Taipei siempre será para mi, la ciudad de las luces. Lo fue
la primera vez que la conocí, 13 años atrás. Me impresionó aquel aspecto que me
recordaba a Blade Runner, un paso en el futuro. Todos estos años más tarde
debería haberme acostumbrado a tanto neón pero, a decir verdad, la profusión de
color en tantísimas gamas y – ayudado de la tecnología más avanzada- efectos
especiales, seguía fascinándome.
Los 5 minutos de espera para bajar al primer piso a
desayunar, valieron la pena. Un inmenso restaurante, provisto de todas las
variedades de comida inimaginables, rebosaba de comensales a una hora
medianamente temprana. Familias enteras,
hombres de negocio, algún turista despistado y mucho, mucho ruido. Un
trasiego de gente constante arrasando con los “baos” y los croissants por
igual. Como te despistaras un rato, el stock ya se había agotado.

Preferí no extasiarme. Tomé un taxi hacia mi destino, que me
depositó en un santiamén.
Mi reunión fue una de las que tildaría de intensas.
Preguntas lanzadas a diestro y siniestro. Un auténtico tercer grado. Gente
encantadora pero directa y puntillosa. Hicimos una pausa para comer. Habían
preparado un verdadero banquete con el Comité de dirección. Cuatro hombres,
tres mujeres y yo. Un restaurante llamado Lawry’s, uno de los más “posh” y
pijos posiblemente de la ciudad. Y, para colmo de mis alegrías, la especialidad
de la casa eran los enormes, sangrientos, suculentos y rojizos bistecs. ¡Todo
un acierto para una vegetariana! En estas ocasiones me trago mis principios y
prefiero dejarme llevar por la cortesía. Habían elegido el lugar con toda la
intención. No iba a ser yo quien les dijera que prefería un dimsum de
espinacas.
El comité de dirección al pleno me sometió a un tercer grado. Si ya
masticar la carne me venía cuesta arriba, además tenía que hacerlo con eternas
pausas. Las camareras iban disfrazadas con un modelito de falda de vuelo marrón
corta cortísima, un delantal blanco y una cofia a juego que más bien tenía que
ver con algún sueño erótico que con un buen paladar. Nos hizo un numerito para
echar la salsa sobre la ensalada, nos fue preguntando personal y dulcemente
nuestras preferencias y nos trató como clientes VIP, como Lawry’s hace con cada
comensal. El director general (un sudafricano jocoso y bromista) se despidió para
coger su coche (con conductor, claro está) mientras que nosotros cubrimos los
apenas cinco minutos de caminata de nuevo a las oficinas.
Otras dos horas de reunión me esperaban con Recursos
humanos. Salí de allí con la noche tras de mis espaldas. En apenas 20 minutos,
tras media docena de paradas de metro, llegué al Cosmos de nuevo.
Barajé varias opciones:
a) Subirme a la cinta, correr un rato y luego
premiar mi sudor con un jacuzzi.
b)
Saltar el trozo de la cinta y hundirme
directamente bajo el agua y la espuma
c)
Escaparme al mercadillo nocturno de Shilin.
Cualquier que me conozca levemente sabrá que opción tome…
En efecto, la C.
Desde mi habitación seguía observando esas hipnóticas luces
que siempre me harán soñar y volar hacia otros mundos. El “futuro” llegará un
día pero, ¡siempre nos quedará Taiwan!

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