Los "protas"

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De madre aventurera, hija trotamundos. Una aporta la experiencia, otra el sentido común. La suma de las dos: una serie de vivencias inolvidables y unos recuerdos indelebles.

martes, 16 de agosto de 2011

El paseo "tico" y regreso a tierra "nica"

El cruce hacia Costa Rica fue toda una experiencia digna de contar. La verdad es que nos metimos sin saber ni qué íbamos a encontrar ni si dejaríamos algunos días en el país vecino, pero al final las cosas cayeron por su propio peso y esa misma noche dormimos (por los pelos) en tierras nicas. Eso sí, el periplo mereció la pena y nos abrió los ojos a algunas cosas.

El trayecto por el río Frío, que es la frontera común entre Nicaragua y Costa Rica es increíble. Una anchura de media de 50 metros y una profundidad irrisoria (imagino que en la temporada seca debe ser un sufrimiento y fuente de sorpresas) pero la vida, sobre todo en cuestión de aves, era increíble. Cormoranes, garzas, gavilanes, águilas, patos de aguja, colibríes y otros cientos que no sabría nombrar plagaban cada rincón del camino. Algunas familias de monos venían también a saludarnos desde su posición privilegiada y algunos habitantes de dos patas veían la vida pasar con toda la calma del mundo.

En el momento "tocamos" territorio tico, Chepe cambió la bandera de Nicaragua por la vecina. Obligaciones del gobierno costarricense... El trayecto se nos hizo corto (unos 90 minutos) y nos despedimos de Chepe, quien había sido finalmente una ayuda en todo momento y a quién le debemos su gran generosidad (iba a la frontera a recoger a una gente y nos llevó por un precio irrisorio, menos de lo que cuesta el transporte público)

La llegada a Los Chiles nos llamó la atención. Para empezar, las calles tenían nombres, los coches eran mucho mejores y las carreteras hasta tenían asfalto. Es más, tenían rayas pintadas y ¡hasta señales de tráfico! El orden imperaba en la tierra vecina. Se podía oler un mejor nivel de vida y, en breve, nos dimos cuenta de la gran diferencia también en precios.

Cuando llegamos a la estación de buses (con la idea inicial de ir a Upala) nos dijeron que a las 12 salía nuestro vehículo. Mientras esperábamos conversamos con Carlos, el mesonero del barecito. Entre empanadas, horchatas (las ticas están hechas con cacao y canela), frescos de "cas" y un par de cafés, se ofreció a darnos otra alternativa más cómoda: ir a Ciudad Quesada/San Carlos, donde tomaríamos directamente el bus para la frontera, Peñas Blancas. Nuestra ignorancia sobre el país (no teníamos ni un mapa) nos llevó a ponernos en sus manos y, cuando nos pasó la cuenta de lo consumido, tomamos la decisión de salir cuanto antes de territorio tico. 8 dólares por un tentempié nos daba una idea del nivel de vida que estábamos barajando.

Carlos nos subió en su carro, recogimos a Joana, su novia, que salía a las 12 de su turno del viernes como técnico de radiología y emprendimos carretera. Contribuimos generosamente al aporte de gasolina para hacer el viaje, pero ello nos permitió cubrir el trayecto sólo en 90 minutos (frente a los 150 del bus) y llegar a tiempo a tomar el único bus de las 14 desde Ciudad Quesada .

Estuvimos conversando un buen rato con Carlos y Joana de las posibilidades laborales en Costa Rica, del nivel de vida. Nos llamó mucho la diferencia entre ambos países. En Costa Rica todo estaba ordenado, limpio y despejado. Había hasta planificación urbanística. Las vacas estaban gordas, las piñas inundaban los campos, junto al banano y el azúcar (territorio de Chiquita), se veían carteles de universidades privadas, hasta de clínicas con liposucciones o lugares de estimulación temprana. Una novedad para lo que habíamos estado viviendo las semanas anteriores. Lo que nos puso los pelos de punta fueron los precios. Habíamos sacado el equivalente a 50 dólares en colones, la moneda local. En un pis pas vimos cómo volaban. El nivel de vida era mucho mayor y nuestro presupuesto no podía permitirse ese bocado.

Llegamos a las 13.55 a la estación de buses. Nos despedimos de Carlos y le dimos mil gracias. Teníamos por delante unas 6 horas de viaje por carretera y para desembocar en la Panamericana. Sobre las 20 estaríamos en Peñas Blancas.

El bus estaba hasta la bandera, así que nos dispersamos en varios asientos. Yo estuve conversando con mi vecino, Julio, un chaval de unos 20 años que me contaba cómo iba a Ciudad Quesada a estudiar con una beca algunos días por semana. De familia nica, apenas nombraba su origen y se consideraba tico. En realidad, toda su gente venía de El Rama pero su educación estaba siendo pagada por entero por Costa Rica. Veía su futuro prometedor y con vistas... Al menos le podía el optimismo.

Tras un par de horas pudimos sentarnos juntos y el bus fue tragando y escupiendo por igual. En Upala se llenó hasta la bandera y, a diferencia de los nicas, no paró más que para embarcar gente. Estábamos sobreviviendo con las empanadas de la mañana y no había fantásticos vendedores subiendo en las paradas y ofreciéndote pollo y vigorón...

La noche se nos echó encima cuando ya emprendíamos ruta por la Panamericana, en paralelo al Pacífico. En Santa Cruz le pregunté al conductor si podíamos dormir en algún sitio en Peñas Blancas pero me dijo que no había nada por allá. Por suerte, José Santos, un nicaragüense que no perdía comba de la conversación, se ofreció a guiarnos por el camino, ya que él iba también a reencontrarse con su familia en Jinotega.

Eran poco más de las 20 cuando llegamos a la frontera. Llovía a mares. El día había sido gris y apenas vislubramos algún rayo de sol a primera hora de la mañana.

Bajamos del bus para empaparnos hasta el tuétano y llegar a las oficinas ticas, donde 3 aparatos de a/c nos dejaron como auténticos pollos. Salimos por pies buscando el calorcillo ambiental y nos pusimos a seguir a José Santos, que corría como alma que lleva al diablo por entre los charcos, en un caos de camiones que conformaban kilómetros de colas, caminando entre la nada, en esos espacios sin dueño que no sabes a dónde llegan.

Unos 800 metros más tarde nos recibió un señor en una garita con una linterna. Miró nuestros pasaportes y nos dijo que siguiéramos. Dimos de bruces con la inmigración nica, donde pasamos los trámites correspondientes y en breves minutos, seguíamos dando saltos y chapoteando. Éramos los únicos mojados, pero también los únicos inconscientes que cruzaban la frontera andando.

Por fin dimos con lo que parecía la salida. Otro señor (ya sin luces ni nada sino "al tacto") nos pidió los pasaportes y, al verse perdido entre tantos sellos, nos dió la salida.

Estábamos en tierra nica de nuevo. Eso era indudable. Bienvenidos a casa!!!!!!

Hambrientos y agotados, José Santos nos llevó a un "lugarcito" donde nos alimentarían y darían lugar para la noche. No era un "hospedaje" tal cual lo hemos conocido hasta ahora. De hecho el sitio no tenía ni nombre. Eso sí, la gramola era gigantesca y el volumen de la misma todavía resuena es mis oídos. Las camareras, alegres y pizpiretas, ponían bachatas y merengues, risueñas y divertidas, espectáculo que los camioneros que poblaban el lugar agradecían sobremanera.

Esperamos un buen rato por la comida, pero mereció la pena. El pollo estaba fantástico y la sopa y el arroz que pedimos también estaban muy sabrosos. Decidimos hacer un stop definitivo y seguir al día siguiente.

Nos dieron una habitación un tanto sospechosa. Viendo el cariz del lugar, estaba claro que no era un hotel al uso, sino más bien uno por horas. Eufemísticamente el cartel decía "Deje la habitación limpia", cosa que hubiéramos logrado con unas horas por delante y unos litros de salfumán y lejía, pero nos conformamos con caer redondos. Eso sí, aunque yo soy la persona menos escrupulosa de la tierra, esta vez sí que saqué mi saco-sábana. La música entraban por todas las rendijas del cuarto y las baladas nos acompañaron como nanas. La verdad es que poco importó el volúmen descomunal y las risas de la sala. Caímos redondos después de un día de ires y venires, cruzando de una punta a otra de Costa Rica.

De hecho, al amanecer al día siguiente, el lugar estaba en absoluta calma. Las verjas estaban cerradas y apenas dejaron una cancela por la que escaparnos. La vida en Peñas Blancas era tremenda. Los camiones marchaban ya y se despedían a su paso con pitadas. El bus para Rivas estaba ya rezumando pasajeros y nos subimos con intención de salir enseguida. Un señor se quejaba de tener que llevar su maleta entre las piernas. El cobrador le dijo que era la única opción que podía ofrecerle. Hubo un rifirrafe y al final este segundo le ofreció devolverle el pasaje si quería tomar otro bus.

- Así hare, me bajo de este vehículo. Vamonos!!!- dijo el señor.

Y, de pronto, el clan completo se levantó y casi una decena de personas salieron de sus asientos tras la orden del sedicioso. Aprovechamos para sentarnos y poder así cubrir el trayecto de 40 minutos cómodamente.

En Rivas, unos cuantos "colectivos" esperaban para llevar pasajeros al muelle de San Jorge. Apenas 15 minutos de trayecto y en el puerto estaba listo para zarpar el barco de ls 9.30 para San José del Sur. Nos pareció que todo estaba cayendo demasiado en su sitio y embarcamos sin pensarlo.

Próximo destino: Ometepe.

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