Los "protas"

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De madre aventurera, hija trotamundos. Una aporta la experiencia, otra el sentido común. La suma de las dos: una serie de vivencias inolvidables y unos recuerdos indelebles.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Río abajo. De San Carlos a San Juan

Tras el trasiego del día anterior, en el que hicimos interminables kilómetros en diversos medios (con sus correspondientes paradas incluidas), nos dimos horas para dormir sin límites. Aún así, el amanecer marca un hito en las dormidas y a las 5.30 de la mañana andamos siempre con los ojos como platos.

Salimos ya con la idea de buscar una lancha a El Castillo, aunque previamente nos merecíamos un fantástico desayuno. Paseamos por un San Carlos dominguero, tremendamente tranquilo, con algunos carteles de "Hay nacatamales" en las casas (una comida típica que se come sólo los domingos). Casi todo estaba cerrado, por lo que nos encaminamos a la zona del muelle, donde parecía haber un kiosquito abierto y con clientela.

San Carlos es un pueblito tranquilo, enclavado en un extremo del lago Managua y de donde parte el Río San Juan para luego desembocar en el Caribe. A pesar de ser un nudo tremendo, la conexión con este pueblo es compleja. Hay pocas vías de entrada o, cuanto menos, son algo complicadas:
- Por río, viniendo por el San Juan, desde San Juan del Norte (costa caribeña) o cualquier población de la ribera.
- Por carretera, tal como habíamos llegado nosotros. Unas 6 horas desde Managua (directo). Unas 7 desde el Rama (nuestra opción) y cerca de 3 desde el cruce de ambas carreteras (Acoyapa)
- Por avión (fácil y rápido, pero caro)
- Por Costa Rica. Pasando trámites y con varias horas de barca. Posiblemente nos planteemos esta vía de "escape" para nuestra salida, puesto que nos queda la aérea, que se nos va de presupuesto (y no queremos ir a Managua)

Nos habíamos quedado con la espinita de hacer el río completo, desde la misma desembocadura (donde había de llevarnos la "panga fantasma" que venía de Bluefields) pero habíamos decidido quedarnos en las inmediaciones, visitar El Castillo, hacer unas marchas y empaparnos del ambiente ribereño.

Tras el desayuno de lujo, nos dirigimos al muelle del río (hay otros dos, uno hacia las islas del lago y otro más para la frontera costaricense) y allí nos dijeron que la barca estaba a punto de salir, a las 10 am. Pasamos por el baño rápido y fuimos a embarcarnos, aunque el militar nos indicó que esa era la rápida que iba directa a San Juan del Norte (o Nicaragua, a 200 kms) y nosotros pensábamos quedarnos en El Castillo (a 50 kms). Pero, de pronto, se nos encendió la luz y pensamos que era LA oportunidad que habíamos perdido. Nos íbamos directos para allá. Queríamos verlo todo y sabiendo que al día siguiente había panga de regreso, era la ocasión perfecta para conocer todo el tramo sin quedarnos colgados más días.

Nos embarcamos en el "completo", con aviso además de que la barca "No para en absoluto, ya que lo tiene prohibido y va directita a San Juan". Obviamente, todo lo que te cuentan hay que tomarlo con pinzas, ya que luego va de pueblo en pueblo dejando y tomando gente, dando un descansito o parando para ir al baño.

Lo que sí es cierto es que era la rápida. Los dos motores tremendos que llevaba indicaban que cubría el trayecto en poco más de 5 horas. En apenas 40 minutos estábamos en Boca de Sábalos, la primera población importante y, 10 minutos más tarde, en El Castillo, donde también recogimos a algunos pasajeros más, entre ellos a Dani, un profesor de secundaria gallego y a una pareja de suizos. Aprovechamos también los 15 minutos de receso para tomar un batido y un café en el Border's Coffee, el local más "in" del pueblito.

Al poco de salir de allí, cuando habíamos pasado los rápidos (o raudales, como les llaman ellos) vimos que nos hacían señas desde el río. Un pequeño cayuco acababa de hundirse con 6 pasajeros dentro. 4 chicos y dos chicas nos miraban desesperados tratando de agarrarse como podían a los restos de madera y se negaban a soltar sus pertenencias para no perderlas. Por suerte, llegamos enseguida. Miguel, sin poder esconder su vocación, se fue corriendo a la proa con varios chalecos, pero el rescate fue rápido y los sacaron directamente del agua, sobre todo a las chicas, que blandían caras de pánico. Sus mochilas estaban empapadas, pero al menos estaban a salvo.

Un par de ellos se quedaron reflotando el cayuco, agarrados a nuestra barca y los acercamos a la orilla, donde dejaron los restos, con intención de tratar de salvar el motor. Las embarcaciones locales son débiles y con apenas un zarandeo se llenan de agua. Al parecer, otra motora que paso provocó una ola que provocó la inundación y el posterior hundimiento.

Por suerte, el resto de la travesía fue más plácida y sin sobresaltos, observando la belleza del río, las aves que pueblan sus orillas, la vegetación espesa y exuberante, la vida que va surgiendo y las casitas que salpican la frontera natural que también conforma entre Nicaragua y Costa Rica.

Mientras tanto, conversábamos también con Dani, el gallego, que nos ponía al día de sus andaduras e intercambiábamos información sobre nuestros viajes.

Eran las 15.30 cuando alcanzábamos esa "otra esquina", San Juan del Norte, la ciudad que en su día fue la capital y un puerto fundamental de travesías del Caribe al Pacífico.

Antes de la existencia del canal de Panamá, esta fue una de las vías preferidas para cruzar de uno a otro lado. Varios planes de diversos países trataron de consolidar una vía usando el río San Juan, el lago Managua y el tramo que lo separa del Pacífico haciéndolo por tierra, aunque los ingleses planificaron también en su día un canal. Los franceses aún subieron más porque pretendía salir por la zona norte del lago Managua y los españoles fueron más allá, planificando un canal navegable desde el lago Managua al Nicaragua y saliendo (con otro canal) por tierra hasta el océano.

Huelga decir que ninguno se llevó a cabo, pero sí se utilizó en la época de la fiebre del oro, tras la independencia del país (primera mitad del XIX) por los americanos que luego iban a California. Embarcaban en barcos de vapor en San Juan, subían hasta el Castillo (la zona de rápidos no permitía pasar a los barcos) y allí pasaban por una vía férrea al otro lado. Navegaban por el lago y acababan por cubrir el último tramo por tierra. Un periplo complicado pero mucho más fácil que dar la vuelta por Cabo de Hornos, claro está, menos costoso en tiempo y en dinero.

Esa etapa convirtió a San Juan en una ciudad importante, pero la ciudad cayó en declive a posteriori, al abandonarse la ruta y se convirtió en un compendio de restos y una estructura deslabazada, sin mucho orden ni atractivo. Todavía hoy existen dos ciudades, Greytown, la que crearan los ingleses y la sempiterna San Juan. Ambas están durmientes.

Nosotros queríamos sobre todo, llegar hasta allá, saber lo que era la travesía y, como no, conocer también a Edgar el Rasta, un personaje que Cynthia (la encargada de la fundación que protege las tortugas, a quién conocimos en Bluefields) nos había recomendado. De hecho, Edgar nos estaba esperando. Incluso había preparado la habitación (y eso que habíamos desechado inicialmente el plan, pero el subconsciente debió traicionarnos). Era tal cual Cynthia nos había descrito: bajito, regordito, exultante, divertido y un auténtico pozo de sabiduría y entusiasmo.

Colaborador de World Life Conservation Trust desde hace 9 años, Edgar había comenzado su andadura trabajando en barcos. Pasó a ser cocinero y, harto de esa vida, se presentó voluntario para cuidar tortugas en Costa Rica. Cuando dio con el proyecto de WLCT, no dudó en ofrecerse para el puesto. Ahora es el más entregado y dedicado a la conservación de nidos de tortuga. Madruga a horas intempestivas para ir a comprobar las puestas, contar los huevos, controlar a los furtivos y enseñar a los locales que la protección de las crías es el futuro para las tortugas.

En media hora aprendimos cosas que ni por asomo podíamos imaginar. Disfrutamos de su dedicación y locuacidad al hablar de sus proyectos. Nos reímos con sus ocurrencias y nos maravillamos ante la tenacidad que supone ir a contracorriente muchas veces con tu propia cultura.

Según nos dijo, él mismo comía huevos de tortuga cuando era pequeño y su labor consistía, sobre todo, en enseñar a su gente las consecuencias de estos hábitos. Desde campañas escolares hasta "incentivos" a las familias que cuidaban los nidos cercanos (arroz, papas, harina). Se indignaba cuando todavía algunos lugareños le "chuleaban" por haber "chupado" huevos y tenía que controlarse para no pegarles "un machetazo", de la rabia que le entraba.

Se hacía de noche ya, así que nos dimos una vuelta por la población para hacernos una idea de cómo era aquello. Apenas una "avenida" central y calles en paralelo que discurrían por unas pasarelas elevadas de cemento, elemento que, como vimos, era imprescindible para las temporadas de lluvia (que cae muy fuerte y encharca absolutamente todos los alrededores)

Edgar nos había recomendado comer "donde Lolito" así que allá fuimos (Dani se nos unió al poco rato, ya que también había escuchado el consejo de Edgar) y pudimos disfrutar de unos estupendos frescos (de carambola y naranja por un lado, de arroz y piña por otro) y unos platos de pollo y pescado espectaculares. Aprovechamos el diluvio que estaba cayendo (apenas podíamos escuchar la conversación pues el ruido de las gotas sobre la uralita era atronador) para demorarnos jugando unas partidas de cartas y aprendiendo algunos trucos de magia pero la hora de acostarse tras un largo día de travesía estaba cercana.

Esperamos a que acabara estrujarse la nube para salir, disfrutar del fresco que se había levantado y dirigirnos como pudimos a nuestra morada, sorteando charcos, lagunillas y animales sueltos que poblaban los recientes "criaderos".

Un día lleno, con un objetivo que, sin querer habíamos cumplido: el recorrido completo desde el lago Managua hasta el Caribe. Nos costó ... pero lo conseguimos!!!!!!!!!!!!!!

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