Último día de vacaciones. Al menos, el que resta para disfrutar del país. Es como llevar una
botella de agua en un día de calor y ver que te queda sólo el culillo.En realidad contábamos con el día completo. Nos habíamos puesto como meta recorrer Masaya con calma, disfrutar de su mercado municipal (los mercados son intramundos dentro de las ciudades) y hacernos con algunos objetos a los que teníamos echado el ojo. Quisimos desayunar donde la china del día anterior, pero estaba cerrado, así que unos metros más abajo fuimos a otra juguería, más modesta y con menos aparataje, sin gatitos saludando eternamente y una chica algo más seria, pero donde los zumos estaban igualmente pecaminosos.

Cuando comenzamos a callejear por el mercado (parcialmente cubierto) apenas había tránsito pero sí muchísima vida propia. Como la gran mayoría, estaba organizado temáticamente: aquí los zapateros con sus máquinas de coser, en esta esquina la artesanía, algo más adelante zapatos, allá la ropa, en el centro las peluquerías, al fondo la comida, dividida a su vez en frutas y verduras, carne, pescado y variedades. Una versión mucho más primitiva, colorida y divertida del Carrefour y sin aire acondicionado.

Estuvimos tanteando, comparando y tratando de organizar nuestras escuetas compras. No llevábamos ni un par de horas (con parada y "fresco" de tamarindo con chía y mango incluidos) cuando a Areia le entró un intenso dolor de barriga. Estaba pálida, con sudor frío y con los ojos algo idos. Miguel y yo nos la llevamos directa a un puesto a comer arroz con pollo.
Había tenido una tremenda bajada de azúcar. Apenas había desayunado un batido pero, tras la caminata del día anterior le faltaban energías. A medida que el arroz iba entrando en el cuerpo su rostro cambió y empezó a articular palabras de nuevo. Superado el bache, proseguimos en nuestras incursiones y acabamos por "saquear" una tienda donde compramos todo lo necesario (que tampoco era mucho). Podemos decir que ahora tenemos dos "chinos", esa fantástica versión de la hamaca que sirve como columpio. Ahora nos falta el pequeño detalle de hacer un porche en casa para colgarlos. Cuando queremos, prevemos...

El regateo, los olores, el agetreo y las finanzas desgastadas nos obligaron a regresar al hotel, donde nos dimos un pequeño descanso. Mientras yo charlaba animadamente con las señoras de recepción, Miguel aprovechó el desliza para darse una cabezadita, mientras Areia lo dibujaba en su libreta. Me escapé unos minutos a restablecer nuestra cartera para los últimos pagos pendientes y dejé un poco más de reposo a nuestros aguerridos guerreros.
El calor cedía y el sol se asomaba con timidez. De camino al malecón (en este caso no hay mar, pero si la laguna de Masaya, que es su particular versión - como es común en Nicaragua, donde el agua dulce abunda por doquier) nos tomamos unas "rellenitas" (tortillas de maíz rellenas de queso fresco) recién hechas que, a pesar de la hoja de plátano que las envolvía (eso es ecológico y lo demás son cuentos) te quemaban las manos. Luego paré a comprar un dulce que, desde el principio, me había llamado la atención: era fucsia subidísimo, por lo que asumí que tenía algo que ver con la pitahaya (esa fruta loca de un color imposible) pero resultó ser coco rallado con un azúcar coloreado que estaba estupendo, pero con unos 3 miligramos ya te llenaba la boca y te daba energía para la eternidad. La versión marrón, con azúcar de caña, era casi aún más empalagosa.
Llegamos al malecón energizados y pudimos disfrutar de un paseíto vespertino con una preciosa luz. Pululamos sin rumbo por barrios más exteriores de Masaya, nos topamos con los vestigios (o los comienzos) de otra cabalgata, jolgorio juvenil o festival callejero que prometía una tarde ruidosa.

Acabamos por huir para poder seguir disfrutando tranquilamente, de nuestro pacífico y vivo Masaya.
Como no podía ser menos, decidimos despedirnos con dignidad: Alguna combinación de jugos por probar?? Póngamela, por favor!!!!! Eso sí, acompañada de un ceviche de pescado, camarones Y, como no, conchas negras. El completito.
Después de un día de trasiego y con el trajín de preparar mochilas y sabiendo lo que nos venía encima, regresamos al Santa María. Nos habían pasado el recado de que a las 20 vendría nuestro amigo Rodolfo, a quien habíamos conocido un par de días antes tomando un café en el Parque Central. Nos impresionó la conversación que tuvimos con él y nos pareció una persona muy al tanto y muy bien informada sobre lo que pasa en el país. Pero no sólo eso. Rodolfo tiene un alma que no le cabe dentro y se deja la piel y las entrañas por Nicaragua.
Esa noche aprendimos mucho gracias a todo lo que nos fue narrando Rodolfo. Sobre todo, aprendimos que la capacidad humana no tiene límites y la bondad, fronteras. Un día, con calma, os contaré más cosas de este pedazo de persona.
Exhaustos y tristes por dejarlo todo atrás, nos fuimos a la cama. Habíamos quedado con Ariel a las 4.15 para que nos llevara al aeropuerto de Managua. El sueño fue breve y el trayecto también. Amanecía un nuevo día en la ciudad, la paz y la calma por el asfalto. En el hall de entrada, Rubén Darío y Sandino nos saludaban.
Hasta muy pronto, NICARAGUA.

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