Los "protas"

Mi foto
De madre aventurera, hija trotamundos. Una aporta la experiencia, otra el sentido común. La suma de las dos: una serie de vivencias inolvidables y unos recuerdos indelebles.

viernes, 17 de enero de 2014

Valencia - Shanghai


Siempre hay alguien que da la nota en el viaje. Puede que incluso ni se de cuenta o no tenga idea de que para otros mortales, está causando un ridículo estrepitoso o quedando cual palurdo en una pasarela. O, tal vez, mi ojo está habituado a captar sobre todo aquellos seres que parecen salidos de un capítulo surrealista de telecomedia.

Desde el mismo aeropuerto de Manises uno podía sentirse ya casi como en Shanghai. La cola del mostrador de Swiss era mayormente de pelo liso, estatura más bien baja, ojos rasgados y grandes maletas. Obviamente, chinos visitando a la familia para el nuevo año o tomándose unas merecidas vacaciones post navideñas.

Aunque apenas tenía una hora de conexión entre vuelos y, no habituada a facturar maleta, mi preocupación era tener mis bultos en hora pero, visto que la mitad del avión se dirigía al mismo destino, la azafata y yo concluimos que no había motivo alguno de preocupación. Además, estaba volando con los suizos – los reyes de la puntualidad.

Tenían que ser recién casados. Las alianzas deslumbraban sólo con verlas. Jóvenes, en torno a 30 años, ella mona y con la melena planchada, él repeinado y con fijador hasta en las pestañas. Nivel de inglés y esfuerzo: Cero. Cultura viajera: Nula. Tal vez alguna experiencia con Ryanair, dado que le espetaron al azafato algo así como “¿Me puedes vender una botella de agua?”, a lo que el amable aeromozo respondió con una sonrisa y dos vasos de plástico repletos casi hasta rebosar.

Pardillos. Sin ganas de esforzarse por siquiera soltar algún palabro foráneo y además, mirar a la tripulación con cara de asombro porque no dominaban el idioma de Cervantes.

Aparte de las tribulaciones de un par de mocosos y los rostros de todos los chinos que poblaban la cola del avión, el vuelo transcurrió sin sobresaltos y con la fluidez deseada. El aeropuerto de Zurich es un entramado estudiado de pasillos dispuestos para complacer los sentidos y saciar el ansia chocolatera de cualquier transeúnte. Para los que prefieren controlar el tiempo además de la dieta, también existen innumerables opciones para la muñeca.

La puerta de embarque, en cambio, era un amasijo caótico de pasajeros queriendo avanzar en la comprobación de su pasaporte. Le expliqué amablemente al empleado de Swiss que mi estancia en Shanghai era menor de 48 horas, por tanto no precisaba de visado. Una vez revisados y comprobados minuciosamente mis papeles y reservas, me devolvió una amplia sonrisa. Apenas hubo tiempo a mucho más, puesto que el tránsito era breve y ya se nos venía encima la hora de embarcar.

1500 kilómetros en el primer tramo. 9.500 en el segundo. Casi 12 horas por delante dan para mucho. Menos para dormir. Un feo vicio que no logro quitarme, más allá de un par de cabezadas que me permiten desconectar. SI de algo me sirven los vuelos intercontinentales es para ponerme al día en la filmografía internacional. Magia, comedia, drama y programas clásicos de televisión me hicieron compañía, junto con esa comida de avión que siempre tiene el regusto de tomate de lata, aunque debo decir que, considerando las circunstancias, la lasaña vegetal estaba bastante decente. Y hasta nos dieron helado de stracciatella a las 4 de la mañana!

Shanghai lucía un sol espléndido a nuestra llegada. Y no sólo el cielo estaba despejado, sino el pase por inmigración se hizo mucho más liviano de lo que había vislumbrado. Yo, cargada con mis papeles por duplicado, las decenas de fotos, los justificantes y las cartas de invitación … Y el amable señor de inmigración tuvo bastante con mi ticket electrónico que le chivaba que al día siguiente me subía a un avión hacia Corea. Viva la simplificación. Los carteles de “guarden silencio” y “apaguen los móviles” pueblan la zona completa. Curiosamente, es una de las pocas cosas que se respetan a rajatabla. El silencio es sepulcral.

Siempre es una alegría cuando la puerta de llegadas se abre y ves un cartelito con tu nombre escrito en él. A mi siempre me da ganas de abrazar al tipo y plantarle un par de besos en la mejilla. El hombre debió verme la intención pero, antes de abalanzarme, ya me había contestado con una enorme sonrisa y un giro brusco de 180 cara al parking del aeropuerto.


Welcome to Shanghai. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nos encanta que nos contéis cosas, así que no seáis tímidos...

¿Qué toca hoy?

¿Qué toca hoy?
Lo que nos depare el día (por cierto, ¡son de verdad!)