Por razones obvias: porque no hay país más organizado en el
mundo. Se lo han ganado a pulso.
Si lo hubieran intentado con Indonesia, o con Vietnam,
incluso con Tailandia, seguro que en alguna ocasión el astro rey se lo habrían
dejado en algún carromato u olvidado en un rincón. Seguramente tomando un té en
una esquina, o un “pho” en alguna acera atiborrada. Pero los japoneses no…
Seguro que tienen un circuito integrado con un chip supergaláctico que enchufa
en sol todos los días y, además, hasta controlan la intensidad.
¿Qué nación, si no, haría ladrillitos de arroz para ponerles
un sombrerito de pescado para luego mojarlo en un batiburrillo de salsa salada
y pasta rabiosa a morir, y zampárselo todo de un bocado?
¿Quiénes esperarían pacientemente – siempre- a que el semáforo
se ponga en verde para cruzar? Ya pueden estar en medio del Kalahari, con tres
coches al año de media que no, no atravesarán la calle hasta que no obtengan
permiso.
¿Acaso alguien deja salir antes de entrar? Por supuesto, los
nipones, además, se apartan a un ladito. Para que no les pises sus brillantes
zapatos y, por supuesto, no les roces de más.
¿La pasión por el karaoke? ¿La locura de disfrazarse como las muñecas manga? ¿La ausencia total de vergüenza propia y ajena? (esa última me encanta, ¡si señor!)
¿Y qué me decís de las mascarillas? Yo todavía no sé si es
para protegerse ellos o para cuidar al mundo exterior. ¿Será que se levantaron
con un germen en la almohada? ¿Su escáner particular detectó un organismo
agresivo? Yo estoy convencida de que algún avezado empresario les ha convencido
de que es necesario usar esos tapabocas tan desagradables. Eso sí, no se os
ocurra nunca (repito: Nunca) toser en el metro. Os jugáis la expulsión del
país. Vetados forever. Con esas cosas no se juega. Uno de mis momentos más
críticos en estas últimas semanas fue cuando sentí un picor de nariz. Ni
siquiera estaba en el vagón, sino en los pasillos, pero de pronto todo se
nubló. Cesé de respirar por unos segundos, me concentré en los transeúntes y en
ese anuncio amarillo con un dibujo de un señor grosero y maleducado soltando
gérmenes en público. Conseguí no estornudar (con lo que a mi me gusta esa
sensación), miré a mi alrededor y salí dando saltitos.
La verdad es que Japón es otro mundo. No es de extrañar que
les vaya como les va. Son especiales.
Me hubiera quedado a explorar un largo rato la cultura
nipona unos días más, pero tenía que dar el salto a Taiwan. Después de una
reunión fructífera e intensa, tomé fuerzas con un plato de muchas cosas juntas,
todas ellas crudas, que me provocó un intenso retortijón. Mi sistema digestivo
no está habituado a tales palizas. Pero, prueba superada, recogí los trastos
del hotel, seguí al pie de la letra las instrucciones del recepcionista para
llegar con metro y tren a Narita y ahorrarme los 140 euros de taxi que te
sugiere el tarifario. Una barbaridad (y más aún cuando tienes un tren expreso
estupendo que te deposita en 40 minutos).
Sayonara, Japón.

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