Los "protas"

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De madre aventurera, hija trotamundos. Una aporta la experiencia, otra el sentido común. La suma de las dos: una serie de vivencias inolvidables y unos recuerdos indelebles.

miércoles, 22 de enero de 2014

Desde las alturas hasta las profundidades

En Seúl no todo es lujo
Seúl es un hormiguero. La actividad es constante en la superficie, pero el frenesí ocurre mayormente bajo tierra. No sólo tiene una red de metro que conecta cada punto de la ciudad, sino que una gran parte de la vida comercial sucede bajo suelo. Los subterráneos hacen las veces de galerías donde ocurren miles de transacciones y, como no, de refugio. Un lugar idóneo para resguardarse del frío. El sitio perfecto, también, para aquellos que no pueden permitirse pagar un alquiler, sobre todo gente mayor, que ha agotado su pensión (se les otorga sólo por cuatro años) y se encuentra desvalida y sin protección.

El sol volvía a lucir, aunque la temperatura parecía comportarse. Al menos en principio. Mi objetivo era dirigirme hacia el sur, donde se encuentra el inmenso parque de Namsan, el sobresaliente ombligo de la ciudad. Allí se erige la Seoul Tower, una versión coreana de nuestro castizo pirulí, la torre de comunicaciones más icónica del país. El edificio en sí se levanta 236 metros, pero la colina sobre la que se asiente, de unos 300 metros, la hace aún más prominente.

De camino, aparte de cruzar el centro financiero, quise pasar por la catedral. No porque esperara una versión más impresionante que la de Burgos, o un edificio descomunal sino, más bien, para ver el ambiente dominical en un país que acoge un gran número de cristianos. No fue difícil dar con el camino: una hilera de feligreses seguía una seria de hitos sencillos de identificar; monjas pidiendo aportaciones, creyentes echando una mano para buenas causas… Hacía muchos años que no veía una iglesia tan repleta. Estaba llena hasta la bandera. De hecho me quedé boquiabierta, tanto que tomé una foto sin pensarlo, siendo inmediatamente advertida de guardar la cámara y dejar las tomas para después de la sesión. Pedí mil disculpas y me retiré para no interrumpir más la concentración. La devoción era tremenda y muchas mujeres llevaban incluso velo para la ocasión.

Para cuando llegué al “cable car”, me sobraba la bufanda, los guantes y hasta las pestañas. Desde el barrio de Myeongdong se torna todo de subida y es un ejercicio espléndido para estos gélidos fríos de invierno.

El teleférico cuesta 8500 wons de ida y vuelta (6000 por un trayecto) pero merece la pena. Sólo por reírte con los “ooooooooooooohhhhss” y “aaaaaaaaaaahhhss” de los coreanos cuando arranca, cuando pasa por los pilones, cuando se acerca a la base, cuando se balancea… El trayecto en sí es un espectáculo. Llegar a la base de la torre también tiene su gracia. 

Personajes disfrazados, fotógrafos al acecho, hasta peruanos con instrumentos locales dando el espectáculo. Hay para elegir. Lo más llamativo, la fiebre de los candados. Estos coreanos tienen “muestras de amor” por todos lados. El negocio de vender candados es impresionante. Pero también el de comprar notas adhesivas, corazones partidos en dos, o todas las versiones existentes para anunciar y comprometer tu amor a los cuatro vientos.

Ya puestos, decidí subir a la torre. Otros 9000 wons del ala. Visto a posteriori no merece tanto la pena (si estás corto de presupuesto basta con el teleférico). Eso sí, la experiencia es de risa. Por supuesto, los negocios aledaños, desde la foto que te toman nada más entrar y que te venden con fondos diferentes al llegar al piso de arriba (por "sólo" 7 euros), hasta las cientos de golosinas que esperan, como si hubieras gastado todo el azúcar en subir por las escaleras. Y, por supuesto, los souvenirs, las pegatinas, las postales, y todos los gadgets existentes en forma de torre.


La vista de Seúl es espectacular, no lo puedo negar, sobre todo en un día claro como fue el domingo. Y, como  
siempre, lo mejor, observarlos a ellos. 

Cuesta abajo. La parte fácil llegaba. Desembocar en el Namdaemun Market, aún en domingo (muchas de las tiendas estables están cerradas) tiene su gracia. Los festivos es más un mercadillo, con ropa barata, efectos domésticos, mucho ambiente y puestecitos callejeros de comida. Me entró un antojo de esas cosas con forma de pez que parecen rellenas de chocolate. Estaba hambrienta. Por 1000 wons la señora me dio 2 pero, cual fue mi sorpresa cuando descubrí que el relleno era de alubias rojas. Esto es lo que tiene hacerse la idea equivocada. El flash es tremendo, aunque reconozco que estaba igual de bueno (son también dulces y las usan en la mayoría de pasteles tradicionales en la mitad de Asia). Me acerqué a la puerta de Sungyemun, a unos cientos de metros, y regresé para volver a perderme por el mercadillo. 



En una estrecha calle se agolpaban los restaurantes, con sus modelos de plástico en el exterior, para que puedas ver el tipo de comida que sirven (mucho más realista que las fotos, aunque no siempre igual de atractivo, porque los pollos o las gambas de plástico no tienen mucho sex appeal). Me metí en uno cualquiera y pedí algo bien caliente. Seúl en invierno no da mucha tregua. 

Al salir de repostar, el cielo se había nublado.  Algo cansada y sin rumbo fijo, me dirigí hacia el City Hall, lo más parecido al ayuntamiento de la ciudad. A menudo en Asia te sorprenden los pequeños detalles, el cuidado con el que hacen las cosas, el toque artístico que le dan. Las estaciones de metro a veces parecen galerías de arte, "espontáneamente" decoradas y con arte urbano. Seúl está impecable, no hay pintadas, no hay graffitti, todo reluce pero tiene personalidad. 

City Hall
Una pista de patinaje con frenética actividad, una carpa con alimentos típicos repleta de gente y, sorprendentemente, un desfile curioso y colorista rememorando las antiguas tradiciones coreanas en la puerta del palacio Deoksugung. Curioso, divertido, espectacular y lo suficientemente breve para no morir congelado en el intento. Después de observar tal dechado de talento, cualquiera no se anima a entrar en el edificio. El palacio no es de los primarios y los edificios no son tan espectaculares como en Changdeokgung, pero es un sitio idílico para pasear y tomar un café tranquilo. 

Cansada, helada y con ganas de pasar página, me senté un buen rato en un café nada tradicional pero muy popular. El modelo "Starbucks" ha hecho estragos en media Asia. Cientos de imitadores han surgido por las esquinas. En algunos no sólo tienen wifi, sino que facilitan tablets o laptops. Por momentos me parecen modernas bibliotecas donde todos leen en aparatos electrónicos. Casi nadie tiene compañía, no son lugares para conversar, sino a menudo para pasar el rato, bien trabajando, "socializando" en la distancia o quién sabe haciendo qué. Porque todavía no lo he averiguado.

Con las mismas, recogí los trastos del hotel, tomé el bus al aeropuerto y me despedí con pena de Corea que, a pesar del frío me ha tratado bien y espero el día en que pueda dedicarle realmente alguna semana de tiempo (eso sí, con los míos y en verano).













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