Los "protas"

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De madre aventurera, hija trotamundos. Una aporta la experiencia, otra el sentido común. La suma de las dos: una serie de vivencias inolvidables y unos recuerdos indelebles.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Río arriba. Asalto a El Castillo

La panga de regreso hacia San Carlos salía a las 8. Era la misma que nos había traído, así que ya nos conocíamos las caras y estaban sobre aviso que, seguramente, nos veríamos de nuevo. Optamos por no demorarnos más en San Juan, ya que las opciones eran mayores desde El Castillo y parecía que nos veíamos de nuevo estancados en el lugar (en un principio hasta el jueves) si optábamos por permanecer. Estaba claro: río arriba!

Nos despedimos con pena de Edgar, a quien agradecimos su fantástica compañía y todas las enseñanzas, le felicitamos por su ingente labor y su peculiar devoción, que era, obviamente, contagiosa. Miguel fue a capturar al vuelto algunos pastelillos y subimos en la barca, con calma y disfrutando del paisaje a la inversa y a contracorriente.

En unas cuatro horas habíamos alcanzado El Castillo. Allí nos despedimos de Dani, que proseguía un rato más e improvisaba también su día a día (había intentado cruzar por Barra del Colorado a Costa Rica, pero le garantizaban sello de salida, pero no de entrada, así que decidió abortar la idea). Llovía a mares cuando bajábamos, por lo que hicimos un pequeño alto en el Cofalito a tomar un café, momento que Areia aprovechó para hacer amistades con Melanie, con quien se puso a jugar, a balancearse en las hamacas y finalmente, a ver una película. Mientras tanto, nosotros valorábamos opciones.

Optamos por alojarnos en el Albergue el Castillo, que estaba a apenas 50 metros, justo sobre la plaza principal y con una fantástica vista sobre el río. El lugar es espectacular, un inmenso "chalet" de madera de un par de pisos, con habitaciones en la parte de arriba, una inmensa balconada plagada de hamacas y mecedoras. Nos prepararon una triple (con ventilador y mosquiteras) y, aprovechando que había cesado la lluvia, decidimos salir a dar una vuelta.

Nos encaminamos al mariposario, en lo alto del cerro, junto a la "loma Nelson", pero todavía estaba cerrado, así que pensamos en visitar el castillo (que le da nombre a la ciudad), una fotaleza construida por los españoles entre 1673 y 1675 para protegerse de los ataques piratas.

Curiosamente, fue un jovencísimo Horatio Nelson quien la tomó años más tarde, asaltándola por tierra desde una zona más alta. Al parecer, los españoles tampoco opusieron gran resistencia (y eso que las fuerzas inglesas venían mermadas por falta de alimentos y agua) puesto que, como luego se comprobó, la zona estaba infestada de mosquitos de malaria y el ejército inglés acabó cayendo en unos meses por causas más "naturales", circunstancia que, como es de esperar, aprovecharon los hispanos que acechaban para reconquistarla.

Desde entonces el edificio ha sido centro de luchas, controversias y episodios llenos de historia. También fue escenario de un encarnizado enfrentamiento entre sandinistas y contra. En 1993 se decidió su restauración, gracias a un proyecto de AECI (cooperación española) del V Centenario y desde hace un par de años tiene un flamante centro de visitantes.

Ogla, la guía del lugar, nos hizo de perfecta anfitriona. De fluctuante verborrea y personalidad chisposa, nos contaba con detalle todo lo referente a la prehistoria del lugar, los ataques diversos y la historia de todo el río. Areia, algo perdida y aburrida, deambulaba por las salas haciendo resonar las chimeneas de hierro de los antiguos vapores.

Se despertó al ver la biblioteca donde los estudiantes de la cercana escuela hacían sus "tareas". Miguel le sopló a Ogla que yo era filóloga y al final me tocó hacerle los deberes a una chavala de secundaria. Visto el filón, Ogla aprovechó para preguntarme unas dudas y darme sus listas de frases en varios tiempos verbales para corregirlas.

Pasamos un rato largo en su compañía pero nos divertimos mucho viéndola parlotear y riéndonos con su plática. Ya se nos había hecho la hora de ir al mariposario (casi era ya la de cerrar) y allí estuvimos viendo como crían los huevos, los separan, los supervisan en el periodo de pupa (de 8 a 22 días) y luego las van soltando en un jardín cerrado que tienen para poder observarlas de cerca. Nos alucinó la "caligo", un ejemplar de gran tamaño que cuando vuela tiene un intenso color azul pero al cerrar las alas apenas parece una parte de un tronco de árbol.

El calor en el recinto era casi insoportable (lo peor de aquí es la humedad y la pérdida constante de agua) así que hicimos nuestra salida con intención de buscar un sitio donde cenar. De vuelta en el Albergue me encontré con un grupo de vascos y comenzamos a hablar. Al parecer, ellos habían reservado un tour para el día siguiente, el mismo que nosotros estábamos esperando. Por la mañana habíamos contactado con Mildred y le habíamos avisado de que si había más gente, estábamos interesados en ir a Río Bartola. Nosotros solos no podíamos afrontar el pago.

Al hablar con Marga, me confirmó que ellos habían ya cerrado trato en el Intur. De hecho, les comentaron que contaban con nosotros. Cogí la mochila y bajé corriendo a cerrar el trato y pagar los honorarios. Al final salía por un precio asequible (Areia no pagaba) y a las 7 podíamos salir todos en un recorrido de unas 5 horas por la selva tropical.

Una ducha más tarde, estábamos listos para la retirada. De pronto la luz se fue y no tenía visos de volver el breve. Preguntamos dónde se podía comer y nos dijeron que tal vez "donde Vanessa" tuvieran equipo. Sólo vimos dos casas con generador, el Nena Lodge y la pulpería del "cacique" del pueblo. Acabamos por improvisar y topamos con la casa de Mayela, el comedor Allyson. Pasamos al piso de arriba, una terraza junto al río. Nos trajo un par de velitas y le dio al ambiente más magia aún si cabe. La luna en estas latitudes, más aún con la falta de luz eléctrica, proyecta tu sombra de forma sólida.

Nos deleitó con unos platos de pescado mágníficos pero sobre todo su compañía fue espectacular. Estuvimos un buen rato de charla, ocasión que Areia aprovechó para jugar con Allyson (la hija de Mayela, de 7) y Valeria (su nieta de 5 años) Las oíamos gritar como posesas, correr y esconderse. Jugaban a policías y ladrones por todas las casas de alrededor, en plena oscuridad y dándose sustos. Eran cerca de las 21 cuando arrastrábamos a la peque fuera del local, con mucho sudor y pocas ganas. Habíamos pasado una velada estupenda en compañía de esta familia. Les prometimos volver al día siguiente (con muchísimo placer) para que también las enanillas pudieran jugar un rato.

En esta parte de Nicaragua hemos encontrado una gente maravillosa. El río tiene algo que no sabríamos explicar, pero la magia es tremenda. Todos son conscientes de su valor y lo cuidan como algo propio. No ves basuras, la gente es consciente de que el medio ambiente es su futuro y miman cada rincón sabiendo que todo es una fuente de ingresos. Pero, más que nada, su humanidad y generosidad nos tienen boquiabiertos. Siempre dispuestos a echar una mano, a ayudar en lo que ellos puedan alcanzar.

Esta gente es, sin duda, digna de ser admirada.


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