Siempre hay alguien que da la nota en el viaje. Puede que
incluso ni se de cuenta o no tenga idea de que para otros mortales, está
causando un ridículo estrepitoso o quedando cual palurdo en una pasarela. O,
tal vez, mi ojo está habituado a captar sobre todo aquellos seres que parecen
salidos de un capítulo surrealista de telecomedia.
Desde el mismo aeropuerto de Manises uno podía sentirse ya
casi como en Shanghai. La cola del mostrador de Swiss era mayormente de pelo
liso, estatura más bien baja, ojos rasgados y grandes maletas. Obviamente,
chinos visitando a la familia para el nuevo año o tomándose unas merecidas
vacaciones post navideñas.
Aunque apenas tenía una hora de conexión entre vuelos y, no
habituada a facturar maleta, mi preocupación era tener mis bultos en hora pero,
visto que la mitad del avión se dirigía al mismo destino, la azafata y yo
concluimos que no había motivo alguno de preocupación. Además, estaba volando
con los suizos – los reyes de la puntualidad.
Tenían que ser recién casados. Las alianzas deslumbraban
sólo con verlas. Jóvenes, en torno a 30 años, ella mona y con la melena
planchada, él repeinado y con fijador hasta en las pestañas. Nivel de inglés y
esfuerzo: Cero. Cultura viajera: Nula. Tal vez alguna experiencia con Ryanair,
dado que le espetaron al azafato algo así como “¿Me puedes vender una botella
de agua?”, a lo que el amable aeromozo respondió con una sonrisa y dos vasos de
plástico repletos casi hasta rebosar.
Pardillos. Sin ganas de esforzarse por siquiera soltar algún
palabro foráneo y además, mirar a la tripulación con cara de asombro porque no
dominaban el idioma de Cervantes.
Aparte de las tribulaciones de un par de mocosos y los
rostros de todos los chinos que poblaban la cola del avión, el vuelo
transcurrió sin sobresaltos y con la fluidez deseada. El aeropuerto de Zurich
es un entramado estudiado de pasillos dispuestos para complacer los sentidos y
saciar el ansia chocolatera de cualquier transeúnte. Para los que prefieren
controlar el tiempo además de la dieta, también existen innumerables opciones
para la muñeca.
La puerta de embarque, en cambio, era un amasijo caótico de
pasajeros queriendo avanzar en la comprobación de su pasaporte. Le expliqué
amablemente al empleado de Swiss que mi estancia en Shanghai era menor de 48
horas, por tanto no precisaba de visado. Una vez revisados y comprobados
minuciosamente mis papeles y reservas, me devolvió una amplia sonrisa. Apenas
hubo tiempo a mucho más, puesto que el tránsito era breve y ya se nos venía
encima la hora de embarcar.
1500 kilómetros en el primer tramo. 9.500 en el segundo.
Casi 12 horas por delante dan para mucho. Menos para dormir. Un feo vicio que
no logro quitarme, más allá de un par de cabezadas que me permiten desconectar.
SI de algo me sirven los vuelos intercontinentales es para ponerme al día en la
filmografía internacional. Magia, comedia, drama y programas clásicos de
televisión me hicieron compañía, junto con esa comida de avión que siempre
tiene el regusto de tomate de lata, aunque debo decir que, considerando las
circunstancias, la lasaña vegetal estaba bastante decente. Y hasta nos dieron
helado de stracciatella a las 4 de la mañana!
Shanghai lucía un sol espléndido a nuestra llegada. Y no
sólo el cielo estaba despejado, sino el pase por inmigración se hizo mucho más
liviano de lo que había vislumbrado. Yo, cargada con mis papeles por duplicado,
las decenas de fotos, los justificantes y las cartas de invitación … Y el
amable señor de inmigración tuvo bastante con mi ticket electrónico que le chivaba
que al día siguiente me subía a un avión hacia Corea. Viva la simplificación.
Los carteles de “guarden silencio” y “apaguen los móviles” pueblan la zona
completa. Curiosamente, es una de las pocas cosas que se respetan a rajatabla.
El silencio es sepulcral.
Siempre es una alegría cuando la puerta de llegadas se abre
y ves un cartelito con tu nombre escrito en él. A mi siempre me da ganas de
abrazar al tipo y plantarle un par de besos en la mejilla. El hombre debió
verme la intención pero, antes de abalanzarme, ya me había contestado con una
enorme sonrisa y un giro brusco de 180 cara al parking del aeropuerto.
Welcome to Shanghai.

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