Aún así, puede llegar a enamorar. Tal vez por su encanto en los rincones más inesperados, o por ese eclecticismo tan chocante, donde se mezclan los estilos tradicionales ingleses, de adosados de dos pisos, con ladrillo visto y tejado a dos aguas, junto con torres monstruosas sin personalidad alguna, con balcones acristalados donde la ropa se seca al sol resguardada de la intemperie helada del invierno y, como no, esas proezas arquitectónicas que te rompen el cuello intentando encontrar el final, caprichos constructivos desafiando lo imposible.
Como suele ocurrir en Asia, el hilo conductor son los mercados, tradicionales, modernos, en forma de "mall", con puestecitos, neones, cartelitos de papel o hasta ambulantes. El comercio es la sangre que corre por las venas de la ciudad. Y lo que le otorga la vida.
El Swissotel Grand estaba en una zona céntrica, moderna. Aunque en el momento de mi llegada a mi me daba sinceramente lo mismo. Tras una noche sin dormir, lo único que puede llegar a interesar realmente es el tamaño de la cama. Y era inmensa, por cierto, como toda la habitación en sí. Estoy poco acostumbrada a estos lujos...
Intenté localizar a alguno de mis compañeros y me hice con Robert, quién me comentó que bajarían a comer sobre las 12 y a las 14 partirían hacia el hotel donde teníamos prevista la celebración. Quedé en avisar hacia las 12.30 y comer con Andrea pero, por si acaso, le comenté que seguro a las 14 me iba con ellos. Me costó dormir y no conciliaba el sueño. Cuando volví a abrir el ojo eran las 14.30. Estaba realmente cansada.
Duchada, medio arreglada y escopeteada, cogí los trastos y me dirigí al Ritz Carlton, donde estaba prevista la cena.
Eran las cuatro de la tarde, el sol empezaba a caer y la luz era tremendamente bonita. Los rascacielos que pueblan la ciudad reflejaban los rayos y hacían un bello contraste con el color anaranjando de fondo. La actividad en el hotel era frenética. Cientos de trabajadores realizando cada uno su labor para que todo estuviera en hora. A las 17 horas estaba previsto el comienzo y, en el escenario, quedaba todavía el andamio. Finalmente, todo llegó a tiempo y los invitados pudieron empezar a degustar esa extraña mezcla de cóctel de bienvenida con pastelitos de queso con sello Top Employer de chocolate junto con cacahuetes picantes recubiertos de pasta de chile. Una combinación ganadora. Eso sí, los mojitos, cócteles y hasta el algodón de azúcar, triunfaron de largo.
El presentador, un mozo que no aparentaba la mayoría de edad, estuvo ensayando cada paso del evento, sacando lo mejor de su pronunciación y usando una mezcla de ingenuidad, humor y formalidad que es lo que embelesa a los chinos.
Los banquetes de esa parte del mundo tienen un protocolo que poco tiene que ver con el nuestro. Sus formas en la mesas distan mucho de tener la rigidez de las nuestras e incluso algunas normas y usos nos pueden resultar de mala educación y un tanto chocantes. Es obvio decir que todo el mundo tenía junto a los palillos el teléfono móvil. Indispensable para twittear los pormenores y para hacer fotos que colgar al instante.
Ni que decir tiene que el tema de la comida es un mundo aparte. Cualquier banquete que se precie se lleva a cabo en una mesa giratoria. ¡No! No es la mesa la que da vueltas, sino la parte central de la misma, donde se van poniendo los platos y los mismos comensales se van sirviendo. Primero vinieron un sinfín de entrantes fríos con carnes, pescados y algo que parecían espárragos con molde y salsa de arándano. Lo mejor fue intentar comer una ostra gigante con los palillos y ver cómo se resbalaba con insistencia. Al final opté por clavarle uno justo en la aorta, pero luego fui incapaz de hincarle el diente, puesto que podía a bien seguro servir para hacer buenos empastes.
Lo más curioso es que los camareros nunca te rellenaban la copa. Si querías vino, tenías que dar la vueltecita de marras. Si querías otra cosa, había zumo de naranja y yo, muertecita de sed, allí que vi alguien con un vaso de agua y le rogué al camarero que me trajera "uno de esos". El hombre me lo trajo de inmediato con una servilleta y, allá que fui yo a lanzarme dentro cuando, sin esperarlo, tuve que retirar la mano porque estaba hirviendo. ¡Agua caliente! ¿Se había dejado la bolsita de hierbas? De hecho, el té estaba en la tacita de al lado, frío y somnoliento. Pues, allá que fuimos con el estupendo "caldo". Luego me contó mi vecina de mesa que en invierno no conciben tomar agua natural, sino que la tienen que calentar lo más posible para entrar en calor... ¡Ahora me he enganchado al agua caliente!
Llegó el postre, mezclado todavía con las cabezas de pescado sobre la mesa, y el final del evento. No bien se había aclamado a todos los invitados, los presentes salieron escopeteados. Tenían que descansar para otra dura jornada de trabajo.
Nosotros, como buenos europeos, no podíamos irnos directos a descansar, así que hicimos una pequeña excursión al piso 58, a la terraza abierta más alta de Shanghai (sólo para hacer la foto salimos fuera) y nos calentamos (esta vez el agua tenía hierbecitas) al son de una música chill out y nuestros comentarios de la velada.

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