Los "protas"

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De madre aventurera, hija trotamundos. Una aporta la experiencia, otra el sentido común. La suma de las dos: una serie de vivencias inolvidables y unos recuerdos indelebles.

jueves, 4 de agosto de 2011

Atajos

Nos habíamos situado en un hospedaje cercano al puerto porque, en principio, pensábamos tomar el barco a Bluefields desde Rama. Aparte del decaimiento per se del hostal Gonzales (pero el único que encontramos a priori con tres camas), el trajín de personal constante por la zona lo convertía en un hervidero bastante incómodo, aunque conveniente.

Lo curioso es que, al final, habíamos decidido cambiar el plan inicial y no tomar el barco, sino el camino por tierra hasta Laguna de Perlas (normalmente se accede desde Bluefields, a 1 hora de Rama y otra hora más desde la ciudad). Nos habían indicado que había un bus directo a las 9.

A las 3 am, tanto Miguel como yo, nos asomamos curiosos por la puerta de la habitación, observando el trasiego incansable de pasajeros tanto en buses como tratando de embarcar. Una muchacha gritaba "Tengo café, tengo comida y tortitas de harina"(en la versión inicial que yo entendí era "Tengo café, tengo comida y biodramina" - ya os podéis imaginar mi sorpresa ante la gran preparación de la moza). Nos empezamos a reír de la situación tan rocambolesca, de la imposibilidad de descansar y del agujero mismo en el que estábamos metidos. Apenas pudimos dormitar unos minutos más pero dimos tregua a Areia, hasta que cerca de las 5, nos pusimos todos en pie.

Anduvimos buscando un sitio donde desayunar y fuimos a preguntar los horarios de los buses. De pronto, el de las 9 había desaparecido, pero sí había uno a "Cúcara" (realmente es Kukra Hill), un poblado en el camino, y de allá podíamos enlazar con otro a Laguna. El primer trayecto eran 74,5 kilómetros. El segundo, apenas 22. Unos 100 kilómetros a recorrer. Todo un reto.

Recogimos los trastos y desayunamos con calma. La actividad a esas horas de la mañana raya el frenesí (dentro de lo que es Nicaragua) y todo parece funcionar antes de que el sol ataque con virulencia. Además, nos acompañaba un día tapado y tristón. Salieron algunos buses camino a Managua y llegó un camión. No aparecía aparentemente el transporte a "Cúcara". Apurando el desayuno nos dimos cuenta de que ESE camión era el nuestro. Para nuestra suerte, apenas había una decena de campesinos, con lo que no se planteaba un viaje infernal con todos apretados como borregos.

Nos aposentamos en los asientos laterales en la parte de atrás (lo más cerca del pescante de subida y bajada) para poder disfrutar del aire, la vista y - como no- el polvo del camino (aunque ese es inevitable en cualquier posición)

EL trayecto hasta Kukra fueron 4 horas. Llegábamos prácticamente a las 12. Habíamos partido a las 7.30. Por el camino apenas recogimos a algunos campesinos y fuimos dejando a otros, pero siempre sin restricciones ni agobios. Pudimos conversar tranquilamente con algunos locales (uno de ellos nos contó su peculiar versión de la conquista española y nos informó de que Colón estaba enterrado en algún lugar entre Nicaragua y Costa Rica) y trabamos amistad con Alberto, un miskito que se dirigía a su casa tras dos años de ausencia. Había estado trabajando algunos meses en Matagalpa y volvía a visitar, pasar algunas semanas y ver a una de sus hijas, que posiblemente apenas reconocería (y cuyo nombre tuvo que pensar por algunos segundos)

La lengua de Alberto no es el español. El se defiende en Miskito y en inglés criollo, una versión hilarante de la lengua isabelina que suena a puro cachondeo con un toque muy musical. EN la zona del Caribe todavía se habla mucho inglés y la herencia de la corona británica, pero sobre todo de los piratas que poblaron la costa, es más que latente. Curiosamente, fueron estos bravos y temidos seres quienes consiguieron la mayor oposición ante la soberanía española y empujaron a Nicaragua a conseguir la independencia hace casi 200 años. Tal vez en su honor y como muestra de orgullo, esta herencia pervive de manera muy establecida y el español está visto como idioma de dominación. Algunos habitantes se muestran reticentes a hablarlo (y una gran cantidad no lo dominan). La lengua de la escuela es, como se imagina, el inglés. Como podéis entender, ¡es un tanto surrealista!

Llegamos aKukra con un calor asfixiante. En teoría un bus llegaba a las 14 para recorrer esos 22 kilómetros a Laguna. Pero, tras unas partidas de cartas, unos cocos que Alberto nos trajo (de casa de una tía que casualmente vivía en las cercanías) y unas charlas bajo las sombras, no había rastro del bus.

Vino un tipo de aspecto dudoso a decirnos que hasta las 17.30 no saldría el bus, pero que él podía buscarnos un transporte privado que nos llevaría para llegar con luz, sanos y salvos, con mayor seguridad y disposición. Barajó unos 400-500 córdobas (entre 20 y 30 euros) pero ya le avisamos de que no estábamos dispuestos a pagar y que saldaríamos el viaje con los 100 que nos costaba el bus de línea. Al observar nuestra determinación, acabó pidiéndonos 50 córdobas, supuestamente para una inyección de penicilina de una hija enferma. Le dimos las gracias por su "ayuda" pero no quisimos darle nada para no fomentar esa "mendicidad forzada".

Ya que, definitivamente debíamos esperar a las 17.30 para llegar a Laguna, optamos por recoger las mochilas del sombrajo en el que estábamos y dar un paseo por el pueblito. Como suele ser habitual, estructura reticular, con apenas media docena de calles cruzando y dos o tres principales que vertebran el pueblo. Tiendecillas dispersas (donde pudimos comprar y reemplazar lo que nos faltaba de equipaje: Navaja y cortauñas) y algún pequeño "barecito" donde, aparte de colas de litro, no podían ofrecer mucho. Finalmente optó por prepararnos un café con sobrecitos instantáneos. Agua hirviendo para mitigar los calores de la tarde decadente... No hay mejor opción!

El bus - uno de los típicos "School bus" americanos- llegó a la rotonda como a las 17. Todavía esperamos un buen rato. Al parecer, algunas pangas (botes) de Bluefield que traían pasajeros para Laguna. Sobre las 17.45 el bus empezó a llenarse. Un conductor con pinta algo macarra y un "asistente" (aquí los que recogen la pasta y organizan los pasajeros son los verdaderos negociantes) rasta, nos dieron paso.

El sol estaba cayendo ya. Miguel se sentó con Alberto, que ya estaba actuando de padrino con nosotros y con quien estábamos intentando establecer también algún tipo de "actividad comercial", ya que preferimos echar una mano a las familias de la calle que a un "capo" que controle todo el turismo. En Laguna este personaje se llama Wesley, regenta el Green Lodge y parece controlar todas las entradas y salidas de gente. Pone las tarifas y estructura los viajes.

Nosotros queríamos ir a visitar la zona de la laguna y, como no, los cayos Pearl (Pearl Keys, Cayos Perla... tienen varias denominaciones), una pequeña cadena de islotes con playas de arena blanca. De nosotros surgió la propuesta hacia Alberto de hacerlo con ellos. Nos dijo que su hermano tenía una barca y que podía preguntarle si estaba dispuesto a hacerlo.

-Como no- es la coletilla que usa siempre Alberto y con la cual responde cualquier pregunta, aunque no toque.

Era ya noche cerrada cuando entramos en Laguna. El trayecto de 22 kilómetros costó algo más de una hora, añadiendo además que hubimos de parar a echar agua al motor, que estaba humeando.

Apenas se vislumbraba dentro y Alberto nos avisó en nuestra parada, en una de las calles centrales de Pearl Lagoon. Bajamos y, por un par de calles, acabamos en Casa Estrella, el alojamiento que habíamos sugerido y que resultó – como no- de ser de un primo de Alberto.

En el hostal tenían solo camas dobles. Sin posibilidad de juntar dos o sin un colchón extra. El papá de la niña estaba en una reunión, con lo que ella no podía darnos muchas más opciones. Alberto y Miguel se fueron a ver un par de lugares más, mientras yo me quedaba en el balancín del porche y Areia se había colado ya en la salita, donde las muchachas veían una serie juvenil.

De pronto, me di cuenta de que no tenía conmigo la cámara de fotos. Con el trajín de la bajada, la falta de mochilita que siempre llevo y la oscuridad de la llegada debió quedarse de alguna forma en el asiento. Empecé a ponerme tremendamente nerviosa. No podía salir sin más a buscarla. Dejar las mochilas allí era casi peor opción y tampoco quería responsabilizar a Areia de vigilarlas. Cuando el vigilante del lugar me vio tan nerviosa me preguntó qué me pasaba. Le expliqué la situación.

- - Forget it, it’s gone! - me dijo tajante.

A los 10 minutos llegaron Miguel y Alberto. Les comenté y salieron corriendo pero, tal como me había anunciado el señor, no había resto de la cámara.

Tendréis que conformaros con fotos más mediocres. Por suerte, como ya somos perros viejos, llevamos un par más, así que recuerdos tendremos, pero los dos primeros días de viaje desaparecieron en el fondo de un asiento.

Lo peor- tal como comentamos con la muchacha policía con la que cursamos la denuncia- es que, quien la haya cogido, no va a poder hacer nada con ella. En cuanto se les acabe la batería ya no van a poder “jugar” con ella.

No lo niego: Me quedé jodida. El vigilante, al verme así, me animó con palabras llenas de razón: “Deja de preocuparte, es sólo material. Tú estás bien, estás sana y estás viva. Puedes disfrutar”. Y tenía toda la razón del mundo pero, no dejaba de sentirme algo idiota.

Para quitarme el disgusto y el polvo, nos metimos todos en la ducha, rascando las distintas capas que habíamos acumulado durante el día. Llevábamos en pie desde las 5, en el camión desde las 7.30, más casi 6 horas de espera y otra más de viaje. Lo que por barco hubieran sido apenas dos horas y media, al final lo cubrimos en unas 14 horas. Eso sí, hicimos amigos por el camino y la recompensa de la llegada – con sorpresas incluidas- fue mucho más apreciada.

Estábamos famélicos. Habíamos aguantado el día con el gran desayuno de Rama (café, pasteles para nosotros, un pollo con gallopinto para Areia) y unas rosquillas, con lo que darnos un homenaje en el mejor restaurante de la ciudad no se veía como un capricho.

En el Queen Lobster, un garito sobre el agua al final de la calle principal, nos explicaron sus platos principales. Optamos por unos camarones con salsa de coco y un “rondon” (viene de “run down”) que es algo así como una mezcla de todo tipo de pescados en una exquisita salsa (con base de coco también), mezclado con papas (dentro) y arroz (aparte). Se nos hacía la boca agua y nos supo a gloria absoluta. La cuenta no llego a los 15 euros para los tres. Un lujo bastante alcanzable.

Eran las 23. Areia estaba rota y nosotros agotados. La ciudad estaba en absoluto silencio y apenas se veía algún gato y se escuchaba el croar de las ranas.

Finalmente pudimos apañar la dormida de Areia con unas colchas sobre el suelo y un par de sábanas. Ella cayó como si se tratara del mejor viscolástico de los anuncios de teletienda. Todos, de hecho, dormimos profundamente y sin enterarnos absolutamente de nada...

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