El lunes por la mañana me deleité con la cascada de la ducha
y, lista para mi jornada laboral, bajé a desayunar. Tres opciones: goulash de
ternera, curry de pollo o sopa de pollo. ¡Iremos a por la tercera! Me pareció
el menor exabrupto a las 8 de la mañana. Yuko me había enviado las
instrucciones necesarias para llegar a la oficina, indicándome incluso la
salida del metro que debía tomar. Me di cuenta de que había un error y que, o
bien me había dado el nombre equivocado o se le había ido la olla en el número
de estación. Apelé a mi intuición y a alguna virgen desconocida y acerté, dando
a parar con mis huesos en el lugar correcto, no sin alguna indicación más por
parte de algún amabilísimo nipón.

Hacer negocios con los japoneses también tiene mucha gracia.
Ellos en general son el paradigma de las
buenas formas. Se pasan el día inclinándose, sobre todo para despedirse. Es
como si nunca quisieran decir adiós de verdad. Y cuando saludan- especialmente
cuando entras a un local- lo hacen con tanto entusiasmo como si no te hubieran
visto en años (que en mi caso es así, pero no me lo tomo como algo personal).
Son un espectáculo.
Mi reunión transcurrió estupendamente. Aquí (al igual que en
Corea) les encanta hacer preguntas, algo que a mi me entusiasma, porque denota
su interés (y conocimiento). Trajeron algunos sándwiches para celebrar, con su
inevitable té verde, caliente o helado, y algunas ensaladas. ¿¡Cómo no van a
estar así de estupendos?! La verdad es que la comida es fantástica. Como en
todos sitios, hay guarradas, pero cuesta ver algún gordo y la obesidad brilla
por su ausencia. Están todos hechos un figurín.
“Es casi imposible cruzar un río demasiado ancho, las olas
son demasiado fuertes, no puedes llegar al otro lado sin un barco. Pero si
tienes la oportunidad de cruzar el río cuando las olas se calmen, puedes
conseguir los medios suficientes para pescar un pez gigante”
Ha quedado todo dicho, ¿no?
Luego añade: “Tu deseo será concedido. El paciente sanará
pero le costará un poco. Lo que perdiste lo encontrarás pronto. La persona que
esperas, llegará tarde. La construcción de la nueva casa y la mudanza van ambas
bien. Tu matrimonio y tu trabajo están ambos bien, pero tendrás suerte a
medias”.
Un triunfo, vamos… pero no he de creérmelo demasiado por si
bajo la guardia. Y mojarse, no se moja demasiado (bueno, si no te esperas a que
las olas bajen, claro está)
El sol se había puesto ya y, aunque todavía peleaba por
despegarme restos de galleta de las muelas, ¡qué mejor que mezclarlo con un
pastel de boniato! La combinación ideal. Otro chute bien denso para aguantar el
trayecto de vuelta.
El metro de Tokio es toda una experiencia. Reconozco que no
llegué a pillar hora punta, pero sí vagones bien repletos de gente. Si
desconoces el sistema tarifario, puede llegar a ser un reto conseguir un
billete, pero una vez lo entiendes (y es similar a otros lugares de Asia), lo
complicado radica en encontrar siempre la “interpretación” en inglés. ¡No os
imagináis lo que puede llegar a ser tirarte a buscar simbolitos en todo un
panel! En realidad, tienes que ver tu estación de partida y llegada. Un mapa
esquemático te marca la tarifa correspondiente y tú sólo has de comprar en la
maquinita el billete de la cantidad correspondiente. ¿Fácil, no? Eso sí,
también has de acertar la fuente, porque tienes las líneas de tren JR, las de
metro y las super rápidas de la muerte. En una estación común no tienes mucha
pérdida, pero en Akihabara, por ejemplo, se juntan las tres. ¡Vete y busca!
En cada andén del metro hay 3 “empujadores”. Esos señores
estupendísimos, aseadísimos con su gorra de plato, uniforme impecable y con un
lenguaje corporal muy expresivo. Uno de ellos va con su micro, su altavoz o a
grito pelado, pero va marcando las pautas. Entre ellos se van “chivando” si
está despejado el horizonte y le dan el visto bueno al conductor. 30 segundos.
Es lo que tiene establecido el tren para parar en cada estación.
En el suelo están marcados los puntos de entrada de cada
puerta y la gente hace cola ordenadamente esperando el convoy. Curiosamente los
dibujos se trazan muchas veces en diagonal a la puerta, para ceder el paso a
los que están saliendo. Y ellos, como no, obedecen diligentemente. ¿Cómo no va
a funcionar el país así?
De vuelta en mi barrio, me metí en los grandes almacenes de
electrónica. En el octavo piso había un “food court”, con muchas opciones pero
me habían recomendado el sushi bar. Todo un reto para los reflejos rápidos y
una pesadilla para la indecisión. Todo el local está montado entorno a una
barra corrida en forma, en cuyo centro están los cocineros preparando los
platos. Una cinta deslizante va pasando los platos, que aparecen sin ton ni son
en el orden que a los chefs les apetece. La camarera te trae un menú por si,
además, quieres pedir algo, con los precios de las piezas y los códigos de los
platos. Para beber, tienes un bote con polvo de té verde y un grifo por el que
sale agua caliente. A discreción.
Cuando ya estaba a punto de reventar, llamé a la moza de
turno, que vino con un escáner, lo pasó por los platos y calculó el precio
final. “Cagüentó” con estos “japos”, ¡lo tienen todo bajo control! Un festín de
altos vuelos por unos 17 euros.
¡¡¡Guau!!! ¡He ligado en Tokio!

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