Tras un buen desayuno de huevo revuelto con gallopinto y aguacate, limonada, fruta (papaya, sandía y piña) y café, nos hemos probado las exquisitas botas de agua con las que hacer la travesía a pie. Las de Areia nos las dejaron ayer en la oficina de Intur, unos números más grandes (lo único que quedaba) y cuando se las fue a probar, salieron despidas y agobiadas una familia de cucarachas que debían habitar desde hace algunos días. Avisada y cauta, las ha sacudido antes de volver a ponérselas, pero, no contenta con la maniobra, no ha cejado en su empeño hasta que la más testaruda de todas ha acabado estampándose contra el suelo y chafada por la mismísima bota empujada por el ímpetu de Areia.
Listos como estábamos para la partida, nos hemos montado en el bote. Nos acompañaban 5 vascos con los que hemos coincidido en el hotel. Dos familias que llevan varias semanas viajando ya, una con una hija adolescente y otra con otra de unos 15 años también y otro de 7, que ha hecho sus migas con la peque.
Mientras Juan nos iba explicando los pormenores del Río San Juan (200 kms desde el lago Managua hasta su desembocadura en el Caribe) hemos visto en una de las orillas unos coatíes o pizotes, una especie de roedor con la cola larga y el morro alargado (recuerda al oso hormiguero con una mezcla de mapache), omnívoro y que es también un gran trepador. Hemos observador aves y tortugas en nuestro camino hasta el Bartola, un afluente que corre junto al San Juan y que conforma también una de las fronteras de la reserva natural Indio Maiz, la que hemos ido a visitar.
En la entrada, guardada por personal militar (estamos en la frontera con Costa Rica y la presencia es constante) estaba Daniela, una mona casi ya mascota de la tropa, a la que no nos hemos acercado por estar embarazada y un tanto protectora y agresiva. Una vez puestos nuestros nombres, hemos comenzado un sendero que nos iba a llevar un par de horas de recorrido.
El primer tramo estaba en un estado bastante aceptable. Caminar con las botas de agua parecía incluso exagerado. Hemos empezado a observar flora curiosa: Anatol, una planta anestesiante que nos ha dejado la boca adormilada al mordisquearla, almendros salvajes (nada que ver con los nuestros ) de más de 20 metros de altos, lianas de escalera de mono, lianas de agua, troncos finos, gruesos, retorcidos. Hemos aprendido la diferencia entre un bosque primario y uno secundario, y, sobre todo, que no debíamos agarrarnos a ningún tronco. Dos peligros principales acechan desde las ramas: las serpientes (el menor de los peligros) y las hormigas balas.
Los pequeños insectos de unos 5 centímetros de longitud (no es una exageración fruto del espíritu de aventura) son unos auténticos peligros. Les llaman también hormigas 24 porque dicen que el dolor dura 24 horas. Lo de “bala” parece ser porque su picadura duele tanto como ser atravesado por una bala. Pueblan troncos y pasean tranquilamente por el suelo. Pisarlas no causaba gran problema (con las superbotas no íbamos a enterarnos) pero tocarlas no sería tan divertido.
A medida que nos íbamos adentrando en la selva, la sensación de agobio de pensar lo que debe sentir uno totalmente perdido, iba in crescendo. Imaginarlo no resulta nada agradable. Nosotros teníamos un camino medianamente marcado, un guía y un día espectacular, soleado (pero, por suerte, algo cubierto) y luz para ver por dónde caminábamos. Juan nos iba desentrañando algunos secretos mientras nosotros tratábamos de seguir el ritmo de disfrutar de todos los detalles.
El paseo era la pesadilla de una persona tiquismiquis pero el ensueño para alguien que, como yo, adoro pisar el barro. El momento perfecto para ponerse hasta arriba. Con la excusa de las botas de agua, podíamos hundirnos hasta la rodilla (casi) en el sendero con cierta comodidad). Areia estaba algo reticente al principio (tiraba por las orillas buscando zonas secas) pero cuando ha aprendido a lidiar con el lodo, ha disfrutado como la que más.
Dos horas de “splash splish”, observando ranitas rojas del tamaño de una falange, otras de estampados imposibles, pájaros coloridos y escandalosos, insectos espeluznantes, mariposas coquetas y, como colofón, algunos esquivos monos arañas en las copas de los árboles atravesando la selva de un lado a otro con sus crías a la espalda.
Sudados, embarrados y boquiabiertos, nos hemos sacado las botas para subir de nuevo en la barca para dirigirnos a un pequeño remanso del Río Bartola y poder darnos un baño. Estábamos a unos 200 metros más arriba de donde habíamos divisado el último cocodrilo. Juan nos aseguraba que –hasta el momento- los estupendos bichos no solían visitar ese idílico rincón. Confiados y con ganas de agua, nos hemos dedicado a jugar contra la corriente del río sin pensar en restos de ningún saurio.
A mediodía llegábamos de nuevo a El Castillo. En el hostal nos hemos refrescado, despedido de los vascos (que partían hacia San Carlos) y hemos optado por tomar algo para aguntar hasta la cena. Mayren nos ha preparado un plato con plátano y queso frito para chuparse los dedos. Mientras tanto, Areia, que había ido a visitar a su amiga Maylena, se ha encontrado que esta salía en ese momento para la escuela. Su chasco se ha vuelto alegría al verla volver al cabo de una hora.
Entre tanto, nos hemos encontrado de nuevo a Manuel, un guía que pasa gran parte de su tiempo en España (trabajó en Doñana) y que nos ha conseguido un “escape” con el que no contábamos. De nuevo (por milésima vez) hemos cambiado de planes y posiblemente (aquí nunca nada es seguro) vayamos a las Solentiname, un viaje que habíamos desechado por falta de dinero (sobre todo) y tiempo (esperar el transporte público nos llevaba varios días). Si todo sale bien, al menos podremos conocerlas un par de días.
Está anocheciendo. Hace una hora que ha vuelto la luz (desde las 10 de la mañana) así que hay que aprovechar mientras dure. Areia se ha quedado con Allison y Valeria, en casa de Mairela. Ahora iremos a cenar con ellos. De momento, cuando hemos pasado a la vuelta, estaba tirando petardos con ellas (horror, nosotras que siempre huímos de las fallas y ahora me sale con esa vena!!!!)
Esta ciudad es una gozada. Apenas son un par de calles que discurren paralelas al río, pero (gracias también a un exitoso proyecto de cooperación) las casas están arregladas, pintadas de colores pastel y con pequeños jardines en la entrada. Todo en general está aseadísimo y limpio. La conciencia medioambiental es clara en este lugar y da gusto pasear. Incluso conviven tranquilos con sus caimanes domésticos que pululan bajo los pilotes de los hoteles. Son casi mascotas de la casa y la gente se conoce sus horarios.
Mañana saldremos tranquilamente por la mañana, con idea de volver a San Carlos y ver si el apaño de Manuel nos lleva por fin a las deseadas islas. Os iremos contando!!!

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