Los "protas"

Mi foto
De madre aventurera, hija trotamundos. Una aporta la experiencia, otra el sentido común. La suma de las dos: una serie de vivencias inolvidables y unos recuerdos indelebles.

domingo, 21 de agosto de 2011

Laguna de Apoyo, donde la luna se mira.

La laguna de Apoyo es un lugar sorprendente en medio de Nicaragua. No es agua de mar, pero tampoco es dulce, sino una mezcla salobre, sita en un antiquísimo cráter volcánico y con unas condiciones geológicas muy peculiares que la convierten en un inmenso recipiente de aguas cristalinas donde poder remojarse cual garbanzo. Su temperatura, más bien alta, la convierte en una inmensa bañera donde, a falta de espuma, flotan algunas plantitas, trozos de piedra pómez (es curioso ver pedruscos flotando) entremezclados, eso sí, con algún tapón de plástico y alguna que otra bolsa. Podríamos decir, entonces, que Laguna de Apoyo es casi la piscina perfecta.

Según nos contó nuestro amigo Rodolfo, su nombre viene del idioma nauathl, y significa "lugar donde la luna se mira". Hay otras versiones menos poéticas que lo atribuyen al sabor de sus aguas (vendría a significar "agua salobre") pero nos quedamos con el más romántico, ya que el lugar nos pareció merecerlo.

Nos levantamos a una hora normal (en Nicaragua eso son como las 7 am) para salir con cierta tranquilidad del hotel y dirigirnos hacia el mercado, junto al cual salen los buses para todos los puntos del país. De camino paramos en una juguería que resultó ser china (están en todos lados!!) pero que ofrecía unos combinados exquisitos y una calidad excepcional. Miguel se tomó un batido de leche, avena y banano que dejaba el cuerpo listo para cualquier reto. Nosotras fuimos por algo más "light" pero también salimos dando saltitos.

Decidimos ir primero a Catarina, uno de los pueblos de la meseta, donde hay un mirador fantástico que permite la vista de toda la laguna. El bus tardó más en salir que en llegar, puesto que apenas está a 10 kilómetros de Masaya. Caminamos a través del pueblito, conocido también por sus innumerables viveros, que colorean las calles de subida al mirador, alternando con algunas tiendecillas de artesanías locales, pulperías sempiternas y casas particulares.

Llegamos al inmenso balcón con el privilegio de tener la vista sólo para nosotros. Nos sentamos a contemplar estupefactos ese intenso azul oscuro enmarcado en un vivísimo verde selvático y donde las nubes se podían reflejar casi sin perturbaciones. La idílica escena duro apenas 3 minutos. Súbitamente, hordas de escolares con tanto entusiasmo como vocerío, vinieron a perturbar la tranquilidad del lugar, alquilando en masa binoculares a 2 pesos /2 minutos (unos 10 céntimos) sólo por la curiosidad de saber qué hacían esos chismes con dos agujeros (muchos no acertaban a ponérselos al derecho), comprando baratijas, mamones chinos (que se comen casi como pipas), o haciéndose fotos en posturas retorcidas. El grupo de japoneses le dio el toque final de glamour. Ellos, tan ordenados y estupendos, tan marciales, tan aseados y silenciosos, tan educados y tan fotogénicos.

El foco de atención pasó a ser, como no, el gentío que había invadido la zona. Estuvimos observando atentamente hasta que aquello despejó un poco y pudimos, por fin, despedirnos de la vista con cierta intimidad.

Nos acercamos al Centro de Orientación de Laguna de Apoyo, un proyecto de origen y fondos catalanes que ahora empieza su andadura por si mismo y que está buscando una autofinanciación. Johanna nos puso al día tanto del mismo centro como de lo que andábamos buscando: formas de abordar la laguna sin tener que pegarnos con decenas de personas ávidas de un baño. Desde la misma Caterina descendía un camino de una hora y media, pero la ascensión era la misma. La otra opción era Diriá, un pueblo cercano, cuya caminata era algo más corta y además contaba con una vista también excepcional de la laguna.

Decidimos optar por esta última y tomamos una "motito", esa versión nica de los "tuctucs" asiáticos que por un par de dólares te llevan a cualquier sitio. Nos llevaron hasta el mismo mirador, a unos 2 kms del pueblo. No había nadie, siquiera los restaurantes tenían signos de actividad.

La vista era, sin duda, excepcional. Más salvaje, más verde, más tupida pero donde el azul y el verde luchaban por protagonismo. Encontramos un garito abierto donde nos daban algo de comer. Sabíamos que no íbamos a encontrar nada de camino ni bajo en el charquito, así que teníamos que ir ya bien provistos. Nos dimos una buena comilona para coger fuerzas, un par de botellas de agua y nos dispusimos a realizar un camino de 90, 60, 40, 20 ó 10 minutos según las distintas versiones.

Al poco de empezar comenzaba la diversión: una disyuntiva que seguía al a derecha por la senda marcada (una forma de hablar) y la otra con un cartel que indicaba "Pila de Diriá". Nos picó la curiosidad y fuimos a ver qué era tal hito. Al finalizar la escalerilla, vimos una pequeña balsa donde los jóvenes que habíamos visto pasar unos minutos antes se estaban bañando. Otros escuchaban música ya en zona de secano y aprovechamos para preguntarles cómo volver a tomar la senda principal. Un pequeño caminito estaba abierto entre los árboles, algo resbaladizo y bastante vertical, pero la espesura del entorno nos permitía disfrutar más aún de esa zona de selva, escuchar con intensidad todos los insectos que revolotean y empaparnos de los gritos de los machos congo, esos monos aulladores que hacen que todo retumbe y ofrecen un aspecto casi espectral del escenario.

La estrecha senda bajó durante unos 20 minutos, hasta que nos dimos de bruces de nuevo con la más amplia, la que habíamos perdido en nuestra disyuntiva. Tratando de no resbalar y al tanto de no pisar ningún reptil despistado, seguimos nuestra bajada canturreando y deseando darnos ese preciado baño.

Al final fueron unos 45 minutos, con "pérdida" y todo. Ante nosotros aparecía la laguna, de un azul intenso y con el fondo visible desde la orilla. En su perímetro se forman pequeñas playas. Nosotros buscamos nuestra calita particular y, con cuidado de no dejar nuestras pertenencias sobre ningún hormiguero, nos lanzamos al agua clara (es cierto, la laguna tiene el agua más limpia de Nicaragua) pero no fresca, ya que se compaginan las corrientes cálidas (muy cálidas!) con alguna corrientilla raquítica de agua más fresca que hasta te hace olvidar la sensación de estar en una gran bañera.

Se podía entrar por la orilla y caminar apenas unos 5 metros puesto que, de pronto el fondo desaparecía en un "big blue" donde se divisaba el cráter que se hundía hasta cerca de 200 metros. No hicimos incursiones para ver hasta dónde llegábamos pero sí estuvimos jugueteando, dando saltos, tropezándonos con las flotantes piedras pómez (y algún que otro elemento no tan natural) y disfrutando como enanos de aquel paraje casi desierto que podíamos gozar casi en soledad (algunas "playitas" vecinas se veían ocupadas por una pareja aquí o un grupito de amigos allá, pero no se veía actividad alguna en la laguna)

Lo que no cesaba eran los intimidatorios gritos de los monos congo. Era sobrecogedor. Cuando, por fin vimos que se nos echaba la tarde encima y teníamos un rato para la vuelta, nos volvimos a vestir (tratando de apartar las hormigas "okupa" que se suben por todos lados) y deshicimos camino, tras asegurarnos de que no había alternativas más rápidas. Llegados a una intersección donde rezaba "Finca Congo" nos dimos cuenta que, sobre un gran árbol, había una familia de monos de esta clase y era el macho dominante quien estaba armando una bulla de impresión.

Miguel empezó a "conversar" con el simio en términos pacíficos, imitando sus sonidos y haciéndose espejo de sus gestos. El congo, por momentos, se montó apesadumbrado, sorprendido y, finalmente, resignado. Parece que la respuesta de ese otro primate (mucho más guapo, todo sea dicho) le había descolocado.

Deshicimos el camino con un paso casi marcial, jugando a palabras encadenadas para distraer a Areia de los esfuerzos de la subida. 40 minutos más tarde (y unos cuantos vocablos más!!!) estábamos de nuevo en la explanada de inicio. Caminamos otros 20 hasta el pueblo y allí dejamos a la peque jugando en un espectacular parque infantil que ocupaba el centro de la villa. Entre tanto, las campanas llamaban a oración y la iglesia se abarrotaba dejando a parte de los fieles a las puertas, bajo la exquisita luz del atardecer.

Seguimos caminando porque faltaba poco para oscurecer y aún debíamos retornar, con lo que nos acercamos a la carretera. Pasaban muchos buses en dirección contraria pero sólo un par hacia Managua y ninguno de ellos prestó atención a mis ostentosas señales de que parara. Otra chica se acercó también a la vía. Iba a Jinotepe pero tampoco tenía suerte. Tras más de media hora sin ver signos de que aquello mejorara, vimos pasar una "motito" con la que negociamos el trayecto. Subimos a la otra moza, a quién dejamos en Catarina y nosotros proseguimos con Gerald, que nos llevó sanos y salvos con la noche persiguiéndonos a toda velocidad a Masaya.

Junto al Parque Central nos vimos atascados por una cabalgata de jóvenes en pleno apogeo. Nos despedimos de nuestra alma salvadora y fuimos a regocijarnos a nuestra juguería favorita, zampándonos, de paso, un exquisito ceviche de camarón y pescado.

Another day in paradise...

1 comentario:

  1. ¡Regresen pronto! En el Centro de Visitantes de la Reserva Natural Laguna de Apoyo siempre les estaremos esperando.

    Catarina: Iglesia Católica 300 metros al Sur.
    San Juan de Oriente: Entrada 1 cuadra al Norte, 1 al Este. centrodevisitantes@amictlan.com / Tel: 25580456

    ResponderEliminar

Nos encanta que nos contéis cosas, así que no seáis tímidos...

¿Qué toca hoy?

¿Qué toca hoy?
Lo que nos depare el día (por cierto, ¡son de verdad!)