Nicole me había arreglado un taxi para ir de un lado a otro, así que lo tuve fácil. Llegué incluso pronto a mi reunión, eso sí, con el consiguiente colocón que experimento cuando subo a uno de estos carros en la city. No sé si es la forma de conducir un tanto brusca, o si es ver los otros coches pasar a 10 centímetros del tuyo, o si tal vez me quedo embobada mirando hacia arriba, o perdiéndome en el horizonte, pero bajo siempre que me cuesta poner los pies en el suelo.
Si hay algo que me embelesa de Shanghai son sus tendederos. Los grandes edificios, acristalados, están provistos casi siempre de cortinas multicolor, que aportan alegría al mamotreto, pero los que tienen pequeños balcones, los tienen a modo de "conservatory" británico, totalmente acristalados, y allí se agolpan las ropas, en orden y con perchas, esperando el calorcito. Pero los que no tienen la suerte de tener algo tan sofisticado, se conforman con una estructura rectangular de hierros en las ventanas, sobre las que se apoyan unos largos palos (de madera o hierro) en los que se coloca la ropa, siempre metiendo mangas, camales o lo que toque, por dentro de la vara, de forma que aparecen miles de espontáneos espantapájaros a decenas de metros de altura.
Ahora que lo pienso... ¿Cómo no voy a marearme en los taxis si me quedo empanada con estas cosas?
| Pudong, terminal 1 |
Mi reunión fue breve, directa y efectiva. Mi taxista esperaba de nuevo para llevarme a nuestra oficina y, una vez allí, me fui con mis compañeras a pegar un bocado. No había tiempo para mucho más. A las 15 horas tenía de nuevo a mi conductor, dispuesto a llevarme a Pudong. Esta vez, aparte de marearme, hasta conseguí dar alguna que otra cabezada.
El aeropuerto internacional de Shanghai es un espectáculo. Tiene una terminal idéntica a la T4 de Madrid (ejem, ejem), pero la 1, que es la internacional, es bastante llamativa. Todo está ordenado y lleno de comodidad. Estos chinos saben lo que se hacen...
| Eso de ahí atrás es un calco de la T4 :-) |
Mi cabeza empezaba a pesarme demasiado y la espera, aunque no era demasiado larga, se me estaba haciendo.
La verdad es que la puntualidad y el servicio fueron increíbles. Apenas dos horas de vuelo, pero todo disponible, hasta comida, vídeos personales, mantita y lo que pidieras. Cuando comparas con Ryanair y sus primas, suelen salir ganando.
Seúl va una hora por delante en zona horaria, así que aterrizaba casi a las 22 horas. Aparte de cruzar Incheon de un lado a otro, había que pasar por diversos controles. El primero de ellos, el de sanidad, donde tenías que aguantarte la tos, el sudor, los tiritones y los vómitos durante unos 15 segundos mientras pasabas por delante del funcionario de guardia. No contentos con eso, había que rellenar un papel pero, por si acaso estabas despistado, tenías bolis a mano y, por si te fallaba la vista, hasta un pequeño "stand" con gafas de leer por si necesitas algún tipo de ayuda. ¡Qué no se diga que se te ha pasado o que no has visto la letra pequeña!
Inmigración fue rápida, aunque también te hacen poner los índices, te toman foto y casi hasta te hacen sacar la lengua (o eso era en el anterior?). Y, por último, la aduana, por si se te ha ocurrido llevar más de 10.000 dólares en cash, has traído la reserva de tu bodega o unas cuantas decenas de cartones para sobrellevar el mono.
Tras pasar por el obligatorio cajero, me fui a buscar la parada de la "limusina", que suena muy glamuroso pero no es más que un bus urbano que va directo del aeropuerto. Hay decenas de ellas, dependiendo de dónde quieras ir. Yo tenía mi chuleta, así que me fui a por la 6002, esperé hasta las 22 horas y muy amablemente, el conductor tomo nota de mi parada, cuidándose mucho de avisarme una vez la hubimos alcanzado en el centro de la ciudad.
50 minutos. Breve, directo y cómodo. 10.000 wons (unos 8 euros).
Esa fue la parte fácil. Desde Jongno 3 ga no tenía más instrucciones, por lo que asumí que era fácil y obvio. Pero no... no... ¡no fue así! Iba con mi papelito en ristre, preguntando a todo hijo de vecino. La mayoría no hablaban una palabra de inglés, pero me hacían gestos indicando un "más allá", pero sin explicarme su ubicación exacta. En Seúl no vale la pena tener un mapa, pero sí el nombre del lugar a donde vas. Todo hijo de vecino saca su smartphone, mete la dirección y lo busca en su "googlemaps". El puntito rojo te indica dónde estás. El azul a dónde te diriges. Aún así, el hotel Doulos parecía que se lo había tragado la tierra.
Arrastrando la maleta y el trolley, muerta de frío y sin saber para dónde tirar, acabé entrando en un hotel muy coqueto. Le pregunté al mozo de recepción quien, muy amable él, me acompañó a la calle, me indicó un callejón y unas luces de neón y, allá que apareció el cartelito del "Hotel Doulos".
Rozaba la medianoche, con algunos grados bajo cero, pero hasta la vista a los callejones y moteles desde mi habitación se me antojó de una belleza inigualable. Había llegado a casa. Podía descansar.

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