Los "protas"

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De madre aventurera, hija trotamundos. Una aporta la experiencia, otra el sentido común. La suma de las dos: una serie de vivencias inolvidables y unos recuerdos indelebles.

martes, 25 de agosto de 2009

Boa viagem!


11 horas de vuelo. 11.

De ellas, Areia durmió 9.

Yo, ninguna.

Es lo que tiene tener ese don para no dormirse en ningún transporte público. He de decir que los de TAP te lo ponen fácil y hacen lo imposible por que te quedes dormido. Ningún tipo de entretenimiento. Cero.

Cenita a los 30 minutos de vuelo, una vez estabilizado el vuelo. Cuando todo el mundo está medio dormido, una peli que ya nos pusieron a la ida. Para entonces, tal vez las 3 de la mañana ya. Después, luces apagadas, ventanas cerradas y nada. Hale, todos a descansar y el que sufra de insomnio que aguante su vela. Hasta me sabía mal encender la luz individual. Era la única. Dejé el libro (por cierto, una novela que compré en el Shopping de Paulina Chiziane, la única escritora de novelas mozambiqueña que me está sorprendiendo bastante) apartado e intente encontrar posición para dormirme. Sobre mi, las patucas de Areia, las mantas entrelazadas. Mi almohadón forrando el apoyabrazos que se hallaba levantado. Ni con esas. No hubo forma de dormir. Canturreé, pensé, dejé de pensar, volví a escudriñar otra vez, cerré los ojos, los abrí, fui al baño, volví, paseé por el pasillo, observé al resto descansando, sonreí solidariamente a los que, como yo, no pegaban ojo...

Hasta las 8 -hora de Portugal- (las 9 mozambiqueñas) que empezaron con el desayuno. Poco antes las ventanas se estaban abriendo y el vuelo empezaba a desperezarse. Areia abrió un ojo y esbozó una gran sonrisa y un "mamiiiiiii" entre bostezos y estiramientos. Estaba descansada.

Aterrizamos a buena hora, en un vuelo movido pero sin complicaciones (es lo que tiene estar en cola, se nota TODO), con el tiempo justo para el enlace con Madrid, donde aterrizábamos también a las 14.10.

Llegó la mochila, eso sí, con el bolsillo de arriba totalmente abierto y ni uno sólo de los cargadores que habían asomado previamente cuando saqué las llaves de casa. Se lo había puesto a huevo. La azafata me había preguntado: "Es eso equipo electrónico?". A lo que le contesté: "No, un cargador tan sólo". Había firmado mi sentencia. Se revenden de segunda mano en cualquier calle de Maputo. Lo que no saben es que dos de los tres son de cámaras de fotos, sin ninguna utilidad para ellos. Y yo tendré que volverme loca buscando repuestos.

Espero que, al menos, les sirva para poner algo de proteinas al arroz de esta semana.

La espera en Madrid fue lo más pesado. Tres horas hasta nuestro vuelo de conexión con Valencia y una terminal 1 con poco entretenimiento. Yo estaba agotada. Areia me preguntaba si estaba triste y me hacía reir como ya sabe ella hacerlo.

- No es tristeza, Areia, es puro cansancio.
- No me gusta verte así, vas a ver qué pronto lo cambio.

Y con estas, me empieza a imitar a una cantante con su voz grave y sus gorgoritos. No puedo evitarlo, lo hace tan bien que me descojono. Y ella me mira con su sonrisa de dientes caóticos y hasta se me olvida el cansancio.

Pasamos el control exhaustivo de equipajes de la aerolínea. Estaban generosos y demasiado ocupados. 35 minutos de vuelo para llegar a casa, un trayecto que conozco de memoria porque lo hago varias veces al mes por trabajo. Y por fin, a las 19.15 pisábamos tierras de azahar y azul intenso.


Por fin en casa.

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