Compré un ticket de taxi prepagado para ahorrarme dolores de cabeza y, tras caminar otros 300 metros (más los 700 que te hacen patear por la pista hasta que puedes encontrar la salida) y sin mucha más dilación, estaba de conversación con un conductor dicharachero y escuchando a los Escorpions de fondo.
Si hay algo que - definitivamente- te deja absorto a medida que te acercas a KL, es la visión de las torres Petronas. Son hipnóticas. Desde lejos, desde cerca, de día o de noche, no puedes dejar de mirarlas porque, aparte de altas y sobresalientes, son bellas. Sinceramente, las encuentro mágicas. Por suerte, mi hotel estaba justo a la vera verita de las torres, con lo que mi cuello se iba girando constantemente para poder observarlas.
Era bien pasada la medianoche cuando Danny me recibió con la mejor de sus sonrisas y me ofreció algo de beber. Estaba tranquilo, así que nos pusimos a conversar y se emocionó cuando supo que había visitado la zona de la que proviene. Ya tenía un aliado dentro.
La verdad es que el hotel era impresionante. Aunque mi habitación estaba en el piso 7, era más bien un piso. Cerca de 50 metros cuadrados, con una inmensa entrada, comedor, sala, cocina y un baño espectacular. Un piso de lujo, a decir verdad.
Pero el reloj biológico es un puñetero y a las 7 estaba con los ojos abiertos. Después de pelearme con la almohada y dar unas cuantas vueltas, lo siguiente que supe es que housekeeping venía a hacerme la cama. Justo a tiempo para lavarme la cara y bajar a desayunar.
El buffet del restaurante era para quitar el hipo. Eso sí, para los rezagados como yo, hay que avisar que hagan acopio de comida antes de que lleguen las 10.30, porque a las 10.31 no queda absolutamente NADA. Todo se retira con una celeridad que asusta.
El plan era claro y sencillo. Piscina, relax y calma.
En Kuala Lumpur el 99% de la población, fija y fluctuante, hace lo mismo: Comprar. Cuando preguntas a cualquier hijo de vecino lugares interesantes, te señalan todos los centros comerciales, esos gigantes "mall" con marcas de lujo y caprichos para todos los bolsillos (siempre que estén lo más llenos posible). Yo no quería encerrarme en un laberinto, ni tenía pensado volverme loca comprándome modelitos. En el mapa vi que había una mezquita, un barrio chino y un "Mercado central".
El reto fue encontrar la parada de metro. Indicación básica: Bajo las Petronas. Perfecto. Las torres las encontré a la primera. Punto para mi. Incluso me metí y, después de varias intentonas, hasta supe encontrar la taquilla. ¡Ingenua de mi! Me habían avisado que había cola todos los días y aquello estaba tan despejado que pensé que era entradas para la filarmónica. Resultó que ya se había vendido el pescado. No sólo para el sábado, sino también la pre-venta para el domingo. El chico, muy majete él, me dijo que si quería pillar algo, mejor estuviera a las 8, incluso a las 7.30.
En unas cuatro paradas, me bajé para ver una de las mezquitas más icónicas de KL, Masjid Jamek, pero estaba cerrada por rezo en esos momentos. Me conformé con verla desde fuera y echar unas fotos desde la barrera. Me encaminé hacia el mercado central, que estaba a dos pasos.
La zona donde está Pasar Deni es cutre y decadente. Las casas se pelan como quemadas por el sol, se desescaman como serpientes renovadas, sólo que la segunda piel no aparece por ningún lado. El mercado es un gran edificio azul pastel donde se apiñan decenas de tiendas de recuerdos. El ambiente es tranquilo y relajado, nadie de agobia, ni te llama al interior de las tiendas. Se puede pasear con toda tranquilidad. Los malayos, en general, son muy relajados. Después de reponer fuerzas también con un par de dim-sums, me acerqué a Chinatown, a la vuelta de la esquina.
Nada mejor que sentarse con un zumo de algo (es lo que había pedido, aunque vino un vaso de agua con cosas flotando) y observar el devenir de la cotidianeidad. El inminente año nuevo chino, el año del caballo, daba forma a muchas de las ofertas propuestas. Aproveché para comprar también mis bien amados caramelos de gengibre y decidí empezar a plegar alas.
Entre tanto, los monjes proseguían su marcha habitual. Llegué justo a la hora en que lavaban y vestían los iconos, mojándolos con agua y jabón, poniéndoles coronas de flores y vistiéndolos con telas brillantes. Acabaron invitándome a té y pakhoras, el pequeño tentempié de los voluntarios.
Pegué un bocado, recuperé fuerzas y me fui a disfrutar de ese espectáculo nocturno que son las torres iluminadas. Obviamente las "selfies" no salen tan sofisticadas cuando el brazo no da para más, así que una chica me preguntó si quería ayuda para tomar una foto. La verdad es que hasta en eso he llegado casi a la autosuficiencia. Lo bien que funciona el autodisparador!!!
KL estaba pletórico, radiante y vivo. Los bares de las aceras rebosaban de actividad, música y marcha.
Momento de retirada para mi. Un baño de vapor, una sauna, un jacuzzy, a recuperar fuerzas y a la cama.
