Anoche decidimos despedirnos de Granada como es debido. Nos dimos un festín en Nuestro Mundo, un restaurantito de la Plaza Colón donde nos dormíamos sobre la mesa esperando la cena (sobrevivimos gracias a la salsa estupendísima que estaban poniendo y al hambre que todavía repicaba en nuestros estómagos) pero la hora de incertidumbre valió muchísimo la pena. Habíamos pedido Indio Viejo y Vaca Flaca, un par de platos que desconocíamos pero que nos sorprendieron y encantaron. El primero, una reinvención nica de los gazpachos manchegos, con mezclas de tortillas (de harina), pollo desmenuzado, chiltoma, tomate, limón, leche y mantequilla. Exquisito!!!!!!!!!!!! La vaca flaca era carne mechada, acompañada de yuca frita con pico de gallo (salsita con tomate y condimentos) y ajo picado. Riquíiiiiiisimo!!!!!!!!!!
Vamos, que nos dimos todo un homenaje y salimos con Granada ya durmiendo, una paz atronadora y hasta la lluvia había decidido darse un descanso. Tan sólo algunos noctámbulos ludópatas habitaban las casas de juegos de máquinas merodeando junto los perros por las esquinas.
Hoy amaneció un sol espléndido. A las 7 estábamos de nuevo en nuestra "salita de la abuela" desayunando nuestro gallo pinto con huevo. La conversación con Doña Nilda ha sido estupenda. Mientras ella se bebía el agua de un coco y rascaba la carne, nos contaba cómo el método anticonceptivo que le había funcionado (llamémosle milagro) era ponerse algodón y dejárselo 24 horas. Dice que era pura intuición femenina (la mujer aprendió a leer copiando canciones, sobre todo boleros pero el pequeño resumen de vida que nos ha hecho ha sido interesantísimo). Yo más bien creo que tuvo una suerte tremenda.
Hemos tomado el bus a Masaya que, a pesar de estar a unos 30 kilómetros de distancia, nos ha llevado cerca de una hora (aquí paran cada 100 metros a recoger pasajeros). La llegada a Masaya ya nos ha enamorado. La ciudad, núcleo central de transporte de la meseta nicaragüense, está a mitad de camino entre la capital y Granada. La gente no viene aquí por la belleza de su arquitectura, sino a visitar el mercado de artesanías, donde se abastecen antes de volver a casa. Otra razón para venir por esta zona es visitar el volcán Masaya. En realidad, el que está activo es el Ndiri, que queda junto a este, pero se conoce el parque natural por el nombre de la població que lo alberga.
El pueblo rezuma actividad. El mercado municipal es inmenso, adyacente a la estación de buses (una inmensa explanada con chiringuitos improvisados, vendedores y tipos gritando mil direcciones) y con una cantidad de artículos en venta que te dejan bizco. Hemos atravesado la zona para cruzar un pequeño arroyo en dirección al centro o, cuanto menos, al parque central, donde queríamos ubicarnos. Nos hemos encontrado con el hostal Santa María, donde hemos negociado también una habitación para los tres estupendísima por 20 dólares la noche. Aquí nos quedaremos los 3 días que nos quedan. Nos encanta el sitio y está justo a tiro de piedra de otros lugares que queremos visitar.
Eran las 10.30 cuando hemos dejado los trastos para tomar una "buseta" (furgoneta colectiva) en dirección a Managua para que nos "escupiera" en el camino, apenas a 5 kilómetros a las afueras de la población . En la entrada nos han explicado con detalle qué hacer y cómo visitarlo. Hemos caminado los 1500 metros hasta el centro de visitantes y allí nos han recibido estupendamente, dándonos una increible explicación sobre la situación de ambos volcanes (Masaya y Ndiri) sobre una maqueta, donde se veía con pelos y señales la actividad y la geografía del lugar.
Debo decir que el centro de visitantes es ALUCINANTE. Es el lugar más preparado, detallado, instructivo y además, educativo, que hemos visto hasta día de hoy. Explicaba minuciosamente desde la separación de las placas tectónicas, las clases de volcanes, los movimientos sísmicos, la fauna del lugar y todo aquello que podíamos encontrarnos. Areia estaba sobrecogida con tanta información pero creo que ha logrado absorber algunos datos sobre la corteza terrestre, Laurasia y Gondwana, y la formación de las cadenas montañosas...
Finalmente hemos optado por tomar el vehículo que nos subía a la cumbre. Eran 4 kilómetros de subida y el sol estaba siendo implacable. Lo veíamos más factible de bajada, así que hemos invertido los 2 dólares y le hemos pedido al ranger que nos dejara subir en la caja del pick up, que se va mucho más fresco.
Llegados al borde del cráter del Ndiri nos ha sobrecogido la dimensión del lugar. Desde la "boca del infierno", como le bautizaron los españoles al conocerlo, surgía una columna de vapores sulfurosos que de cuando en cuando nos dejaban sin respiración pero, por suerte, el viento estaba hoy de nuestra parte y soplaba en dirección contraria. Desde la plaza de Oviedo, donde los coches aparcan (son curiosas las señales que dicen que se aparque con dirección de salida, para que, en caso de emergencia, estén los vehículos encarados para salir corriendo) y desde donde surge la escalera de 177 peldaños que sube a la cruz de Bobadilla, el monje que descolocó a los indígenas, para quien el volcán era su dios del fuego y a quién alimentaban con doncellas cada año. El señor cura españolito les convenció que aquello era el infierno y allí habitaba el diablo. Estoy convencida de que muchas muchachas en edad de merecer se lo agradecieron.
La última erupción del Masaya fue en 1772. Desde entonces ha permanecido activo pero tranquilo. El río de lava que se ve en la subida pertenece a ese 16 de marzo y sólo en el 2001 volvió a dar ciertas señales de actividad pero todo quedó en un susto, muchas piedras arrojadas al aire y temblores que se notaron hasta en Granada. No hemos podido contemplar el magma del cráter porque en las últimas 3 semanas han habido desprendimientos que han ido tapando la boca de la chimenea. Por ello, posiblemente, en unas semanas más el volcán haga alguna de las suyas y se libere de esa "tapadera" de alguna forma algo brusca.
La vista desde el borde del cráter es increible. No sólo en inmenso agujero que se ve, sino que abarca los lagos Cocibolca (Nicaragua), Managua, la Laguna de Masaya y, como no, los volcanes vecinos, como el Mombacho. Este país tiene 25 volcanes en la cadena del Pacífico, de los cuales 4 están más que activos. Es un auténtico polvorín por estallar.
Nos hemos extasiado con la visión de todo este paisaje, hemos contemplado los chokoyos, unos pajarillos (una especie de loros) que habitan en las paredes del volcán, adaptados a los vapores y que usan en su favor para quitarse a los depredadores de encima. Los animales nunca dejarán de sorprenderme...
La bajada la hemos realizado caminando, cuando ya el sol había dejado de quemar y las nubes amenazaban por el horizonte. El viento estaba fresco y el descenso era muy agradable. A un par de kilómetros de la salida, los rangers han pasado con el pick up y nos han dado un "raid", con lo que nos hemos evitado el último kilómetro de subida. La gente en este parque (como en el país en general) es abrumadoramente amable, encantadora y siempre dispuesta a ayudar.
Hemos podido tomar de inmediato otra buseta que pasaba por la carretera en dirección a Masaya. Nos ha dejado cerca del parque central (o 17 de octubre), donde nos hemos sentado a tomar un pollo frito. Hemos querido acercarnos al mercado de artesanías para hacernos una idea de precios y artículos y ver qué merece la pena.
En el parque, todo el mundo andaba pegando gritos, sufriendo delante de pantallas de televisión y haciendo aspavientos. Cuando nos hemos fijado, nos hemos dado cuenta de que estaban viendo un Madrid-Barcelona y sufriendo los resultados. No habíamos descubierto esta pasión aquí, pues el deporte nacional que levanta pasiones es el baseball, pero ya nos hemos dado cuenta del tirón que tienen los equipos españoles (y aquí la mayoría son del azulgrana)
Después, nos hemos dado el lujazo de tomarnos los mejores jugos del país sobre unas sillas fabricadas con troncos de árbol a ¡2 metros de altura! Un pequeño rincón tremendamente original en una esquina del parque, con unos jugos de piña, gengibre y hierbabuena (uffff), y otro de leche, coco y gengibre (ufff, ufff). Mañana pensamos ir a desayunar allí. Todo un descubrimiento.
Miguel y Areia están ahora en el hotel, descansando y leyendo un rato. Si ataca el hambre, iremos a pegar un bocado, pero el día ha sido intenso y estamos más cansados que otra cosa. Tenemos un par de días más para poder disfrutar de esta ciudad y de su estupendísima gente.
¡Feliz miércoles!

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