El bufé del Doulos poco tiene que ver con el Swiss. Tampoco su precio, pero, a pesar de que la leche sabía a rayos (será de yak?) con el café, el queso era de un amarillo sospechoso, y los tomates parecían sacados de un juego infantil, me han sabido a gloria.
Me las daba de tranqui y he salido con una hora de anticipación, dado que "san Google" me había dicho que podía cubrir mi ruta en 44 minutos. Pero no contaba con mi experimentado despiste. Yo, que soy así de cabezona, en lugar de usar el presupuesto de la empresa en coger un taxi, como una señora, he querido ir en metro a mi reunión. 18 paradas. Primero arrastra el trolley con el portátil, las banderas, la mascota y todas las ganas del mundo por un suelo que, casualmente, siempre es acanalado, con lo que no hace falta ni ipod ni nada para acompañar el paso. Además, bajo cero uno no se encanta con paseítos y va a velocidad vertiginosa hacia los lugares, con tacones o sin ellos.
Las interpretaciones fonéticas de los nombres coreanos - esos circulitos con sombrero, palitos y manitas a los lados- siempre crean confusión. Cada uno da su versión del tema y la denominación de una calle puede variar de un rincón a otro, de un mapa a otro o, incluso, de un hablante a otro. Eso no suele ayudar, pero por suerte en el metro hay letras latinas para aclarar conceptos y, a pesar de que no es la red más clara del mundo, tampoco es un gran secreto el poder aclararse. La vida subterránea convierte a los seres humanos en personajes totalmente autistas. A pesar de que la idea de espacio individual no existe tal como la vemos en estas latitudes (si no, que se lo digan al de mi lado que se ha puesto las botas cotilleando mis mensajes), se consigue a base de mirar fijamente a una pantalla o aislarse con unos cascos (sin importar el tamaño) sin percibir nada del contrario.
Lo difícil viene cuando subes a la superficie. En mi caso porque el mapa que había visto parecía muy sencillo, pero el metro suele tener entre 4 y 6 salidas y, si no aciertas con la que toca, te puedes ver en un entramado complejo. Por suerte, los coreanos van siempre provistos de la mejor tecnología con lo que, cuando preguntas por un lugar, aunque apenas te entiendan (yo, a su vez, les mostraba la dirección en la pantalla de mi móvil), sacan el aparatito, meten el nombre en coreano y con la app correspondiente, te dan el punto rojo (donde estás ahora) y el azul (donde te diriges). E incluso te muestran el google street y el color de la puerta a la que te diriges.
Resumiendo: He llegado tarde.
No mucho, apenas 5 minutos, pero para mi es una eternidad cuando se trata de negocios. Por suerte, lo han sabido entender y hemos retomado en una décima de segundo.
Si algo me gusta de mi trabajo es la capacidad ilimitada para aprender y, si además vienes al otro lado del mundo, las comparativas son más que divertidas. Los coreanos son, como muchos orientales, muy "raritos" en el mundo laboral. De hecho, teníamos prevista una celebración tras la reunión y les he dado un discurso cortito. Ya me lo habían advertido: Me han frito a preguntas. Inteligentes, además. Todo un lujo. Después, han aparecido tartas, dulces, fruta y otros manjares y yo, mientras hablaba con el director general y mirábamos pequeños detalles, me he percatado de que nos habíamos quedado solos. Se habían vuelto todos corriendo a currar. Para una ocasión de escaqueo que tienen y ¡no la aprovechan! ¡Viva la fiebre laboral!
Aunque me había prometido volver en taxi, me apetecía más caminar y volver a meterme en la locura del metro. En otros 40 minutos estaba de vuelta en el hotel, poniéndome las botas de siete leguas, los pantalones más calentitos y descargando con los bultos de currar. Eran pasadas las cinco.
A las 6 me he dado cuenta de que tenía un hambre feroz. En realidad, desde el desayuno, sólo había comido un trozo de tarta. El chico de recepción, mapa en mano, no sabía a dónde enviarme, pero hacía unos circulitos estupendos en el papel. Aunque la noche era fría, con un gorro, unos guantes y un paso ligero era más que soportable.
| La puerta |
Me he acercado hasta la zona de Dongdaemun, donde supuestamente había un gran mercado nocturno. Lo que me he topado ha sido una magnífica puerta monumental, Heunginjimum, que hace las veces de rotonda en medio de una gran avenida. Del mercado veía retazos, puestecitos y muchas luces, pero no sabía si debía localizarlo de una forma más concreta. Lo primero y principal, comer. Así que me he metido en el barecito más local que he encontrado y me he zampado unos udon, que es una inmensa sopa con fideos gruesos, verduras flotantes no identificadas y unos platos que le acompañan con col que te deja la boca dormida y una especie de nabo crujiente apenas cocido.
| Udon |
De hecho, el shopping complex es una inmensa estructura con varios pisos, todavía estilo tradicional, pero se convierte en un inacabable pasillo con tiendas a ambos lados, especializadas por género (empiezas con guantes, sigues con bufandas, te pones unas bragas, algo más en los pies y, por supuesto, acabas con un buen sombrero)
En el camino de vuelta, ya había divisado yo un lugar con mucha animación y pinta de tener vidilla, pero al entrar en Gwangjang, me sentí como en casa. Hileras de chiringuitos de comidas, rodeados de bancos, con decenas de personas, parrillas humeantes, señoras trabajando incansablemente, dando vueltas a las típicas tortas coreanas, cientos de olores, sabores y color emborronado por el humo que envolvía la escena. Había saciado mi hambre, pero tenía que sentarme a comer.
Lo complicado es elegir qué comes y dónde lo vas a hacer. Lo mío ha sido puro espíritu práctico. Parecía que había huecos en un banco y le he pedido a la señora que me pusiera "una de esas". "Son 4000", me ha respondido. Pero, hete aquí que el banco pertenecía a otro negociete y a ella sólo le quedaba una pequeña mesita en el local de 15 m2 repleto de varones coreanos. La he mirado interrogándole si estaba bien que yo entrara allí y me ha mirado con cara de poker.
En medio de mi ataque directo a la tortita (que está hecha de un cereal local y verduras varias, sobre todo con la base de brotes de soja), se ha acercado uno de los chavales que estaban en el rincón. Lo primero que me ha dicho es que, sin ánimo de ofender, la versión coreana de "qué hace una chica como tú en un sitio como este". No está prohibido, ni mal visto. Simplemente, es peculiar.
Nos hemos enzarzado en una animada conversación sobre viajes, política internacional, economía y vivencias varias. Trabajaba para un banco de los gordos y se dedican a otorgar líneas de crédito a países que lo solicitan (creo que a España la tienen tachada de la lista) y me ha puesto al día en unas cuantas normas.
Panza plena y diversión completa, era hora de volver a casa. Pensaba dar un paseo, tomar un té, picar algo dulce, pero estaba harto cansada y quería dormitar, recuperar horas de sueño y prepararme para todo un sábado por delante.

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