Los "protas"

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De madre aventurera, hija trotamundos. Una aporta la experiencia, otra el sentido común. La suma de las dos: una serie de vivencias inolvidables y unos recuerdos indelebles.

miércoles, 22 de enero de 2014

Tokio, la locura nipona

Japón. Los japoneses. Todo ello es un espectáculo. Tal vez es la brecha cultural, las diferencias tan tajantes en los usos cotidianos. Sea lo que sea, no deja de sorprender y a mi me tiene todo el día muerta de la risa (eso sí, bajita para no molestar, que esta gente es muy discreta).

Lo primero que me llamó la atención nada más llegar a Haneda (el aeropuerto más cercano a la ciudad de Tokio) es el control de sanidad. Si en Corea ya me reí con el chequeo, en Tokio te esperan dos señores muy muy serios, con sendas mascarillas, escrutinizando cada pasajero pero, no te relajes, porque una cámara que detecta la temperatura temporal te está apuntando y les chiva hasta el calentón que puedas llevar. Cuidadín, que te están observando.

La agilidad y orden son un rasgo imprescindible en esta parte del planeta.  Inmigración tampoco podía ser de otra manera. Y luego la gente de información, tan formal, tan amable, tan educada. La chica me anunció que no tenía otra manera de ir al centro más que tomar un taxi, dadas las altas horas. Al cambio, 70 eurazos de carrera para 20 kilómetros. El transporte privado es un lujo en esta ciudad. Me sentí como LadyDi en sus últimos minutos en el túnel de Alma. La ausencia de tráfico nos lo hizo más fácil y no tuve que santiguarme.


El Remm Akihabara, el hotel que había reservado, está en pleno centro del “distrito electrónico” de la ciudad. El centro neurálgico de todos los frikis del planeta. El ombligo del vicio: Grandes almacenes de electrónica con plantas enteras llenas de teléfonos, tabletas, aparatos indescriptibles y, como no, lo último en tecnología que todavía no se ha visto en otras partes del planeta. Incluso a  cualquier hora de la noche están que arden. La modernidad no duerme. Se codean además con los edificios dedicados a los vídeo juegos, los comics, el manga, que exuda ese erotismo difícil de entender para una mente occidental. Y, como no, casinos, esos antros de muchos colores, miles de filas, con cientos de máquinas de moneditas y esos rostros, con la mirada fija, esperando que la suerte les salude.
En resumen: Akihabara es pura diversión.

No me puse a explorar el barrio a la 1 de la mañana, que fue cuando llegué, pero sí me quedé embelesada con la vista desde mi habitación en el piso 17. Me habían hecho caso en mi humilde solicitud en la reserva “A nice view to, at least, daydream while in my room”, les dije. Se portaron extraordinariamente bien.

La habitación era de Pin y Pon, con apenas 20 metros cuadrados, todo medido hasta el extremo, pero cada detalle cuidado en exceso, desde el batín, el sillón de masaje, las diferentes conexiones, la supertele (que ni encendí), un baño increíble con ducha de lluvia, cosméticos de calidad, mucho gusto y un váter galáctico, con chorritos por todos lados, posibilidad de calentar el asiento y hasta graduar la intensidad (cariño, apunta, yo quiero uno de esos para nuestra próxima reforma). 


Coloqué cada pieza en su sitio. Lo único que no me cupo fue el maletón, que no está previsto. Tendría que saltar de vez en cuando, pero mirando a las vistas, ¿qué mas daba?

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