Los "protas"

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De madre aventurera, hija trotamundos. Una aporta la experiencia, otra el sentido común. La suma de las dos: una serie de vivencias inolvidables y unos recuerdos indelebles.

jueves, 23 de enero de 2014

Tierra de frikis

El lunes por la mañana me deleité con la cascada de la ducha y, lista para mi jornada laboral, bajé a desayunar. Tres opciones: goulash de ternera, curry de pollo o sopa de pollo. ¡Iremos a por la tercera! Me pareció el menor exabrupto a las 8 de la mañana. Yuko me había enviado las instrucciones necesarias para llegar a la oficina, indicándome incluso la salida del metro que debía tomar. Me di cuenta de que había un error y que, o bien me había dado el nombre equivocado o se le había ido la olla en el número de estación. Apelé a mi intuición y a alguna virgen desconocida y acerté, dando a parar con mis huesos en el lugar correcto, no sin alguna indicación más por parte de algún amabilísimo nipón.


Hacer negocios con los japoneses también tiene mucha gracia. Ellos en general  son el paradigma de las buenas formas. Se pasan el día inclinándose, sobre todo para despedirse. Es como si nunca quisieran decir adiós de verdad. Y cuando saludan- especialmente cuando entras a un local- lo hacen con tanto entusiasmo como si no te hubieran visto en años (que en mi caso es así, pero no me lo tomo como algo personal). Son un espectáculo.

Mi reunión transcurrió estupendamente. Aquí (al igual que en Corea) les encanta hacer preguntas, algo que a mi me entusiasma, porque denota su interés (y conocimiento). Trajeron algunos sándwiches para celebrar, con su inevitable té verde, caliente o helado, y algunas ensaladas. ¿¡Cómo no van a estar así de estupendos?! La verdad es que la comida es fantástica. Como en todos sitios, hay guarradas, pero cuesta ver algún gordo y la obesidad brilla por su ausencia. Están todos hechos un figurín.

De vuelta en Akihabara, estuve trabajando un rato, pero no quise esperar a la puesta de sol y me lancé de nuevo al metro, está vez con transbordo y todo hacia Asakusa, donde está el templo Sensoji, uno de los más reputados de Japón. Más que un lugar de veneración parece un centro comercial, con calles de tiendecitas alrededor que convierten en inevitable alguna transacción. Yo estaba famélica, porque de los bocatas en rollitos que habíamos visto, apenas caté un par tratando de contestar todas las preguntas. Me compré una galleta que resultó ser de soja y que la dependiente mojó en salsa y me ayudó a soportar la sensación de vacío, sobre todo porque la tuve pegada a las muelas durante el resto de la tarde.

El complejo es muy curioso. Existe un kiosquito en medio donde la gente compra palitos de incienso, los quema y se impregna con el olor, atrayéndolo hacia sí con las manos. Luego van a la fuente (¿¿de la eterna juventud?? ¿Delgadez?) y beben de su agua (eso sí, con lo miradísimos que son, se sirven del cazo en la mano y beben de ella no sea que se contagien algo. Lo último que tienes que hacer, es comprobar tu suerte. Para ello, hay una especie de armaritos de madera con decenas de cajones, cada uno con un número correspondiente. En una caja de metal hay el mismo número de palitos con la cifra escrita en ellos. Le pegas un meneíto a la caja, sacas un palillo y, buscando el correspondiente cajón (lo cual en sí ya es un curro, porque está en japonés) sacas el papelito con tu destino. A mi me salió el 57 (¡¡si supe leer bien los simbolitos!!) que dice algo así:

“Es casi imposible cruzar un río demasiado ancho, las olas son demasiado fuertes, no puedes llegar al otro lado sin un barco. Pero si tienes la oportunidad de cruzar el río cuando las olas se calmen, puedes conseguir los medios suficientes para pescar un pez gigante”

Ha quedado todo dicho, ¿no?
Luego añade: “Tu deseo será concedido. El paciente sanará pero le costará un poco. Lo que perdiste lo encontrarás pronto. La persona que esperas, llegará tarde. La construcción de la nueva casa y la mudanza van ambas bien. Tu matrimonio y tu trabajo están ambos bien, pero tendrás suerte a medias”.


Un triunfo, vamos… pero no he de creérmelo demasiado por si bajo la guardia. Y mojarse, no se moja demasiado (bueno, si no te esperas a que las olas bajen, claro está)

El sol se había puesto ya y, aunque todavía peleaba por despegarme restos de galleta de las muelas, ¡qué mejor que mezclarlo con un pastel de boniato! La combinación ideal. Otro chute bien denso para aguantar el trayecto de vuelta.

El metro de Tokio es toda una experiencia. Reconozco que no llegué a pillar hora punta, pero sí vagones bien repletos de gente. Si desconoces el sistema tarifario, puede llegar a ser un reto conseguir un billete, pero una vez lo entiendes (y es similar a otros lugares de Asia), lo complicado radica en encontrar siempre la “interpretación” en inglés. ¡No os imagináis lo que puede llegar a ser tirarte a buscar simbolitos en todo un panel! En realidad, tienes que ver tu estación de partida y llegada. Un mapa esquemático te marca la tarifa correspondiente y tú sólo has de comprar en la maquinita el billete de la cantidad correspondiente. ¿Fácil, no? Eso sí, también has de acertar la fuente, porque tienes las líneas de tren JR, las de metro y las super rápidas de la muerte. En una estación común no tienes mucha pérdida, pero en Akihabara, por ejemplo, se juntan las tres. ¡Vete y busca!

En cada andén del metro hay 3 “empujadores”. Esos señores estupendísimos, aseadísimos con su gorra de plato, uniforme impecable y con un lenguaje corporal muy expresivo. Uno de ellos va con su micro, su altavoz o a grito pelado, pero va marcando las pautas. Entre ellos se van “chivando” si está despejado el horizonte y le dan el visto bueno al conductor. 30 segundos. Es lo que tiene establecido el tren para parar en cada estación.

En el suelo están marcados los puntos de entrada de cada puerta y la gente hace cola ordenadamente esperando el convoy. Curiosamente los dibujos se trazan muchas veces en diagonal a la puerta, para ceder el paso a los que están saliendo. Y ellos, como no, obedecen diligentemente. ¿Cómo no va a funcionar el país así?

De vuelta en mi barrio, me metí en los grandes almacenes de electrónica. En el octavo piso había un “food court”, con muchas opciones pero me habían recomendado el sushi bar. Todo un reto para los reflejos rápidos y una pesadilla para la indecisión. Todo el local está montado entorno a una barra corrida en forma, en cuyo centro están los cocineros preparando los platos. Una cinta deslizante va pasando los platos, que aparecen sin ton ni son en el orden que a los chefs les apetece. La camarera te trae un menú por si, además, quieres pedir algo, con los precios de las piezas y los códigos de los platos. Para beber, tienes un bote con polvo de té verde y un grifo por el que sale agua caliente. A discreción.

Y, ¿cómo funciona el tema de la cuenta? Fácil. Vas acumulando platos a tu vera, cada uno de un color, dependiendo de la cuantía. El primero que cogí, monísimo él, púrpura y dorado, el más caro de todos, 498 yens (unos 3,5 euros). Probé todo lo que se movía (literalmente), desde huevas hasta morena, pasando por pulpo, atún, cangrejo, gambas, y peces que no sabría interpretar. Presentados como nagiri (con arroz) o como maki (envueltos en alga) no sabría decir cuál estaba mejor.  Tuve que parar porque pensé que reventaba y mi cuerpo no está acostumbrado a tal dosis de proteína animal. Me tuve que racionar también el wasabi porque, por un momento, los ojos se me salían de las órbitas. Cada vez que entraba o salía alguien, camareras y cocineros le daban la bienvenida con grandes aspavientos. ¡Así da gusto que te alimenten! Los clientes avezados pedían muchas veces directamente las piezas a los cocineros. Yo, como palurda con méritos, me limité a mirar y zampar. ¡Ya tenía suficiente con el pase de modelos inagotable ante mi atónita mirada!
Cuando ya estaba a punto de reventar, llamé a la moza de turno, que vino con un escáner, lo pasó por los platos y calculó el precio final. “Cagüentó” con estos “japos”, ¡lo tienen todo bajo control! Un festín de altos vuelos por unos 17 euros.

De esta guisa no me podía ir a la cama, así que salí a pasear un rato por mi barrio, contemplando los inmensos edificios forrados con carteles de manga, las vallas publicitarias con esas muñequitas de calcetines hasta la rodilla y faldas plisadas. Las casas de máquinas de premios estaban a rebosar y el tránsito de personal a las 22 horas era extraordinario. Vi una tienda que se llamaba “Pop Life” y decidí entrar a cotillear. Lo primero que me llamó la atención fueron los posters de inmensas delanteras con escotes imposibles (de dibujos animados) pero, en cuanto puse un pie, me percaté de que no era una tienda de artículos manga, sino … ¡un sex shop de 6 plantas! ¡¡La alegría me invadió!! Una escalera estrecha vertebraba los pisos, de unos 120 m2 de superficie, pasillos estrechos entre los artículos que dificultaban un tanto el paso. En la planta baja, los DVDs. Nada interesante. Una planta masculina, otra orientada a la mujer y cientos de instrumentos que, por mucho que los mirara, no acababa de encontrarles la utilidad. Estimuladores de punto G de lo más sofisticado, tanto que parecían esculturas de bolsillo. Pezones falsos, muñecas de lo más realista, “lenguas” movedizas, cálidos agujeros de bolsillo, ungüentos de olor y sabor. En la parte alta, los modelitos. El dependiente de la 5ª llevaba un vestido de chacha por debajo de la rodilla. Muy erótico- a decir verdad- no resultaba. Me quedé enamorada de la sección de medias. Miraba una y otra con detenimiento. Ya me di cuenta de que había un tipo que no me quitaba ojo. Finalmente se acercó a mi y me preguntó en un inglés roto pero que no daba lugar a dudas “¿Es para ti?”. Educadamente, le contesté que sí. “Y para mi también ¿no?” a lo que, igual de cortésmente le añadí, “No, para mi marido”. Sonrió y cerró la intentona con un “Te quedará muy bien. Es perfecto”.

¡¡¡Guau!!! ¡He ligado en Tokio!

Con el “subidón” y la risa en el cuerpo, ya estaba lista para irme a la cama (sola, ¡claro está!) y prepararme para otro día en el imperio del sol naciente.







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