Nikitas de mascarón de proa
El islote desde el peñasco más alto
El domingo, "desesperados" ya por el exceso de actividad frenética en la isla, decidimos escapar en una pequeña excursión. Habíamos planeado salir antes, pero el viernes Nikitas tuvo unas décimas de temperatura y pospusimos por si los sintomas no mejoraban. El sábado estaba como un roble, pero los alemanes ya habían ocupado el barco en una excursión por los arrecifes, por lo que Alan nos lo arregló para final de semana.
Desayunamos todos con calma y a las 9.30 en punto embarcamos en nuestro peculiar barquito, normalmente para cuatro "bodies" adultos y, en nuestro caso, también añadimos a los dos petardos. Stefanos y Denise, los griegos, son una pareja estupenda. Algo mayores que nosotros, también son viajeros empedernidos, acostumbrados a improvisar y a pocos lujos. Desde el primer momento Nikitas y Areia hicieron buenas migas (él tiene 8) y ambos comparten ese espíritu tranquilo y reposado heredado también de los progenitores.
Mientras los adultos nos colocábamos en la barriga de la embarcación bajo techo, el peque se erigía como mascarón de proa y Areia decidía seguir descansando en mi regazo, a pesar del ruido del motor y de los calores de buena mañana. El trayecto hasta el islote de los "bajos" nos iba a llevar unos 90 minutos, pasando por decenas de islas e islotes que invitan cada vez más a soñar.
Los "bajaus" o "bajos" proceden originalmente de Filipinas y Malasia, pero debido a ciertos conflictos, se encuentran ahora dispersos y existe un numeroso grupo asentado en el norte de Sulawesi. Han sido tradicionalmente nómadas, viviendo del mar e incluso morando en sus propios barcos (los lepa-lepa), aunque en estos días ya se asientan sobre casas construidas sobre el mar (palafitos) y las estructuras constituyen verdaderas ciudades flotantes.
Transitamos cerca de 45 minutos por entre varias islas, hasta llegar a Malenge, una de las más destacadas del archipiélago, donde giramos para adentrarnos en canales interminables de manglares con poco tránsito marino. Tras el tiempo requerido, apareció en la distancia aquella urbe sobre las aguas, una estructura apoyada tan sólo sobre un peñón de roca, sin apenas vegetación o sombra natural, alejado del verdor y la exuberancia característica de todas las islas. Toda la población había crecido de forma natural alrededor de una peña rocosa. Como luego pudimos descubrir, la fuente de agua venía por medio de una tubería de la isla más cercana, que les proveía del líquido vital. Por lo demás, su dependencia estaba solventada con grandes dosis de orgullo y trabajo, con buen humor y mucha alegría.
Atamos la barca al pantalán y nuestro "patrón-guía" nos llevó hacia la cúspide de la pequeña montaña que se conformaba para poder observar la estructura que nos rodeaba. Poco pudimos ver puesto que, en cuestión de segundos, estábamos rodeados de decenas de niños enloquecidos con la nueva visita. Saltando como posesos, emocionados y exultantes, nos pedían que les hiciéramos fotos, para luego mostrárselas para su tremenda hilaridad. Todos se ofrecían a posar o, más bien, te forzaban a tomarles fotos si deseabas que te dejaran en paz por unos segundos. Nos tomamos con humor el ataque y decidimos "adoptar" a la banda de "mocosos" durante nuestro trayecto.
Lo tenemos claro, los Bajos, aparte de pescar, tienen mucho tiempo libre, poca electricidad y saben cómo entretenerse: la media de hijos debe estar entre 6 y 8, porque si bien es cierto que se ven adultos, la población infantil creemos que supera la de sardinas. Como si fuéramos flautistas de Hammelin, los infantes salían a nuestro encuentro y comenzaban a saltar alrededor. Areia aprovechó para mostrarles su pulida voltereta lateral y, sin dilación, comenzaron a imitarla montando un improvisado circo. Desde cada casa, salía la familia al completo a saludarnos, en bata, con café en mano, en plena faena doméstica o tendiendo la colada, pero la bienvenida procedía de cada rincón.
Hacia la mitad del camino, hicimos un pequeño alto en el supermercado local. Nos sorprendió la ingente cantidad de productos, su variedad y el hecho de que tuviera el mejor surtido que habíamos visto en las islas. Desde gel extrafuerte de cabello hasta pintura de colores para madera y metal, pasando por batidos de leche (una extraña joya en Indonesia) y golosinas múltiples para los niños. Stefanos compró algunos chicles y los repartió entre el grupo que nos acompañaba y observaba como reponíamos líquidos.
Nikitas se vio sobrecogido por el exceso. Junto con Denise, huyeron al embarcadero. Nosotros tres seguimos camino y Stefanos, escoltado por nuestro barquero, decidió también perderse por los callejones. El circuito venía a ser un lazo cerrado, por lo que siempre acabábamos en el mismo sitio. Las casas se disponen entorno a una "calle" central que vertebra la estructura. No hay mucho donde perderse. Eso sí, tiene todos los servicios que se puedan desear, desde fuentes públicas y lavaderos hasta colegios y, como no, un par de mezquitas. Pasamos por una de las casas que debía ser el "cine" local, pues los niños miraban extasiados el televisor siguiendo una serie de dibujos animados.
Saludamos al anciano de la aldea, un hombre de ojos lavados por la experiencia y el tiempo, acompañado de su mujer, que tejía con las hojas de platano las ristras que conforman los techos de los hogares. Unas casas más allá, otra mujer vendía sombreros, muchos de ellos con plasticos reciclados de bolsas de jabón o detergente, necesarios para soportar el sol que da de pleno cuando se sale con la barca.
Estuvimos cerca de un par de horas compartiendo risas y miles de fotos con los lugareños, los petardos no cesaban de acompañarnos por doquier. A nuestra vuelta a la barca, encontramos a Nikitas agazapado y huyendo de algunos niños que desde el agua le increpaban. Denise, tratando de desviar la atención sobre su vástago, entretenía a otros cuantos en una sombra del muelle. Esperamos la aparición de Stefanos y nos despedimos de nuestra peculiar marabunta, que todavía gritaba en la distancia y agitaba los brazos.
Deshicimos camino y empezamos a sentir punzadas de hambre. Una vez hubimos salido de aquel laberinto de manglares y pasada de nuevo Malenge, hicimos un alto en una isla que a la ida nos había llamado poderosamente la atención. Desde lejos se conformaba como esas islas perdidas que todos hemos dibujado de pequeños, en forma de montañita, cubierta de vegetación y palmeras, con pájaros sobrevolando las laderas y -como valor añadido- cuatro casitas sobre la playa, apoyadas todas ellas sobre postes. Era una mini aldea de pescadores con apenas media docena de habitantes.
En la casa principal, un fantástico "loft" donde cabía todo (cocina, baño, comedor y salón todo en uno) fuimos recibidos por los dueños de la casa, con una inmensa sonrisa y tremenda disposición. Habíamos traído el "picnic", consistente en arroz, pescado y esa variante de espinacas indonesias que nos embelesa. Teníamos un hambre feroz, por lo que devoramos con rapidez la comida. Areia y Nikitas hicieron lo propio con rapidez y salieron al frente de la casa, hipnotizados por la cantidad de peces que se agolpaban a nuestros pies y así descubrieron una nueva actividad: La pesca.
Lwak, nuestro barquero, les dio un pequeño anzuelo con un diminuto trozo de pescado. En cuestión de segundos, alguna presa picaba y ellos tiraban con ahinco para, de inmediato, salvarlos de su angustia y ponerlos en una cubeta de nuevo a nadar. Estaban emocionados con su capacidad recién adquirida. Eso sí, como buenos niños, les interesaba la versión "deportiva" y liberaban después a los bichos para retornarlos al mar.
Cuando les preguntamos si querían ir a nadar un rato negaron rotundamente. Hizo falta un par de capturas más y el hecho de vernos con las gafas puestas y hasta la cintura para que se animaran a acompañarnos.
La actividad de snorkelling en esa zona fue lo menos destacado de la jornada. A causa de dudosas prácticas pesqueras, arrastre y uso de dinamita, el coral de esa costa estaba totalmente destrozado. Había quedado sin vida y color. Apenas algunos peces transitaban por esa zona, aportándole la única nota de alegría a tan penosa devastación. Lo que más nos llamó la atención fue la visión de una culebra de agua, idéntica a la que, pocos días antes, nos había hecho saltar cuando la vimos a centímetros de los pies de Areia.
Empezaba a bajar el sol. Recogimos los bártulos y reemprendimos camino hacia Bolilanga. Los peques se juntaron en la proa, jugando y disfrutando de los vaivenes de la embarcación. Intercambiaban palabras en varios idiomas, reían y compartían ya con su propio y variopinto lenguaje las emociones del día.
Otro duro día en las Togean...

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