A las 6.20 despegaba nuestro vuelo rumbo a Bali.
9.30 horas balinesa (una mas) aterrizabamos en la terminal domestica, mezcla de rustica y cutre por igual. En proceso de renovacion, caotica y poco atractiva. Eso si, con la ventaja de que tenia unas sillas fantasticas donde te podias acostar. Con 4 horas de transito hasta nuestro proximo vuelo eso invitaba a gritos.
Hubo un pequenyo retraso pero sobre las 14 horas despegabamos rumbo a Maumere. Un pequenyo avion de helices que sobrevolo sobre la ristra de islas que empezamos a contar pero... cuando ya creimos haber pasado Komodo 3 veces, dejamos nuestro mapa mental y disfrutamos de la vista. Areia durmio todo el camino.
| Aterrizados en Maumere |
Atardecia al llegar a Maumere. La guerra de taxis estaba en la entrada. Negociamos un precio para que nos acercara a algun hotel junto a la zona de playa, a unos 25 kms de la ciudad. Una cantidad abusiva, pero no teniamos ni ganas ni fuerza para discutir. Nuestra primera opcion, Sunset hotel, estaba lleno. Wodong, 2 kms mas alla, tambien. Con cara de interrogante nos anunciaron que Lena y Ankermi tampoco disponian de habitaciones. Nuestro gozo en un pozo. Con un total de unos 24 bungalows no habia opcion alguna. Dormir en la ciudad es lo que quedaba. En nuestro coche se habia colado Christian, un rasta con tarjeta de guia y la intencion de dirigirnos por Flores. Creo que se dio cuenta de que no habia escogido la mejor opcion. Las cosas no cuadraban y estabamos realmente agotados. Se atrevio a pedirnos el doble de lo pactado por el taxi, ya que nos llevaba de vuelta al pueblo. Le dije que ni hablar, que no pagaba un duro mas. Ya se habian columpiado con el precio que, para mi forma de ver, incluia tambien la vuelta (claramente tenian que regresar) asi que no soltamos una rupia mas. No tenia ganas de discutir y reconozco que fuimos un tanto secos, pero andabamos escasos de humor en esos momentos y la pelea de la salida del aeropuerto por conseguir conductor ya nos habia dejado exhaustos de sonrisas.
Finalmente recabamos en un hotelito de la ciudad cuyos duenyos, Antonio y Maria, son un amor. Organizamos el desayuno para las 7 y una moto para las 8, con la idea de situarnos, encontrar plan y organizar nuestra agenda y nuestras cabezas. Nos dieron un spray para fumigar la habitacion pero no de los temidos mosquitos, sino de unas simpaticas cucarachas que campan con libertad por la propiedad. Tras recoger algunas patas arriba, agonizantes y pidiendo ayuda, nos tiramos, espatarrados, felices y agotados, pensando en lo que nos esperaba un "manyana".

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