En efecto.
Cuando salí tranquilamente, después de haber desayunado y organizado mi habitación, sentí que la temperatura de la noche anterior era casi primaveral en comparación. La calle estaba muy despejada, los comercios apenas empezaban a despertar y Seúl mostraba su cara más sosegada. Había planeado un paseo por algunos de los lugares más emblemáticos de la ciudad, dejándome llevar por las ganas, la intuición y, como no, la temperatura de mi cuerpo serrano.
| El palacio de nombre impronunciable |
Sobrevolé algunos edificios de camino al punto de encuentro, deteniéndome lo justo para contemplar y hacer algunas fotos. El complejo es espectacular. Se construyó en el siglo XV pero la guerra con el Japón lo destruyó por completo y se volvió a erigir dos siglos después. Quedo dañado también con la ocupación japonesa a principios del XX pero, a partir de los años 90, que fue declarado Patrimonio de la Humanidad, los esfuerzos por restaurarlo y mantenerlo han sido titánicos. Y está impecable...
Si alguna vez os habéis preguntado por qué los tours asiáticos van así de ordenados, debéis experimentar un guía coreano. ¡Son auténticos mandos militares! Y cualquiera les sigue la contraria... OKYung, que así se llamaba nuestra "ama", nos advirtió seria y serena, que la "caminata" iba a durar 90 minutos exactos bajo una temperatura de unos -7º Celsius, que nos abrigáramos bien o, de lo contrario, nos volviéramos a la cafetería para no pillar algo. Nos indicó dónde estaba el restaurante, el refugio más próximo y por si acaso, la salida de emergencia para los que no llevaran calzoncillos largos.
El paseo duró exactamente los 90 minutos establecidos. Recorrimos exactamente los kilómetros que nos indicó. Cuando OKYung decía "os doy 3 minutos libres" eran TRES minutos, ni más, ni menos. Y, para los que no querían subir la cuesta y volver a bajarla, tenían 7 minutos para reposar. ¡AAHH!! Y que nadie sobrepasara la línea de guerra. Todos detrás de OKYung. Bajo pena capital...
Lo cierto es que las historias de OKYung me hicieron reír pero, sobre todo, entender la filosofía del rey que mandó erigir todo aquello (me perdonáis que no recuerde el nombre), que parece que fue un mandatario espectacular, con dos dedos de frente, decidido a eliminar la corrupción (por ello se ganó muchos enemigos) y amante de la meditación, el tiro al arco (cuestión práctica), la pesca, la poesía y los paseos matutinos.
Todo el complejo es sencillo y sin pretensiones. Son decenas de pabellones, cada uno con una finalidad, simples y sin recargos, cómodos y prácticos. Unos servían de bibliotecas, otros para airear libros, algunos para meditar, otros para ver la luna salir (y otro, por supuesto, para ver poner el sol). El jardín está repleto de laguitos, manantiales (que en estos momentos habrían servido estupendamente de pista de patinaje sobre hielo) y la armonía con la naturaleza era el fin de la construcción. Les encantaba jugar a componer poesía e, incluso en el lago principal, que tiene una pequeña islita en medio, si el funcionario de turno no estaba inspirado para la ocasión, le exiliaban al islote por un buen ratito.
Tras los 90 minutos, estábamos las 3 heladas, así que nos fuimos a tomar un té. Kalina, que tenía la entrada para otra parte del complejo, se fue a acabar de verlo. Susan también esperaba a las 14.30 para hacer el tour del palacio. Yo vería el resto de la arquitectura en mi camino de salida, sin regocijarme demasiado.
| Antes de agitar |
| Después de agitar |
Pasamos por el templo budista de Jogyesa, el más representativo de Seúl, que estaba en esos momentos a rebosar de fieles. Eso sí, la liturgia se televisa ahora en vídeo gigante, con una pantalla donde leer el salmo y cantarlo cual karaoke, los fieles tienen unos estupendos cojines para no dejarse las rodillas y, por supuesto, poseen el invento coreano por excelencia: ¡Los suelos radiantes!
| Templo de Jogyesa |
Anduvimos dando vueltas, bajamos hacia Insadong, la calle que en principio era nido de artistas, galerías y tiendas curiosas, pero que se ha convertido en un sinfín de chiringuitos de souvenirs de lo más kitch y baratijas. Todavía queda algún rincón espectacular, locales que valen la pena y, sobre todo, ver a los coreanos un sábado tarde salir de compras, semi disfrazados, locos por consumir, rodeados de bolsas, muertos de risa ante los escaparates, inundándose de café las venas y soltando sus sempiternas interjecciones.
| Dulces coreanos y tés |
Lo peor de caminar por Seúl son los semáforos. Mientras se ponen verdes te da tiempo a tomar un café, hacer la digestión, ponerte las zapatillas y volver. A veces decidíamos cambiar de rumbo sólo por no esperar ante el señorcito rojo. Eso sí, si te pilla y tienes que esperar, al menos no te pongas en la primera fila. Si te metes en el mogollón que se va apilando, te protegerán del frío.
Acabamos en una casa de té, probando dulces típicos coreanos y volviendo a revivir. Estábamos algo cansadas de patear y, al no tener un plan concreto, pensamos que tampoco había prisa ninguna.
Volvíamos a estar peladas de frío. La amable señora de información, nos había comentado que en la plaza Gwanghawun había una exposición en el subsuelo (= calorcito) y además, gratis. Para entrar en calor sonaba como plan ideal. Abandonamos el concierto y vimos que habían agrupaciones de cientos de policías. Por momentos pensamos que era una cita conflictiva, pero ya empezamos a asustarnos cuando vimos que, en cada esquina, había escuadras de cientos de ellos. ¿Habría algún partido? ¿Alguna manifestación? Con esa vigilancia no es de extrañar que Seúl sea una de las ciudades más seguras del mundo. Y además los policías eran encantadores, porque todos nos saludaban con la manita al pasar... ¡Qué monos ellos! Como en España...
La exposición era curiosa y divertida, pero sobre todo tenía un trono estupendo que Kalina y yo aprovechamos para quitarnos los zapatos (era obligatorio!) y descansar. Recuperadas y con calor de nuevo en el cuerpo, nos fuimos a buscar un rinconcito para cenar. Acabamos dando con nuestras rodillas (literalmente, porque nos sentábamos en el suelo) en un pequeño antro donde habían 5 fotos y 3 platos (más que nada porque los otros 2 eran para compartir en grupo). Le señalamos 2 y nos trajeron un desfile de platitos, a cual más confuso y mucha col con chile, como es habitual.
La gastronomía es variada y mezcla varias influencias, pero tiende a tener un toque picante. Para mi, la favorita es el Bin dae dduk, la torta que tiene varias variantes. Aunque he de decir que está todo exquisito.
Yo seguí paseando un rato hasta mi hotel, serpenteando bajo los neones, sorteando los urbanitas de la noche, respirando el ambiente del sábado y las ganas de diversión que se podían palpar. Jongno es una zona de mucha vida, sobre todo con la caída de sol pero, como en toda la ciudad, es palpa seguridad y calma bajo la capa de aparente perversión.
Un día completo, de aprendizaje, risas y un frío desconcertante.

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