Siempre comento que el viaje de ida tiene mucha emoción. Normalmente porque acabamos sufriendo retrasos y, en consecuencia, corriendo por algún aeropuerto o perdiendo alguna conexión.
Esta vez todo fue sobre ruedas, los aviones salieron a tiempo e, incluso el hecho de volar con una compañía americana (qué locura el tema de la seguridad en American Airlines) nos permitió llegar a tiempo a todos lados.
Eso sí, la diversión no podía faltar.
En los últimos años no recuerdo haber facturado una sola maleta con la excepción del viaje a Madagascar, cuando aprovechamos los 40 kilos de equipaje para llevar material a la ONG. En esta ocasión y viendo la naturaleza del viaje, decidimos facturar una mochilita (una ridícula de 5 litros Quechua, la que uso a diario para ir a currar) con algunos objetos prohibidos en cabina: Una navaja multiusos, un bote de crema solar de 250 cc., unas agujas hipodérmicas, un cortauñas, el trípode de la cámara (no está prohibido, pero nunca se sabe con la definición de "contundente"), un pequeño set de costura (para una vez que me doy el lujo) y poco más...
Al llegar a Barajas nos fuimos a la cinta de equipajes. Desde Valencia no nos habían podido dar billetes hasta destino, así que en Madrid deberíamos facturar a Miami y a Managua. Por tanto, recogíamos equipaje en cinta.
Llegamos a las 8.55. A las 9.45, hartos de esperar y ver maletas dar vueltas, nos dirigimos a reclamar nuestra bolsa. No había salido aún de Valencia. Genial!!!
Si en principio pensábamos que las cinco horas en Madrid se nos iban a pasar algo despacio, la ineptitud de Iberia consiguió tenernos entretenidos hasta el último momento.
Después de desayunar, nos fuimos de nuevo a ver si habían sido capaces de traerla en otro vuelo. Nuestra última esperanza era el que llegaba a las 11. De otra forma no podíamos hacer la conexión. La chica de equipajes nos avisó que el avión estaba retrasado y no llegaría antes de las 11.45. Nuestras posibilidades de recuperarla disminuían drásticamente.
En el almacén revisamos los cientos de maletas que se agolpaban en el suelo. La nuestra no estaba entre ellas. El amable señor de atención al cliente se ofreció en enviarla a Managua pero nosotros íbamos a pasar la noche y salir corriendo de la capital sin destino previsible. Cómo nos iban a localizar? El hombre, incrédulo, nos preguntaba de nuevo que en qué sitio podía enviarlos el bulto pero le explicamos reiteradamente que ni nosotros mismos sabíamos dónde íbamos a estar los siguientes días.
Asimilando que nos tocaba reponer lo perdido, nos fuimos hacia la puerta de embarque. La paranoia americana sobre la seguridad nos llamó la atención en cada punto, pero aceptamos estoicamente los formulismos.
Por delante, 9 horas de viaje sin mucho entretenimiento (la aerolínea es bastante básica, si bien no tenemos quejas) más que una película poco recomendada para menores (Rango) y otra con dudas para adultos (Wall Street II). Nuestro paso por Miami fue rápido y aprovechado para tomar un refrigerio, sacar algunos dólares y estirar las piernas.
Hacia las 20, hora local, lidiábamos con un taxista nica para que nos llevara a reponer los dolores corporales, la lacra de llevar 24 horas despiertos sin parar, volando de una a otra parte del planeta.
A las 21 horas, en nuestra cómoda cama de Nicaragua Guest House, caíamos rendidos hasta la mañana siguiente.

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