Los "protas"

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De madre aventurera, hija trotamundos. Una aporta la experiencia, otra el sentido común. La suma de las dos: una serie de vivencias inolvidables y unos recuerdos indelebles.

jueves, 4 de agosto de 2011

Laguna de Perlas

Dormir, lo que se dice dormir en Nicaragua, resulta a veces todo un poema. A las 5 de la mañana todos los gallos se desperezan y el pequeño porcentaje de población que trabaja (hay más de un 50% de paro, más aún en algunas regiones olvidadas como esta) suele hacerlo ruidosamente.

En el Hostal Estrellas (o Slilima, como reza el cartel, que es el equivalente en Miskito) están de arreglos y ampliando en el piso de arriba, con lo cual a las 5.30 los martillazos, sierras y demás herramientas nos ofrecían su musicalidad (no os quejéis la próxima que suene el politono del móvil: es música celestial!) con lo que optamos por ir levantándonos y haciendo marcha. Dejamos remolonear un tanto a Areia pero a las 7 estábamos buscando panecillos y café para acabar de despegar los ojos. La peque pasó la noche como una reina, en su improvisada cama en el suelo, con las colchas dobladas y un par de sábanas. Su cuerpecillo flacucho no acusó los rigores del cemento.

Mientras tomábamos un estupendo café (lo cual no es fácil en uno de los mayores productores de café del mundo- suele ser instantáneo y bastante soso) apareció Alberto. No es difícil ubicar a una familia de "extranjeros" en un pueblo de 3 calles horizontales y 5 transversales. Al final alguien da el chivatazo. Nos acompañó con otro cafecito y saboreamos unas estupendas galletas de coco, caracolas de coco y un extraño y pesadísimo pastel hecho - como no- con coco y un tubérculo que no alcanzamos a dirimir.

Una vez listos para la partida comenzamos a caminar con el sol ya castigando sobre nuestras espaldas. Nos acompañó uno de los hermanos de Alberto (Emilio) y pasamos a recoger la mochila que había dejado el día anterior en casa de unos conocidos. Como ya partió de noche hacia su poblado, había preferido dejarla antes de hacer el camino a oscuras.

El camino a Awas eran unos 3 kilómetros por una carretera bastante bien acondicionada (al parecer un proyecto danés) rodeada de una zona pantanosa. La salida de Pearl Lagoon dejaba ver sus tiendecillas pero, sobre todo, la vida en las escuelas que se desarrolla de 7 a 11.30. Todas las escuelas que existen en el pueblo han sido construidas mediante apoyo de países europeos. Una de ellas blandía un cartel de "Cooperación Austriaca" pero tanto Alberto como Emilio sólo parecían acordarse de los daneses cuando hablaban de espónsores.

Inmensos nenúfares, garzas, palmeras, entrantes de ríos, aguas más o menos estancadas, gente bañándose en ellas o haciendo la colada. Vida animal y exuberancia en unas extensiones inmensas de terreno que, al parecer, también habían intentado comprar los chinos para llevar a cabo algún tipo de explotación.

Awas, la comunidad de Alberto, es realmente una "reserva" de indígenas miskitos. Una comunidad que reune 105 personas, de apenas 3 familias (la de Alberto es la más grande). Una verja de entrada llama la atención. Según nos explicó, la pusieron por seguridad para evitar que entraran coches a toda velocidad y pudieran atropellar a los niños, que juegan libremente por toda la zona.

Nos estuvo presentando a sus familiares (7 hermanas y 5 hermanos) y saludando a todos los amigos. Los dos años que había estado ausente se notaban en los rostros de los que se iba cruzando, que lo abrazaban y reían efusivamente cuando lo veían.

A medida que vas caminando, mangos, árboles de fruta de pan, aguacates, palmeras y otras decenas de árboles de todo tipo (casi todos ellos aprovechables) pueblan la zona. Nos sentamos a "platicar" (deporte nacional junto con el "relajar") y a pasear por todos los rincones. Alberto nos mostró la escuelita de párvulos, abandonada y con los muebles ya casi destrozados, que lleva varios años en desuso porque no les envían un profesor. Para estar activa precisan de 15 niños. De momento de esa edad, tienen sólo 7.

Awas sorprende por su verdor (los esfuerzos que hacen los campos de golf y ellos tienen una hierba envidiable "por castigo") y su riqueza en toda clase de especies, como es común en Nicaragua. Como bien dicen ellos "somos ricos, aunque seamos pobres". Son conscientes de que no les falta para comer (tienen una fantástica despensa) aunque lo que es dinero, no fluye. Funcionan a base de una economía de subsistencia, con minifundios y pesca. Van vendiendo "a puños" lo que cultivan, casi de casa en casa, sin posibilidad de conseguir una distribución más que minorista, y con los exingües beneficios, compran aquello que no pueden producir, con lo cual es un estadio más allá del trueque.

Bajo un techado de paja, estuvimos de charla largo y tendido con Emilio, Alberto, Juan el Chino y Pedro, estos dos últimos llegados de la otra parte de la Laguna, La Finca, donde cultivan sobre todo piña y viven también de lo que el mar les va dando. Habían estado tomando un trago y esperaban a que bajara un poco el sol para que no les diera tan fuerte (ambas cosas). Intercambiamos ideas políticas, nos pusieron al día sobre su situación y nos mostraron ese apoyo incondicional que estamos viendo a diario al presidente actual, Daniel Ortega. Saben que hay mucho por hacer, pero en general están contentos con la gestión del "socialismo" que está ahora mismo presente en el país. Cuanto menos, parece que las necesidades básicas (educación, sanidad, ...) las van solventando sin más trabas.

Eran cerca de las 14 cuando Alberto nos llamó para embarcar en un pequeño cayuco e ir a navegar un poco por la laguna. Areia había estado desde primera hora jugando con 3 sobrinas de edades similares a la suya. Había fabricado un collar y andaba corriendo de casa en casa. Montamos los 7 en un cayuquito de madera que se zarandeaba peligrosamente con cada inspiración. Apenas habíamos recorrido 100 metros cuando las niñas andaban frenéticamente tratando de achicar agua. Ante las risas de todos, el barquichuelo empezó a hundirse y decidimos saltar todos y usarlo de guardarropía, visto que éramos demasiado público para tan poca base.

El agua debía rondar los 35 grados. Era como estar en una gran bañera. Miguel se reía de mi porque andaba con las manos fuera intentando evitar que se me arrugaran más aún los dedos, pero reconozco que me da una grima tremenda y parecía que estuviera en mi momento zen realizando algún mudra...

Las nanas lo pasaron en grande, jugando, cantando, tirándose desde la barca. Nos hicieron exhibición de cante y baile, nos hicieron jugar al ratón y al gato, a luchas de caballos y otros mil juegos. Areia estaba en su salsa (nunca mejor dicho) pero tras una hora de "cocción" decidimos volver a remolcar nuestro tronquito hueco y volver a la orilla. Las niñas aún estuvieron haciendo saltos desde una pequeña islita con una palmera que era la encarnación perfecta de la viñeta de un náufrago.

La comida nos estaba esperando. Otro de los hermanos (el rastafari músico de la familia) nos había preparado una sopa de pescaso, con pargo rojo y cangrejos. Para acompañar, algo de yuca, "breadfruit" (es una fruta, que se cocina y sabe como un tubérculo algo dulce, cercano a la patata). La mezcla era perfecta y estaba todo riquísimo. Lo devoramos con ganas. Eso sí, tuvimos que convencer a Alberto para que trajera su plato y comiera con nosotros, porque la familia lo hizo aparte dentro de la casa.

Tras el festín, todo el mundo se retiró a descansar. Antes, eso sí, apareció Denís, el hermano mayor y artífice del negocio que estábamos "tramando". Había estado gestionando el permiso para poder salir con la barca y llevarnos de excursión por los cayos. Llegaba el momento clave de la negociación, de la que Alberto se había mantenido al margen y que quedaba solamente en manos del mayor de la familia.

La cosa fue rápida. Nos pidió 200 dólares y bajo casi inmediatamente a 150. Le dijimos tajantemente que esa cifra para nosotros era inalcanzable y que era lo que nos habían ofrecido ya. Murmuró algo sobre la gasolina pero nosotros zanjamos pronto. Reiteramos que nuestro turismo no era el de la gran mayoría y que el presupuesto que manejábamos era más bien discreto.

- No pasa nada. No vamos y no hay porque seguir hablando. No podemos.

Teníamos claro que no estábamos dispuestos a pagar esa cifra (hemos estado viviendo a diario por menos de 50 dólares los tres al día) por lo que nuestro plan de permanecer algún día más en la laguna se nos acababa de ir al traste.

Notamos la incomodidad de Alberto. Los tres estábamos faltos de palabras. Le volvimos a explicar nuestra manera de viajar. Pensábamos que la había entendido. De un plumazo, nos llegaba un cambio de planes, lo cual tampoco nos trastocaba mucho.

Alberto se retiró a descansar (dada la hora y la tensión que se había levantado de pronto) y nosotros nos quedamos planteando un plan B y buscando una salida digna.

El sol estaba bajando ya y la belleza de aquel rincón se destacaba más aún con los reflejos del sol sobre el agua. Alberto reapareció y nos dijo que nos pusiéramos en marcha para llegar a Laguna antes de que cayera la noche.

Rescatamos a Areia, que había estado en la cocina observando como hacían tortitas y comiendo plátano asado, apesadumbrada por dejar a sus amigas atrás y con ganas de jugar algunas horas más.

El camino de vuelta se hizo más ligero sin la brutalidad del sol de la mañana. Alberto nos acompañó hasta la misma Laguna, dándonos un gran abrazo y deseándonos mucha suerte. Nuestro anfitrión por un par de días se iba ya a buscar la vida desde esos mismos momentos, un par de días por acá y por allá y luego unos meses más a trabajar fuera.

Pasamos brevemente por el hotel para ducharnos y organizar un par de cosas. Buscamos un internet que encontramos, pero tan lleno de gente (locura por los juegos en linea) como de mosquitos, con lo que optamos por ir a tomar algo.

Nos agasajamos con una langosta asada y un inmenso plato de delicatessen locales para picotear (gambas, cangrejo, pollo, pescado...), una cena de unos 12 euros para los tres en Queen Lobster. De ahí, directos al catre. No eran más de las 21 horas, pero estábamos rendidos. Y debíamos aprovechar el silencio que reina en Nicaragua a esas horas...

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