La salida de El Castillo llevó su dosis de tristeza y la sensación de dejar atrás buenos amigos del alma.
La cena del día anterior la realizamos con Mayela, nuestra querida amiga, y con sus dos niñas, Allyson y Valeria, con quien Areia había hecho buenísimas migas. Cuando llegamos a su casa, Areia estaba frenética con los triqui tracas (petardos) y las tres habían soliviantado a los vecinos, que estaban agotando las pequeñas reservas que Mayela tenía en casa (aquí lo típico es tirarlos en diciembre)
Nosotros dos subimos a la terraza a disfrutar de la cena. Mayela sólo tenía pollo para ofrecernos, pero nos pareció un festín estupendo. También nos preparó un magnífico banano con leche y, de cualquier forma, su compañía y la de su familia era más que suficiente para convertirla en una noche perfecta.
Areia cenó con las niñas. Las escuchábamos reír, gritar "qué bueno está esto" y al parecer devoraron con fruición lo que les pusieron en el plato. Incluso salieron a comprar helados e hicieron la batalla por su lado. El momento de la separación fue el más complicado. La peque no dejaba de abrazarlas y darles besos. Mayela apareció con un precioso móvil de madera de balsa con pequeños tucanes y se lo regaló. Areia estaba emocionada. Nosotros, anonadados de la hospitalidad de esta mujer luchadora.
Su hija Magaly, embarazada de 8 meses, intercambió direcciones y de esta manera prometimos estar en contacto. Esto es lo mejor y lo peor de los viajes: los amigos que te llevas pero que también vas dejando.
Llegamos a San Carlos a las 10 de la mañana. AL coger la panga lenta habíamos hecho el mismo recorrido que hicimos previamente en 50 minutos en unas 3 horas. El motor era más pequeño y además hacía paradas en todas las esquinas (frente al "AVE" de los días anteriores, que es más potente y apenas para en los sitios más importantes)
Habíamos acordado con nuestro amigo Manuel que la panga para Solentiname salía cerca de las 13 horas desde el muelle. La vimos llegar y pudimos hablar con el panguero, Jose "Chepe", un solentimaneño de intensos ojos verdes y sonrisa eterna que nos puso carita de pena al contarnos que no podía cobrarnos el pasaje de "colectivo". Es lo que habíamos acordado con Manuel, pagar unos 80 córdobas (4 dólares) por el trayecto pero Chepe nos dijo que, de normal, él estaba cobrando 20 dólares por ese saltito. Tras una fácil y pausada negociación, lo dejamos en una cosa intermedia, que fueron 10 por cabeza (dos pasajeros) con lo que la jugada salió digna y por algo razonable.
Comenzó a caer el cielo sobre nuestras cabezas, de forma estrepitosa y exagerada, por lo que tuvimos que esperar a que rayos y truenos se recogieran y quedaran guardados y plegados. En unos minutos, el lago estaba calmo y sereno. Hora de marchar.
Con la lancha rápida en apenas media hora estábamos en tierra. El archipiélago de Solentiname tiene unas 36 islas. No todas están habitadas y la población es de unas 1.200 personas. Las más grandes son Mancarrón y San Fernando (con unas 250 almas), que fue donde nos quedamos.
La única forma de moverse entre ellas es, obviamente, teniendo una embarcación. Algunos de los islotes han sido comprados por extranjeros, aunque la gran mayoría asentados en la zona y casados con locales.
El tópico general de la zona es la tranquilidad y serenidad del lugar, la pasión de su gente por el arte y su forma de ver la vida con una filosofía sencilla y pausada.
Al llegar a San Fernando, Chepe nos dejó "donde Julio", en el hospedaje "Mire Estrellas", que era el más adecuado a nuestro presupuesto (8 dólares por cabeza) pero, tras esperar 15 minutos, ver que nadie aparecía y comprobar que las habitaciones más grandes estaban ocupadas (las que vimos libres tenían dos camas simples), decidimos probar suerte "donde Dª María", al extremo norte de la isla, unos 300 metros más arriba por un fantástico "andén" (caminito asfaltado) a lo largo del lago.
Las negociaciones con Dª María no fueron tan fáciles. La estancia en el Hotel Celentiname son 20 dólares la noche y 35$ con pensión completa, lo que quedaba muy fuera de nuestro alcance. Después de un rato de tira y afloja, lo dejamos en 15$ por noche cada adulto con desayuno incluido. Incluso en el cambio a córdobas (moneda local) el redondeo nos fue favorable.
El sitio es idílico. Un jardín de ensueño rodea las cabañas, muy sencillas pero impecables. Teníamos nuestro baño con ducha, una terraza privada con sillas y hamacas, amén de una vista espectacular sobre el lago y un muelle donde ver el atardecer de forma privilegiada. No se podía pedir más por unos 20 euros diarios (y negociamos un pequeño desayuno que resultó ser un ágape diario)
Merodeamos un rato más por el hotel y bajamos al muelle para contemplar una puesta de sol realmente espectacular. Los cielos se vuelven rosaceos, para tornarse naranjas y luego rojizos, entremezclados con las nubes que rasgan los colores cálidos con dedos fríos azorados.
Aprovechamos la caída de la noche para caminar hasta el núcleo del pueblo, a unos 500 metros por un fantástico paseo. Charlamos un rato con Chepe y nos sentamos a tomar algo en el restaurante-cabañas Paradiso, donde nos sacaron una completísima carta pero avisándonos de que sólo tenían pollo. Mientras preparaban los platos, Areia hacía un castillo de naipes y yo charlaba con Robert, un norteamericano de Michigan afincado en Tampa, con casa en Granada desde hacía 19 años y enamorado de Nicaragua. Era también, su primera visita a las Solentiname. Un señor francamente encantador.
Las orillas del lago parecían alfombras de luces mágicas, una reproducción que ni los más sofisticados leds podrían llegar a imitar. Cientos de luciérnagas poblaban los bordes, paseaban bajo los árboles disfrutando del frescor de la noche. La luna, casi llena, no cegaba tampoco las miles de estrellas que desde más arriba, les hacían la competencia.
Caímos agotados en esta primera noche, esperando tener un día de total calma, sin despertador y sin prisa.
Dormimos más de 10 horas y Dª María nos sorprendió con un desayuno de frutas, café y unos exquisitos panqueques con sirope. De vuelta en la cabaña, mientras nos cepillábamos los dientes en la balconada, descubrimos un espectáculo que nos dejó alucinados.
Habíamos visto salir corriendo a un colibrí y, fijándonos con un poco más de detalle, vimos como un colega suyo no había tenido la misma suerte. Una culebra verde hoja (aquí le llaman "bejuquillo") acababa de atrapar ese pequeño y veloz ave, habiendo agarrado su cabeza, que es lo que en esos momentos trataba de hacer pasar por sus mandíbulas.
Viendo el tamaño de la serpiente y observando el grosor del pájaro, parece imposible que tal hazaña se pueda llevar a cabo, pero después de media hora observando el proceso, os podemos asegurar de que el reptil se traga por completo al pobre con sus alitas y todo incluido. Estábamos absortos, observando paso por paso algo que, seguramente no volveremos a ver otra vez en esta vida (sólo por cortesía de BBC, NatGeo o Discovery). Arei no cabía en sí de asombro (a la par que estaba apenada por el pobre bicho) pero nosotros dos estábamos igual de entusiasmados. Lo tenemos ampliamente documentado, así que ya os pasaremos fotos. Espeluznante!!!!!!!
Después de tal despliegue, cualquier incursión parecía liviana. Nos fuimos a pasear por el pueblito y a visitar el museo local, bastante modesto pero curioso. La que mejor lo pasó fue Areia, que hizo amistad con "la Pati" o Keila Patricia, la hoja de la cuidadora (y también hija de Julio, el dueño de la pensión donde no pudimos quedarnos). Aprovechamos para relajarnos en un banco, charlar y disfrutar del paisaje mientras corrían cuesta arriba y cuesta abajo.
De vuelta a su casa, en el Mire Estrellas, se pusieron a bañarse en el lago. Yo acabé por quedarme dormida en una hamaca, dejando al pobre Miguel observando la vida diaria de la comunidad de hormigas y vigilando las incursiones de las niñas en el kayak.
La vida, como os podéis imaginar, transcurre algo más que despacio.
Quisimos recoger y volver a nuestra pequeña esquina de San Fernando para cubrir un sendero, del Trogón, que nos llevaba a un mirador. Primero hicimos la versión "despiste" que nos llevó a un par de casas (un pequeño equívoco) pero descubrimos una fila de más de 100 metros de hormigas comedoras de hojas que habían organizado una especie de autopista que bajaba desde un altísimo cedro (donde las ramas inferiores estaban totalmente peladas) y recorrían un extenso camino con sus trocitos sobre las espaldas. Era como observar un río de trocitos y briznas moviéndose mágicamente por entre la tierra. Impresionante.
Retomamos el camino "correcto", escuchando los impertérritos ruidos de la selva y aguantando las mordeduras de algunas hormigas algo antipáticas. Tras 20 minutos caminando, de pronto el sendero se cerraba por completo. El campesino encargado de la limpieza de ese trozo parecía no haber cumplido con su parte del trato y la vegetación se había apoderado por completo de todo. Miguel intentó seguir pero salió de inmediato "escaldado" al toparse con plantas urticantes que le quemaron toda la pantorrilla derecha. Deshicimos camino y volvimos a la "seguridad" de nuestra cabaña.
Disfrutamos, como no, otra tarde de una espectacular puesta de sol. Areia nos pidió permiso y se fue a jugar con Patricia al otro lado de la isla. Cuando anocheció y Dª María nos avisó que la cena estaría lista en breve, me acerqué a buscarla y se despidió efusivamente de su nueva amiga. Un plato de tilapia muy bien acompañado nos esperaba sobre el mantel y el día empezaba a replegarse.
Nuri, el loro del hotel, no había conseguido bajar del árbol (no vuelan apenas) y Shura, la perra, tampoco lograba convencerle. Yuri, la lapa, parecía descansar y no insistir más cerca de la cocina. Las iguanas, por su parte, se recogían también con la puesta de sol.
Los que no perdonaban y salían para saludarnos eran los sapos gigantes que cruzaban constantemente el camino. Llevábamos la linterna sólo para evitar plancharlos sobre la calzada o darles un buen patadón. Levantan cerca de 15 centímetros del suelo. Son auténticos tanques como para tropezar con ellos...
Un día de relax pero muy intenso. Habíamos visto cosas y experimentado situaciones diarias para la naturaleza pero inquietantes para nosotros. Dormimos con miles de imágenes en la retina que no olvidaremos en muchos años.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nos encanta que nos contéis cosas, así que no seáis tímidos...