Los "protas"

Mi foto
De madre aventurera, hija trotamundos. Una aporta la experiencia, otra el sentido común. La suma de las dos: una serie de vivencias inolvidables y unos recuerdos indelebles.

lunes, 24 de agosto de 2009

Cerrando capitulos




Nuestro último día en Maputo.

Eso sí, antes aprovechamos el sábado noche todo lo que el cuerpo lo permitía. Después de salir de internet y, ávidas por hacer algo respecto al caso "cuaderno", nos fuimos al super más cercano y compramos una libreta, obviamente no tan "glamourosa" pero al fin y al cabo, libreta. La adjuntamos al boli de cuatro colores y la dejamos en una bolsita en el local para que la destinaran a la niña con una nota de "gracias" y un par de besos.

Kristen llamó y quedamos en que pasarían a recogernos sobre las 19.30. Vinieron acompañados de Owen, un holandés que tiene por delante 13 meses de recorrer mundo.

A petición mía acabamos cenando en Mundo's, un local tremendamente popular con los mozambiqueños, con una gran variedad de ambientes y de carta pero, sobre todo, una zona de juegos infantiles brutal. Areia batio records comiéndose la cena y desapareció entre tubos, toboganes, colchonetas, zapatos ajenos, nuevos amigos y vocabulario recién estrenado en portugués.

Jack y yo acabamos sucumbiendo ante un
stir fry y rematando la comida con un "blow job" (yo no escogí el nombre, de verdad) que era un chupito con muy buena pinta y una gran combinación. Demasiado llenas para postre pero con un "sweet tooth" y ganas de rematar con algo dulce (y la opción del café quedaba desechada)

Era casi medianoche cuando apagábamos la luz.

Espeluznante, diría yo...

Ni que decir tiene que a las 9 del domingo Areia empezaba a abrir el ojo. Yo no logré cerrarlo. No sé si fue la combinación explosiva, la poca costumbre de tomar alcohol (ridiculísima cantidad, pero alcohol al fin y al cabo) pero pasé la noche dando vueltas, con pesadillas y sin poder dormir. Aún se me hizo más largo por el hecho de que la peque no despertaba ni a tiros. Cuando por fin saltó del lecho, era tarde para acudir al desayuno. El restaurante estaba cerrado. Decidimos acercanos al Surf a por nuestros pastelitos.

Cerrado.

Bajamos algo más por la 24 de Julho. Una panadería con apenas algunos bollitos. Maputo estaba muerto. Desierto. Volvimos a trillar la calle y acabamos a unos 15 minutos del hotel, en una panadería regentada por hindúes. Zumo, galletas, "bolos de açucar" y un café con leche. Eran casi las 11 cuando lográbamos llenarnos el estómago.

Pasamos por el centro de antiguos combatientes de guerra. Se veía mucha actividad, la gente cantaba, reía y se saludaba. Yo quise entrar pero Areia tuvo un apretón de órdago, así que optamos por retornar al hotel. Algo no andaba bien del todo, así que establecimos dieta blanda por si acaso. Aunque ella estaba como una flor. Empaquetamos las mochilas y dejamos todo listo ya para la salida. Eran las 11.30.

La ciudad estaba medio dormida. Los comercios, todos cerrados, excepto algunos pocos de restauración (pero apenas una cuarta parte) y en la calle apenas alguna chapa urbana, algún coche perdido y algún peatón despistado.

Hicimos incursión a la parte alta de la ciudad, caminando tranquilamente, observando el lento palpitar dominical y buscando la oficina de Médicos sin Fronteras. Por fin la ubicamos. Allí dejamos los restos de nuestro botiquín, puesto que, a pesar de tener clínicas cercanas, preferí dejarlos en manos de una ONG por miedo a que se acabaran revendiendo. Sobre todo había buenas dosis de antimalaria y algunos antibióticos, la mayoría infantiles.

Es curioso ver la transformación de una ciudad de un día para otro. La frenética actividad diaria, los pitidos de las chapas, el caos circulatorio, los vendedores de recargas, todos ellos se habían tomado el día libre. Algunos vendedores de flores, otros de frutas, algún que otro de chicles y galletas. Poco más destacable. Mucha calma.

Podíamos haber optado por ir a la Costa del Sol, la playa más cercana a la ciudad, pero puesto que ya no teníamos habitación, ni posibilidad de desmontar todo, ni ganas de andar escachuflándonos (incluso por 6 kms) en chapas, ni queríamos preocupaciones por no tener un baño a mano, optamos por ir al Shopping Center.

Reducto de civilización, guetto de modernidad, edificio de cristales y neones, el Maputo Shopping Center está en la parte baja de la ciudad, junto al puerto. El supermercado es tremendamente popular y vibraba tremendamente en domingo. La clase media y alta maputense colonizaba cada esquina. Niños de domingo y, sorprendentemente, muchísimo musulmán ataviado con sus mejores ropas. Me llamó la atención porque no era día de fiesta islámico, al menos aparentemente. Luego averigüé que acababan de comenzar el ramadán pero vi que todos, sin excepción, llevaban estrictamente el "uniforme" adecuado.

Subimos al último piso, la zona de restaurantes, para tomar algo. Un bol de arroz blanco para Areia. Yo pedí una sopa de pescado por si la peque podía aprovechar algo del caldo y una ensalada marroquí, repleta de cous cous, yoghurt y diversas hierbas. Exquisito todo ello. No pude ni acabarla.

Pasamos la tarde merodeando por la zona, aprovechando cada sorbo y bocado para jugar, escribir, dibujar y hacer comentarios. Estabamos de total relajo.

Un par de batidos más tarde y tras algún que otro sandwich (parecía que el estómago de Areia se comportaba) fuimos a por una maleta del tamaño adecuado para poder cruzar la "frontera Ryanair" sin demasiados bultos. Nos hicimos con un pequeño "carry on" y así colocamos piezas sueltas dentro para no andar con todo colgando. Subimos al hotel, organizamos trastos y acudimos a nuestro último homenaje a Mimmo's, el restaurante favorito de Areia en Maputo.

A las ocho en punto teníamos un taxista en la puerta. En un cuarto de hora estábamos en el aeropuerto. Totalmente desierto, no había rastro siquiera de los mostradores de facturación.

El aeródromo de Maputo (¿o se merece la denominación de "aeropuerto"?) es un edificio de dos plantas, unos 200 metros de largo (se ve perfectamente de una punta a otra) y unos 50 de ancho. A un lado, algunas ventanas de líneas aéreas. A otro, alguna tiendecilla y unos paneles de separación traslúcidos. Los dos paneles de información anunciaban 4 llegadas y una salida. "La" salida era la nuestra, el único vuelo previsto en las siguientes horas.

Pregunté dónde facturar y me dijeron que hasta las 21 no abrían los mostradores. Nos topamos con Laura y Alejandro, que hacía un rato ya se agazapaban en la cafetería del piso de arriba. Algo más tarde de las 21 abrieron y nos enviaron directos a la ventanilla de TAP a por un número de referencia de billete electrónico. No hay sistema centralizado, así que tocaba ir a averiguar otro código. A la señora de facturación mi mochila se le antojó demasiado grande (ella, tan menuda que es y que siempre viaja conmigo encima) así que la facturé, no sin antes sacar las llaves de casa. Y le puse una velita a algún santito para que llegara.

Matamos algo de tiempo en la cafeteria del primer piso, un lugar amplio y cómodo, y hasta con pianista en vivo. Todo un lujo para un antro como es el edificio al completo. Quemamos los pocos "meticais" que nos quedaban y conversamos animadamente con nuestros amigos.

Quedaban los trámites más engorrosos, inmigración, seguridad, policía. Todo bien. Sólo el funcionario de turno me señaló (sin siquiera pronunciar palabra) que mi pasaporte estaba en ascuas, medio despegado y cayéndose a trozos. Ya lo sé, el pobre lleva mucha tralla pero no puedo hacer más que esperar a que no se desvencije del todo. Le quedan 4 páginas libres. Cuando ya no quepa más, sacaremos uno nuevo.

La sala de embarque estaba repleta de viajeros y turistas. Algún portugués, mucho (muchísimo) italiano y un atajo de españoles. Mozambiqueños, pocos. Pasamos control, caminamos por la pista y al dar la medianoche estábamos sentadas en nuestro asiento de cola, con 11 horas de vuelo por delante.

Areia ya estaba dormida...

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nos encanta que nos contéis cosas, así que no seáis tímidos...

¿Qué toca hoy?

¿Qué toca hoy?
Lo que nos depare el día (por cierto, ¡son de verdad!)