Japón. Los japoneses. Todo ello es un espectáculo. Tal vez
es la brecha cultural, las diferencias tan tajantes en los usos cotidianos. Sea
lo que sea, no deja de sorprender y a mi me tiene todo el día muerta de la risa
(eso sí, bajita para no molestar, que esta gente es muy discreta).
Lo primero que me llamó la atención nada más llegar a Haneda
(el aeropuerto más cercano a la ciudad de Tokio) es el control de sanidad. Si
en Corea ya me reí con el chequeo, en Tokio te esperan dos señores muy muy
serios, con sendas mascarillas, escrutinizando cada pasajero pero, no te
relajes, porque una cámara que detecta la temperatura temporal te está
apuntando y les chiva hasta el calentón que puedas llevar. Cuidadín, que te
están observando.
La agilidad y orden son un rasgo imprescindible en esta
parte del planeta. Inmigración tampoco
podía ser de otra manera. Y luego la gente de información, tan formal, tan
amable, tan educada. La chica me anunció que no tenía otra manera de ir al
centro más que tomar un taxi, dadas las altas horas. Al cambio, 70 eurazos de
carrera para 20 kilómetros. El transporte privado es un lujo en esta ciudad. Me
sentí como LadyDi en sus últimos minutos en el túnel de Alma. La ausencia de
tráfico nos lo hizo más fácil y no tuve que santiguarme.
En resumen: Akihabara es pura diversión.
No me puse a explorar el barrio a la 1 de la mañana, que fue
cuando llegué, pero sí me quedé embelesada con la vista desde mi habitación en
el piso 17. Me habían hecho caso en mi humilde solicitud en la reserva “A nice
view to, at least, daydream while in my room”, les dije. Se portaron
extraordinariamente bien.
Coloqué cada pieza en su sitio. Lo único que no me cupo fue
el maletón, que no está previsto. Tendría que saltar de vez en cuando, pero
mirando a las vistas, ¿qué mas daba?

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