Los "protas"

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De madre aventurera, hija trotamundos. Una aporta la experiencia, otra el sentido común. La suma de las dos: una serie de vivencias inolvidables y unos recuerdos indelebles.

lunes, 20 de enero de 2014

Pies fríos, corazón caliente.

Cuando ves el sol lucir en un cielo estrepitosamente azul, te entra una alegría contagiosa. Pero luego te das cuenta de que eso significa que no hay nubes que mantengan el calor y, por tanto, que posiblemente haga un frío que te corte el rostro.

En efecto.

Cuando salí tranquilamente, después de haber desayunado y organizado mi habitación, sentí que la temperatura de la noche anterior era casi primaveral en comparación. La calle estaba muy despejada, los comercios apenas empezaban a despertar y Seúl mostraba su cara más sosegada. Había planeado un paseo por algunos de los lugares más emblemáticos de la ciudad, dejándome llevar por las ganas, la intuición y, como no, la temperatura de mi cuerpo serrano.

El palacio de nombre impronunciable
Pasé por la puerta del Unhyenonggung palace, pero dado que hay más de media docena de ellos, decidí saltármelo e ir a por uno de los gordos, el Changdeokgung. No había colas, ni apenas gente en la entrada, pero vi que estaba clasificado como "UNESCO World Heritage", lo cual ya dice mucho al respecto. La entrada incluía el palacio y el "Jardín Secreto" (la primera 3000, la segunda 5000, por lo que intuí que era aún más interesante) y la visita guiada en inglés empezaba en 20 minutos. Justo el tiempo para alcanzar el principio de la caminata.

Sobrevolé algunos edificios de camino al punto de encuentro, deteniéndome lo justo para contemplar y hacer algunas fotos. El complejo es espectacular. Se construyó en el siglo XV pero la guerra con el Japón lo destruyó por completo y se volvió a erigir dos siglos después. Quedo dañado también con la ocupación japonesa a principios del XX pero, a partir de los años 90, que fue declarado Patrimonio de la Humanidad, los esfuerzos por restaurarlo y mantenerlo han sido titánicos. Y está impecable...


A las 11.25 estaba ya con un pequeño grupo de personas esperando a nuestra guía. Puntual como un reloj, apareció con su micro, su sombrero y su entusiasmo para ponernos a todos tiesos.

Si alguna vez os habéis preguntado por qué los tours asiáticos van así de ordenados, debéis experimentar un guía coreano. ¡Son auténticos mandos militares!  Y cualquiera les sigue la contraria... OKYung, que así se llamaba nuestra "ama", nos advirtió seria y serena, que la "caminata" iba a durar 90 minutos exactos bajo una temperatura de unos -7º Celsius, que nos abrigáramos bien o, de lo contrario, nos volviéramos a la cafetería para no pillar algo. Nos indicó dónde estaba el restaurante, el refugio más próximo y por si acaso, la salida de emergencia para los que no llevaran calzoncillos largos.

Mientras esperábamos el pito de salida, me puse a hablar con las dos occidentales que había esperando: Susan, una norteamericana de New Orleans cercana a los 60, y Kalina, una búlgara treintañera con ganas de compañía y conversación. 

El paseo duró exactamente los 90 minutos establecidos. Recorrimos exactamente los kilómetros que nos indicó. Cuando OKYung decía "os doy 3 minutos libres" eran TRES minutos, ni más, ni menos. Y, para los que no querían subir la cuesta y volver a bajarla, tenían 7 minutos para reposar. ¡AAHH!! Y que nadie sobrepasara la línea de guerra. Todos detrás de OKYung. Bajo pena capital...

Lo cierto es que las historias de OKYung me hicieron reír pero, sobre todo, entender la filosofía del rey que mandó erigir todo aquello (me perdonáis que no recuerde el nombre), que parece que fue un mandatario espectacular, con dos dedos de frente, decidido a eliminar la corrupción (por ello se ganó muchos enemigos) y amante de la meditación, el tiro al arco (cuestión práctica), la pesca, la poesía y los paseos matutinos. 

Todo el complejo es sencillo y sin pretensiones. Son decenas de pabellones, cada uno con una finalidad, simples y sin recargos, cómodos y prácticos. Unos servían de bibliotecas, otros para airear libros, algunos para meditar, otros para ver la luna salir (y otro, por supuesto, para ver poner el sol). El jardín está repleto de laguitos, manantiales (que en estos momentos habrían servido estupendamente de pista de patinaje sobre hielo) y la armonía con la naturaleza era el fin de la construcción. Les encantaba jugar a componer poesía e, incluso en el lago principal, que tiene una pequeña islita en medio, si el funcionario de turno no estaba inspirado para la ocasión, le exiliaban al islote por un buen ratito. 

Tras los 90 minutos, estábamos las 3 heladas, así que nos fuimos a tomar un té. Kalina, que tenía la entrada para otra parte del complejo, se fue a acabar de verlo. Susan también esperaba a las 14.30 para hacer el tour del palacio. Yo vería el resto de la arquitectura en mi camino de salida, sin regocijarme demasiado. 

Kalina regresó justo antes de que yo acompañara a Susan hacia la entrada, con lo que decidimos irnos juntas y dejar a la americana en un tour que finalmente resultó privado para ella solita. Quedé en enviarle un mail por si le apetecía unirse a mi al día siguiente. 

Antes de agitar
Y la búlgara y yo nos acercamos al barrio Bukchon, una zona Hanok (tradicional) con casas de tejados a cuatro aguas y aleros repuntados, un par de callejuelas que todavía mantienen el sabor tradicional original coreano. Estábamos hambrientas y entramos en un chiringuito fantástico, donde la mujer cocinaba entre cientos de platos de metal, cajas, guantes, cazos... 

Después de agitar
Como no teníamos ni idea de qué pedir, señalamos un par de platos y la buena mujer nos puso lo que le vino en gana. La cosa era algo así:  Primero te daba la caja, con unos guantes porque ardía de la leche. Luego le ponías una salsa picante,le dabas un achuchón con la tapa cerrada y ¡chas!, comida preparada. La verdad es que era una mezcla de todo un poco, pero estaba estupendo.

Pasamos por el templo budista de Jogyesa, el más representativo de Seúl, que estaba en esos momentos a rebosar de fieles. Eso sí, la liturgia se televisa ahora en vídeo gigante, con una pantalla donde leer el salmo y cantarlo cual karaoke, los fieles tienen unos estupendos cojines para no dejarse las rodillas y, por supuesto, poseen el invento coreano por excelencia: ¡Los suelos radiantes!

Templo de Jogyesa

Anduvimos dando vueltas, bajamos hacia Insadong, la calle que en principio era nido de artistas, galerías y tiendas curiosas, pero que se ha convertido en un sinfín de chiringuitos de souvenirs de lo más kitch y baratijas. Todavía queda algún rincón espectacular, locales que valen la pena y, sobre todo, ver a los coreanos un sábado tarde salir de compras, semi disfrazados, locos por consumir, rodeados de bolsas, muertos de risa ante los escaparates, inundándose de café las venas y soltando sus sempiternas interjecciones. 

Dulces coreanos y tés

Lo peor de caminar por Seúl son los semáforos. Mientras se ponen verdes te da tiempo a tomar un café, hacer la digestión, ponerte las zapatillas y volver. A veces decidíamos cambiar de rumbo sólo por no esperar ante el señorcito rojo. Eso sí, si te pilla y tienes que esperar, al menos no te pongas en la primera fila. Si te metes en el mogollón que se va apilando, te protegerán del frío. 

Acabamos en una casa de té, probando dulces típicos coreanos y volviendo a revivir. Estábamos algo cansadas de patear y, al no tener un plan concreto, pensamos que tampoco había prisa ninguna. 

Los pies y el destino nos llevaron a dar un paseo por el Cheonggyecheon, el "río" particular a la ribera del cual hay un paseo que se extenderá entre 5 ó 6 kilómetros. Es curioso y divertido, pero la humedad no es nada amigable, así que cubrimos un tramo, pero al llegar a la plaza final, aparte de no tener mucha más opción, nos encontramos con un concierto de más de media docena de artistas y cientos de "Seulitas" coreando y cantando. Eso sí, de bailar, ni uno. Sentaditos en el suelo con mucho orden, lucecitas y entusiasmo, pero sin moverse demasiado. ¡Y con la que estaba cayendo! (y esta vez el suelo NO radiaba nada)

Volvíamos a estar peladas de frío. La amable señora de información, nos había comentado que en la plaza Gwanghawun había una exposición en el subsuelo (= calorcito) y además, gratis. Para entrar en calor sonaba como plan ideal. Abandonamos el concierto y vimos que habían agrupaciones de cientos de policías. Por momentos pensamos que era una cita conflictiva, pero ya empezamos a asustarnos cuando vimos que, en cada esquina, había escuadras de cientos de ellos. ¿Habría algún partido? ¿Alguna manifestación? Con esa vigilancia no es de extrañar que Seúl sea una de las ciudades más seguras del mundo. Y además los policías eran encantadores, porque todos nos saludaban con la manita al pasar... ¡Qué monos ellos! Como en España...

La exposición era curiosa y divertida, pero sobre todo tenía un trono estupendo que Kalina y yo aprovechamos para quitarnos los zapatos (era obligatorio!) y descansar. Recuperadas y con calor de nuevo en el cuerpo, nos fuimos a buscar un rinconcito para cenar. Acabamos dando con nuestras rodillas (literalmente, porque nos sentábamos en el suelo) en un pequeño antro donde habían 5 fotos y 3 platos (más que nada porque los otros 2 eran para compartir en grupo). Le señalamos 2 y nos trajeron un desfile de platitos, a cual más confuso y mucha col con chile, como es habitual. 

En Corea no se pide bebida, a no ser que quieras alcohol. El agua te la sirven en botellas, que yacen en la mesa, o hay fuentes, donde puedes elegir la temperatura de lo que vas a beber. Los vasos son de metal y muchas veces los coges directamente de un esterilizados, una especie de nevera de vapor. Y como cubiertos, unos palillos y una cuchara, siempre de metal (lo cual dificulta enormemente la faena, porque resbalan una barbaridad)

La gastronomía es variada y mezcla varias influencias, pero tiende a tener un toque picante. Para mi, la favorita es el Bin dae dduk, la torta que tiene varias variantes. Aunque he de decir que está todo exquisito.

Estábamos muertas. Los ojos nos pesaban, nos habíamos puesto al día de nuestras vidas durante todo el día. Nos reímos, confabulamos, intercambiamos anécdotas y lo pasamos francamente bien. Kalina volaba al día siguiente de buena mañana, así que quisimos darle final. Nos despedimos en la esquina de la gran plaza, con una gran sonrisa. 


Yo seguí paseando un rato hasta mi hotel, serpenteando bajo los neones, sorteando los urbanitas de la noche, respirando el ambiente del sábado y las ganas de diversión que se podían palpar. Jongno es una zona de mucha vida, sobre todo con la caída de sol pero, como en toda la ciudad, es palpa seguridad y calma bajo la capa de aparente perversión. 

Un día completo, de aprendizaje, risas y un frío desconcertante.

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