bambú, que desprende un curioso y característico sabor a "madera" por su forma de estar hecho. Para acompañar, unas verduras de la tierra y del jardín orgánico del Gardenia: helechos y flor de papaya, rehogadas y con algo de chili. El otro principal, un curry de langostinos, cuyo plato estuve tentada de limpiar con la lengua, pero opté por tirar la salsa en el arroz blanco y disfrutar hasta la última gota de tal manjar. Entre tanto, Areia había optado por una conocida pasta con salsa tradicional. Un plato sin fondo con un sabor impresionante del que dio buena cuenta con cierta aportación de nuestra parte. Y como colofón, los "onde onde", unas bolas de coco con cobertura rallada y corazón de azúcar de caña. La casa nos invitaba a una macedonia de aguacate, piña, sandía y papaya. Y un té para acabar la jugada. Una comida de reyes en un entorno de pura y absoluta magia. Todo por unos ruinosos 20 euros.

Tras el ágape no teníamos más opción que pasear lo necesario para volver a casa, bajar algo la pesadez y dormir los eventos del día. Nuestra última noche en Sulawesi se merecía una buena despedida.

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