Nuestro "camarote" con vistas
El "sofá" de lectura
El "salón comedor"
Bolilanga desde la distancia
Los cuatro fantásticos
Aventureros "in action"
Naúfragos .... ¿con rumbo?
Nuestro último día en Bolilanga. La sensación en el estómago era como la de antaño, cuando veías que el campamento de verano llegaba a su fin y la magia de aquella quincena estaba acabando. Unas vacaciones dentro de unas vacaciones mayores, unos días de descanso dentro de un asueto prolongado. Un lugar no sólo paradisiaco sino donde la felicidad se agazapa detrás de las piedras, resbala por las hojas de las plantas y fluye cuando baja la marea.
Ninguno de nosotros 3 tenía ganas de irse. Todos los que estábamos allá sentíamos cerrar una etapa más. La casualidad hizo que prácticamente todos hubieramos coincidido el mismo día para plegar (a eso hay que sumarle que sólo hay 3 ferrys de salida a la semana). Los griegos se venían con nosotros para Gorontalo. Los franceses habían desaparecido ya el sábado y los ingleses, aunque pensaban prolongar un día más en las cercanías, partieron en el mismo barquito para pasar la noche en Katupat y desplazarse muy temprano para otra zona de las Togean. También salieron los alemanes, los italianos habían abandonado en masa el domingo y, nuestros queridos Ángel y Helena, se habían mudado al resort de enfrente porque la base para su curso de buceo estaba allí y los desplazamientos cotidianos se hacían complicados. Resumiendo, de todo el "clan" que nos habíamos establecido, quedaban apenas dos parejas y algún recién llegado. Bolilanga reciclaba habitantes.
Teníamos practicamente todo el día. El ferry partía sobre las 17. Acordamos con Alan salir un poco antes y que nos acercada a Fadilah, para poder darles un abrazo grande a Ángel y Helena, a la vez que devolverles su tienda-mosquitera. Nos fuimos despidiendo de nuestras mascotas, lavando los pareos para la noche que nos esperaba y apuramos nadando entre los arrecifes, intentando descubrir aún mayor cantidad de especies nuevas.
Los cuatro petardos, Airlie, Amber, Nikitas y Areia, se apropiaron de la canoa desde primera hora de la mañana. Las especialistas en aventuras acuáticas (las dos hermanas inglesas) llevaban los remos y trajinaban con el ancla, que no era más que un pedrusco atado a una cuerda que tan sólo lograba estabilizar temporalmente la embarcación. La coordinación no era extremadamente buena, por lo que sabíamos que no podían alejarse mucho pero sí dar unas cuantas vueltas sobre sí mismos. Para ventaja nuestra, esa mañana la marea estaba extremadamente baja, con lo que incluso alejándose parcialmente, la profundidad no les cubría apenas. Constantemente iban haciendo paradas y lanzándose al agua, en busca de peces de colores y corales llamativos. Tal cual cuatro Robinsones, pasaron horas enteras de actividad "pesquera". Sólo pudimos sacarlos a la hora de comer y, no bien hubieron deglutido el último bocado, se lanzaron de nuevo a la exploración de nuevos rincones de la isla.
"Somos los cuatro aventureros!!"- gritaba Areia, emocionada visiblemente por su peculiar sentido de la aventura.
Vigilados muy de cerca en la distancia, les echábamos un ojo a los cuatro, teniéndoles siempre a pocas brazadas en caso de emergencia. Se sentían tan libres, tan emocionados, tan autosuficientes, tan mayores y tan osados que no quisimos tampoco permanecer a su lado para no ensombrecer ese sentimiento de haber crecido rápido. Daba gusto verles disfrutar, formar una piña, resolver las diferencias con palabras y abrazos, ayudarse mútuamente y vigilarse entre ellos por si pasaba algo. De repente, me dio la sensación de que Areia, aún siendo todavía "mi niña pequeña", se hacía mayor y era capaz de funcionar independientemente. Eso sí, como madre y protectora que es una, no podía dejar de observarla por si las brazadas, la respiración o la confianza en sí misma le fallaban.
Los dejamos apurar hasta que se hizo la hora. Las mochilas ya arregladas, el bungalow recogido y la pena bajo el brazo, todos nosotros subimos al barquito. Nadie hablaba.
Paramos en Katupat, donde descendieron casi todos. Sólo los griegos y nosotros seguimos camino a la isla de enfrente, donde estaba el Fadilah. Allí vimos a Ángel y Helena esperando en el muelle. Alan nos dijo que teníamos 10 minutos, lo justo para abrazarlos y darles miles de gracias por todo. Intercambiamos direcciones y quedamos en vernos en breve por territorio nacional.
Espero, realmente, verlos de nuevo.
-Viene el ferry, daros prisa!!!!
A lo lejos se veía la silueta del Puspita, el bajel, una cáscara de nuez decrépita hecha de madera, se acercaba a puerto, totalmente ladeado sobre estribor. Denise lo notó y me preguntó: "No lo ves algo torcido?". En efecto, incluso sobre la cubierta se podía percibir esa tendencia a inclinarse hacia uno de los lados.
Los griegos fueron a dejar las cosas en su camarote, una versión algo mayor que un ataud pero con la misma sensación de claustrofobia (lo sé, no soy objetiva, pero ni aunque me pagaran millones sería capaz de pasar unos minutos en uno de esos) y nosotros empezamos a otear en busca de nuestras posibilidades. La proa estaba descartada. No sólo la gente hacinada sino también algunos vehículos de dos ruedas y decenas de cuerdas, de aparejos y de obstáculos hacían casi imposible encontrar un hueco. La cubierta de arriba estaba despejada y una pequeña escalerilla subía hasta ella. Mientras Miguel buscaba algunas esterillas del interior (donde había una inmensa litera corrida que, por supuesto, también deseché de inmediato), subí con Areia a buscar un hueco. Entre tablones descolocados, bidones vacíos y botes salvavidas obsoletos encontramos un rincón donde tomamos posesión de nuestro territorio. Nos colocamos tras un pequeño parapeto que cortaba el viento que entraba de proa, con lo que la ubicación era todo un privilegio. Poco a poco, algunos viajeros más nos imitaron, también tímidamente subiendo las colchonetas pero cierto es que el espacio A+ lo teníamos nosotros.
Es todo un lujo estar tumbada surcando los mares bajo las estrellas, cruzando la línea del Ecuador (pasé la noche buscando el momento en que saltábamos la "raya") y observando un mordisco de luna sobre nuestras cabezas. Podíamos sentirnos privilegiados por tener el lugar preferente en tal crucero de tres al cuarto.
Salimos de Katupat pasadas las 17 y aún habríamos de realizar varias paradas. Para nuestra tranquilidad, en todas ellas fueron cargando sacos y otras mercancías, logrando que (aparentemente) el buque fuera algo más recto. Pasamos por Malenge ya con el sol escondiéndose e hicimos una última parada en Dolong, donde paramos cerca de una hora para proceder a la cena. A pesar de que, en general, los indonesios son una gente tremendamente honrada, no nos apetecía dejar los trastos en cubierta y bajar dejándolo todo sin vigilancia. Decidimos que Areia y yo nos quedábamos haciendo guardia (cuestión que aprovecharon otros occidentales para pedirnos que extendiéramos la vista hacia sus trastos) y Miguel bajaría a tierra a por provisiones.
En cuestión de minutos apareció con arroz, pescado, verduras, bollitos y hasta la cristalería y cubertería dentro de una bolsa de plástico. Picnic a lo grande a la luz de los frontales.
Transcurrido apenas un breve lapso, nos vimos rodeados de decenas de niños, jovenzuelos locales que subían para pasar el rato. No sabemos si llevaban alguna intención más que la de recitar de memoria la composición de la selección española ("Torres, Kasilas, Xabilonso, Puyol" es a lo que sonaba la retahila) pero nos alegramos de estar a unos centímetros de nuestras preciadas mochilas.
Acabado el ágape, Miguel fue a retornar la vajilla y esperamos su regreso para escapar a dar una meadita antes de zarpar de nuevo. De hecho, intentamos encontrar el baño dentro del barco pero tal era el calor y el agobio que sentimos, que preferimos bajar y entrar en cualquier warung que nos prestara por unos instantes su pila y su agujero. Entramos en un baño en el que podíamos chapotear (suele ser común ya que toda la limpieza proviene de chorros o de pilas, con lo que las inundaciones están a la orden del día) y Areia tuvo a bien resbalar y empaparse toda de agua. Por suerte, toda la ropa estaba más que alcanzable, así que hicimos el cambio, le puse calcetines míos hasta la rodilla y así me aseguraba de que estuviera abrigada.
Partimos, despidiendo a toda la troupe de mocitos del pueblo, que ya se habían llevado algunos gritos por parte del patrón y de otros marineros. Todo el mundo subió a bordo y ya sin paradas previstas, tomamos rumbo nordeste hacia Gorontalo.
No hacía frío pero el viento constante invitaba al abrigo. Con nuestras mejores galas y envueltos en los pareos, nos tumbamos comodamente mirando al cielo. Areia no llegó a contar más allá de tres estrellas. Miguel y yo pudimos contemplarlas con más dedicación y esmero. La noche estaba preciosa, el mar, tranquilo y nosotros, observando el infinito.

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