Los "protas"

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De madre aventurera, hija trotamundos. Una aporta la experiencia, otra el sentido común. La suma de las dos: una serie de vivencias inolvidables y unos recuerdos indelebles.

lunes, 27 de enero de 2014

Taipei, the city of lights (con el permiso de Paris)

Taipei siempre será para mi, la ciudad de las luces. Lo fue la primera vez que la conocí, 13 años atrás. Me impresionó aquel aspecto que me recordaba a Blade Runner, un paso en el futuro. Todos estos años más tarde debería haberme acostumbrado a tanto neón pero, a decir verdad, la profusión de color en tantísimas gamas y – ayudado de la tecnología más avanzada- efectos especiales, seguía fascinándome.


Aterricé en Taipei no demasiado tarde. Bajar de un 747 y meterse directamente en un Mercedes negro en el que se puede jugar un partido de fútbol detrás, es una sensación un tanto desconcertante. Pero sólo quería llegar. En el Cosmo Hotel me recibieron con los brazos abiertos y una habitación VIP. Eso es lo que se llama una entrada triunfal. No sólo estaba en el piso 17, el último del edificio, sino que en un piso “exclusivo” con apellido “business”, un inmenso jacuzzi y un baño para poder bailar en él. Y esos váteres que me entusiasman, con todas las funciones posibles y, sobre todo, la fantástica sensación de sentarte y que no esté la tapa fría. Emocionada pero agotada, preparé minuciosamente mis trastos para el día siguiente y me fui a dormir.



Los 5 minutos de espera para bajar al primer piso a desayunar, valieron la pena. Un inmenso restaurante, provisto de todas las variedades de comida inimaginables, rebosaba de comensales a una hora medianamente temprana. Familias enteras,  hombres de negocio, algún turista despistado y mucho, mucho ruido. Un trasiego de gente constante arrasando con los “baos” y los croissants por igual. Como te despistaras un rato, el stock ya se había agotado.


Preferí no extasiarme. Tomé un taxi hacia mi destino, que me depositó en un santiamén.
Mi reunión fue una de las que tildaría de intensas. Preguntas lanzadas a diestro y siniestro. Un auténtico tercer grado. Gente encantadora pero directa y puntillosa. Hicimos una pausa para comer. Habían preparado un verdadero banquete con el Comité de dirección. Cuatro hombres, tres mujeres y yo. Un restaurante llamado Lawry’s, uno de los más “posh” y pijos posiblemente de la ciudad. Y, para colmo de mis alegrías, la especialidad de la casa eran los enormes, sangrientos, suculentos y rojizos bistecs. ¡Todo un acierto para una vegetariana! En estas ocasiones me trago mis principios y prefiero dejarme llevar por la cortesía. Habían elegido el lugar con toda la intención. No iba a ser yo quien les dijera que prefería un dimsum de espinacas. 

El comité de dirección al pleno me sometió a un tercer grado. Si ya masticar la carne me venía cuesta arriba, además tenía que hacerlo con eternas pausas. Las camareras iban disfrazadas con un modelito de falda de vuelo marrón corta cortísima, un delantal blanco y una cofia a juego que más bien tenía que ver con algún sueño erótico que con un buen paladar. Nos hizo un numerito para echar la salsa sobre la ensalada, nos fue preguntando personal y dulcemente nuestras preferencias y nos trató como clientes VIP, como Lawry’s hace con cada comensal. El director general (un sudafricano jocoso y bromista) se despidió para coger su coche (con conductor, claro está) mientras que nosotros cubrimos los apenas cinco minutos de caminata de nuevo a las oficinas.

Otras dos horas de reunión me esperaban con Recursos humanos. Salí de allí con la noche tras de mis espaldas. En apenas 20 minutos, tras media docena de paradas de metro, llegué al Cosmos de nuevo.

Barajé varias opciones:
a)     Subirme a la cinta, correr un rato y luego premiar mi sudor con un jacuzzi.
b)      Saltar el trozo de la cinta y hundirme directamente bajo el agua y la espuma
c)       Escaparme al mercadillo nocturno de Shilin.
Cualquier que me conozca levemente sabrá que opción tome…
En efecto, la C.

Me puede el genio. Y eso que estaba total y absolutamente rota. Pero las luces, los olores, la música y el gentío me sacan ese alter ego que parece dormitar por momentos. Apenas había 4 paradas de metro, era el mercado nocturno más fácil de acceder. Y en Taiwan siempre son sinónimo de alegría y diversión.



En Shilin hay de todo. Incluso un miércoles noche como era el caso, la actividad nunca cesa. Mi parte favorita siempre es la de la comida, pero también puedes dejarte los new Taiwanese Dollars en ropa, zapatos, artesanía, complementos o jugándotelos a explotar globos y a pescar peces en un estanque. Yo me los gasté en un “stinky tofu” para empezar. La verdad es que el nombre no era muy evocador. Y, si soy sincera, estaba bueno, pero no sé si repetiría o acabaría por vomitar. El olor era un tanto “peculiar” (de ahí el nombrecito de marras). Probé después con un zumo de arándanos para compensar. Y, como no, con una empanada de cebollino. Exquisita. Para rematar, unos pastelitos de huevo y una “horchata” de almendra. ¡Para relamerse de gusto!


Con toda la emoción de la algarabía, me di cuenta de que eran casi las 23. Tenía que levantarme a las 5.30 para ir al aeropuerto y volar hacia mi próximo destino- Jakarta. Era cuestión de empezar a plegar.
Desde mi habitación seguía observando esas hipnóticas luces que siempre me harán soñar y volar hacia otros mundos. El “futuro” llegará un día pero, ¡siempre nos quedará Taiwan!














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