Los "protas"

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De madre aventurera, hija trotamundos. Una aporta la experiencia, otra el sentido común. La suma de las dos: una serie de vivencias inolvidables y unos recuerdos indelebles.

martes, 16 de agosto de 2011

Ometepe. Entre volcanes

Cuanto más leíamos sobre Ometepe, menos claro lo teníamos. Una isla mágica compuesta por dos volcanes (Concepción y Maderas) unidos por un istmo donde están las playas de Santo Domingo. Mucha vida salvaje, increíbles excursiones, preciosas ascensiones y, eso sí, más infraestructura turística de lo que habíamos encontrado.

El hecho de llegar a San Jorge y que el primer ferry fuera directo a San José del Sur tal vez fue premonitorio. Era el enclave justo en medio de ambas poblaciones, Moyogalpa y Altagracia, las dos "capitales" en la isla más grande (Concepción) y vértice entre la otra parte, Mérida (en la parte del Maderas). Habíamos visto varios hospedajes, pero no nos convencía ninguno así que cuando en el barco apareció un chaval ofreciéndonos el "hostal Las Brisas" nos parecio estupendo. Cerramos un trato con él de 20 dólares la noche los 3 con desayuno incluido (un chollo para la isla) y a nuestra llegada nos sorprendió un lugar cómodo, limpio y con un matrimonio encantador al frente (Heidi y Silvio) que nos acogieron como a su propia familia.

Quisimos salir casi de inmediato para ver alguna cosa. Era sábado y éramos conscientes de que el domingo hay una escasez total de transporte público, con lo que debíamos movernos rápido si queríamos ver algo.

Acabamos tomando el bus hacia Altagracia, con parada en Quino, el cruce con la carretera que transcurre por el istmo y que lleva a la playita de Santo Domingo. Los dos kilómetros que lo separan del Ojo de Agua, decidimos hacer "raid" (dedo) y subimos a la caja de un pick up, que nos dejó en la entrada del lugar en apenas 5 minutos. Lo curioso de estos lugares es que tienen dueño y te cobran entrada por su uso. La verdad es que el Ojo de Agua es un sitio curioso. Una piscina natural de aguas sulfurosas de origen volcánico, limpio e impecable, ciertamente bien cuidado y, por supuesto, lleno de extranjeros y algunos locales. Al parecer es el lugar favorito para pasar los domingos y nos "perdimos" la jarana dominical, pero tuvimos ya un pequeño ejemplo con un grupo de chavales quinceañeros que vaciaban una botella de "Flor de Caña" mezclada con cola.

Estuvimos bañándonos y haciendo el "tarzán" descolgándonos de un trapecio que pendia sobre un árbol caía en una parte de la piscina (prometo poner fotos!!!). Areia hizo amistad con Elizabet (o Elisabeta, porque no llegué a aclararme) y estuvo buceando con ella toda la tarde. Tras tamaños esfuerzos nos deleitamos con algunos burritos, jugos de guayaba y unos tostones con queso. Sobre las 16 tuvimos que ponernos en marcha. Dependíamos de los últimos buses y no sabíamos si tendríamos la suerte de volver a hacer auto stop con algún voluntario.

Remontando por la carretera, llegó el bus. Le preguntamos si iba hacia Moyogalpa (la dirección que necesitábamos) y nos confirmó que iba "directo". Al llegar al cruce vimos que en realidad iba a Altagracia (al otro lado) pero, por supuesto, luego daría la vuelta. Nos lo tomamos con calma y humor, aprovechamos los 40 minutos de espera para visitar Altagracia (un pueblito bien simpático) y regresamos, saltándonos San José para ir directos a Moyogalpa. Todo el tour completo por menos de un euro la famila.

Estábamos barajando la idea de alquilar una moto para aprovechar el domingo. Ya nos habian confirmado que sólo dos autobuses cruzaban ese día la isla, con lo que nos veíamos abocados a quedarnos en nuestra zona. Una vez en Moyogalpa, discutimos unos buenos términos para alquilar una scooter y llegamos a un acuerdo para cogerla esa misma tarde y devolverla el lunes por la mañana.

Harinton, el dueño del negocio (Ometepe Expeditions) nos proveyó incluso de cascos a medida, prestándonos el integral de su hijo para la cabeza de Areia. Aprovechamos para cenar en Moyogalpa (en la "Esquina Caliente" donde Areia de nuevo hizo amistad y acabó jugando entre los fogones de la cocina). Sobre las 22 cubríamos los 15 kilómetros de vuelta a San José, adentrándonos en las calles del sábado noche y en la fiesta nica.

El domingo nos levantamos sin prisas y estuvimos conversando con Silvio y Heidi, quienes se habían quedado preocupados al ver nuestra tardanza del día anterior. Silvio nos contó cómo había hecho negocio en Costa Rica y había logrado colocarse en una buena posición en Nicaragua. Nos habló de las bondades del gobierno sandinista y de las paradojas de la "buena vida" tica.

Tuvimos conversaciones muy interesantes que intentaré relatar en capítulos aparte pero eso...llegará con algo de paciencia.

Aprovechando que estábamos motorizados, nos fuimos a la zona del istmo, donde vimos que la playa de Santo Domingo habia prácticamente desaparecido con la crecida de las aguas de la época de lluvias. Apenas unos metros de margen entre los muretes, con las sombrillas anegadas entre las olas. Estaba desierta aparte de algunos lugareños haciendo la colada en el lago o paseando a caballo por las orillas. Decidimos adentrarnos en un sendero (La peña Inculta) de un par de kilómetros que vimos marcado y del que teníamos lejanas referencias.

Cuando te ves rodeado de tales ceibas y esos inmensos cedros, te sientes realmente pequeño pero una de las cosas que más impresionan de la selva es la imposibilidad de sentir el silencio. Siempre hay algo acechando. Son rincones para estar alerta. Una hoja que cae se confunde con una mariposa, la liana te da la sensacion de ser una serpiente y ese pinchazo en el pie bien puede ser el bocado de una hormiga o una planta urticante.

Los sonidos pueden llegar a ser atronadores pero hay algo que hemos aprendido a distinguir y es la presencia de monos. El crujir de las ramas es la pista. Sólo hace falta mirar con calma para ver a los primates descendiendo tranquilos y pasando de árbol en árbol. En esta ocasión eran los evasivos capuchinos. Ambos nos quedamos mirándonos de hito en hito. Ellos nos medían. Nosotros los observábamos.

El sendero nos dio bellos momentos, preciosos insectos (son los más abundantes) aunque los no tan agradables mosquitos que se empeñaron en dejar "graffittis" en braille sobre mis brazos, piernas y espalda. Para un día que se me olvida el "off" se tomaron la venganza conmigo inundándome por completo (por suerte la toman contra mi, dejando en paz más o menos a la peque y a Miguel). Salí de allí pegando unos cuantos saltos.

Tomamos de nuevo la moto para ir a la zona del Charco Verde, una laguna interior de zona pantanosa que linda también con el lago. Posee también quizas una de las playas más bonitas de la isla. Areia se estuvo bañando con una familia local mientras nosotros recuperábamos fuerzas en el hotel de la zona (un lujazo, por cierto, el hotelito).

Otro sendero recorría la zona y, ni cortos ni perezosos, nos lanzamos de nuevo al descubrimiento. Esta vez los monos eran aulladores y los tuvimos a auténtico tiro de piedra. Incluso hizimos intentos de balancearnos en las lianas con instinto selvático. Areia consiguió un péndulo completo pero Miguel se quedó con la liana en la mano y el trasero en el suelo. Estamos convencidos de que Tarzán las tenia señaladas antes de lanzarse al vacío.

De camino a la punta Jesús María teníamos que pasar por el hotel y aprovechamos para paliar el descuido y tratar de minimizar las picaduras. La "punta" es la zona mas oriental de la isla, lo que la convierte en idónea para ver la puesta de sol. Eso sí, contando con que las nubes no tapen el astro.

Los locales se recogían de la borrachera del domingo y nos quedamos prácticamente solos. Aprovechamos para unas partidas de cartas mientras el sol bajaba.

Entrada ya la noche, acudimos a darnos un homenaje a Moyogalpa, donde cenamos en "Los Ranchitos", con una estupenda sopa de pescado (ummmmmmmmmmm), un cerdo con chimichurri y una curiosa y estupenda pizza. En el comedor nos acompañaba un grupo evangélico de locales y norteamericanos (que pagaban la cuenta) que acababan de salir de una animada misa.

Nos recogimos sobre las 21, cansados de un día movidito y con sus pequeñas aventurillas.

El lunes, sin prisa pero sin pausa, nos despedimos de nuestros anfitriones y yo tomé el bus con un par de mochilas hacia Moyogalpa. Miguel y Areia me adelantaron con la moto. Desayunamos con tranquilidad un plato con fruta y unos pancakes excepcionales junto al puerto. A las 11 estábamos embarcando rumbo a tierra firme. A lo lejos, el Concepción y el Maderas se despedían con sus eternas nubes como sombrero.




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