| En Seúl no todo es lujo |
El sol volvía a lucir, aunque la temperatura parecía
comportarse. Al menos en principio. Mi objetivo era dirigirme hacia el sur,
donde se encuentra el inmenso parque de Namsan, el sobresaliente ombligo de la
ciudad. Allí se erige la Seoul Tower, una versión coreana de nuestro castizo
pirulí, la torre de comunicaciones más icónica del país. El edificio en sí se
levanta 236 metros, pero la colina sobre la que se asiente, de unos 300 metros,
la hace aún más prominente.
El teleférico cuesta 8500 wons de ida y vuelta (6000 por un
trayecto) pero merece la pena. Sólo por reírte con los “ooooooooooooohhhhss” y “aaaaaaaaaaahhhss”
de los coreanos cuando arranca, cuando pasa por los pilones, cuando se acerca a
la base, cuando se balancea… El trayecto en sí es un espectáculo. Llegar a la
base de la torre también tiene su gracia.
Personajes disfrazados, fotógrafos al
acecho, hasta peruanos con instrumentos locales dando el espectáculo. Hay para
elegir. Lo más llamativo, la fiebre de los candados. Estos coreanos tienen “muestras
de amor” por todos lados. El negocio de vender candados es impresionante. Pero
también el de comprar notas adhesivas, corazones partidos en dos, o todas las
versiones existentes para anunciar y comprometer tu amor a los cuatro vientos.
La vista de Seúl es espectacular, no lo puedo negar, sobre
todo en un día claro como fue el domingo. Y, como
siempre, lo mejor, observarlos a ellos.
Cuesta abajo. La parte fácil llegaba. Desembocar en el Namdaemun Market, aún en domingo (muchas de las tiendas estables están cerradas) tiene su gracia. Los festivos es más un mercadillo, con ropa barata, efectos domésticos, mucho ambiente y puestecitos callejeros de comida. Me entró un antojo de esas cosas con forma de pez que parecen rellenas de chocolate. Estaba hambrienta. Por 1000 wons la señora me dio 2 pero, cual fue mi sorpresa cuando descubrí que el relleno era de alubias rojas. Esto es lo que tiene hacerse la idea equivocada. El flash es tremendo, aunque reconozco que estaba igual de bueno (son también dulces y las usan en la mayoría de pasteles tradicionales en la mitad de Asia). Me acerqué a la puerta de Sungyemun, a unos cientos de metros, y regresé para volver a perderme por el mercadillo.

En una estrecha calle se agolpaban los restaurantes, con sus modelos de plástico en el exterior, para que puedas ver el tipo de comida que sirven (mucho más realista que las fotos, aunque no siempre igual de atractivo, porque los pollos o las gambas de plástico no tienen mucho sex appeal). Me metí en uno cualquiera y pedí algo bien caliente. Seúl en invierno no da mucha tregua.
Al salir de repostar, el cielo se había nublado. Algo cansada y sin rumbo fijo, me dirigí hacia el City Hall, lo más parecido al ayuntamiento de la ciudad. A menudo en Asia te sorprenden los pequeños detalles, el cuidado con el que hacen las cosas, el toque artístico que le dan. Las estaciones de metro a veces parecen galerías de arte, "espontáneamente" decoradas y con arte urbano. Seúl está impecable, no hay pintadas, no hay graffitti, todo reluce pero tiene personalidad.
Una pista de patinaje con frenética actividad, una carpa con alimentos típicos repleta de gente y, sorprendentemente, un desfile curioso y colorista rememorando las antiguas tradiciones coreanas en la puerta del palacio Deoksugung. Curioso, divertido, espectacular y lo suficientemente breve para no morir congelado en el intento. Después de observar tal dechado de talento, cualquiera no se anima a entrar en el edificio. El palacio no es de los primarios y los edificios no son tan espectaculares como en Changdeokgung, pero es un sitio idílico para pasear y tomar un café tranquilo.
Cansada, helada y con ganas de pasar página, me senté un buen rato en un café nada tradicional pero muy popular. El modelo "Starbucks" ha hecho estragos en media Asia. Cientos de imitadores han surgido por las esquinas. En algunos no sólo tienen wifi, sino que facilitan tablets o laptops. Por momentos me parecen modernas bibliotecas donde todos leen en aparatos electrónicos. Casi nadie tiene compañía, no son lugares para conversar, sino a menudo para pasar el rato, bien trabajando, "socializando" en la distancia o quién sabe haciendo qué. Porque todavía no lo he averiguado.
Con las mismas, recogí los trastos del hotel, tomé el bus al aeropuerto y me despedí con pena de Corea que, a pesar del frío me ha tratado bien y espero el día en que pueda dedicarle realmente alguna semana de tiempo (eso sí, con los míos y en verano).
siempre, lo mejor, observarlos a ellos.
Cuesta abajo. La parte fácil llegaba. Desembocar en el Namdaemun Market, aún en domingo (muchas de las tiendas estables están cerradas) tiene su gracia. Los festivos es más un mercadillo, con ropa barata, efectos domésticos, mucho ambiente y puestecitos callejeros de comida. Me entró un antojo de esas cosas con forma de pez que parecen rellenas de chocolate. Estaba hambrienta. Por 1000 wons la señora me dio 2 pero, cual fue mi sorpresa cuando descubrí que el relleno era de alubias rojas. Esto es lo que tiene hacerse la idea equivocada. El flash es tremendo, aunque reconozco que estaba igual de bueno (son también dulces y las usan en la mayoría de pasteles tradicionales en la mitad de Asia). Me acerqué a la puerta de Sungyemun, a unos cientos de metros, y regresé para volver a perderme por el mercadillo.
En una estrecha calle se agolpaban los restaurantes, con sus modelos de plástico en el exterior, para que puedas ver el tipo de comida que sirven (mucho más realista que las fotos, aunque no siempre igual de atractivo, porque los pollos o las gambas de plástico no tienen mucho sex appeal). Me metí en uno cualquiera y pedí algo bien caliente. Seúl en invierno no da mucha tregua.
Al salir de repostar, el cielo se había nublado. Algo cansada y sin rumbo fijo, me dirigí hacia el City Hall, lo más parecido al ayuntamiento de la ciudad. A menudo en Asia te sorprenden los pequeños detalles, el cuidado con el que hacen las cosas, el toque artístico que le dan. Las estaciones de metro a veces parecen galerías de arte, "espontáneamente" decoradas y con arte urbano. Seúl está impecable, no hay pintadas, no hay graffitti, todo reluce pero tiene personalidad.
| City Hall |
Con las mismas, recogí los trastos del hotel, tomé el bus al aeropuerto y me despedí con pena de Corea que, a pesar del frío me ha tratado bien y espero el día en que pueda dedicarle realmente alguna semana de tiempo (eso sí, con los míos y en verano).

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nos encanta que nos contéis cosas, así que no seáis tímidos...