Los "protas"

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De madre aventurera, hija trotamundos. Una aporta la experiencia, otra el sentido común. La suma de las dos: una serie de vivencias inolvidables y unos recuerdos indelebles.

lunes, 25 de marzo de 2013

El gran escaparate de Axum y el rosario de salida a Tigray.



Si hay una cosa que me apasiona de todos los países del mundo son los mercados. Tal vez porque concentran lo mejor que se puede ver de una nación. Primero, sus habitantes y las poses que mantienen en su actitud de compradores y vendedores. Ni hablar por supuesto del arte del regateo. Y, como no, porque aglutinan un crisol de culturas, vestimentas, peinados, estilos, costumbres. En ellos puedes ver con toda tranquilidad el génesis de aquello que tienes en el plato a diario y puedes entender con detalle el porqué de otras muchísimas cosas. 

Tesfay nos esperaba a las 9 en la puerta del Abinet. Habíamos podido desayunar ya y dejar las mochilas preparadas. Se ofreció a guiarnos por los mercados (en Axum se debe hablar en plural) y a mostrarnos sus entresijos.

Para abrir boca, nos dimos un paseo a las afueras de la ciudad. En un inmenso recinto amurallado ex profeso para la ocasión, se empezaban a reunir cientos de cabezas de ganado. De las poblaciones vecinas (incluso hasta más allá de 20 kms) llegaban pastores con sus pequeños rebaños (4 ó 5 ejemplares) para ponerlos en venta. Por orden de peso económico estaban los bueyes (unos 7000 birrs), las vacas (3000), las ovejas (400) y las cabras (250/300). Eso, claro está, precio matinero. Si vas cercano a la puesta de sol, te los puedes llevar por la mitad porque el dueño no tiene ganas de pasearlos de vuelta. El entorno era cien por cien masculino. Sólo los hombres dirigen el cotarro animal. Ellos, al fin y al cabo, son los que controlan las grandes finanzas. Tres chiringuitos con “ten’a”, una bebida local, eran el único toque festivo del lugar. Para ser un lugar lleno de animales, el suelo estaba impecable, pero no era de extranyar, dado que habia varios chavales recogiendo con sus barrenyos las mierdecillas (por ser discreta) de todos los animales, sobre todo las monyigas de las vacas, que hacen una fantastica funcion de combustible para el hogar.

El sol empezaba a pegar fuerte, así que nos movimos de nuevo al centro de la ciudad, topándonos con lo que era ya el mercado de alimentos. La escena era irreal. Diría cientos, pero más bien me aproximo a miles (sin exagerar) de mujeres sentadas en un orden imposible, sin apenas espacio para maniobrar, entre sombrillas (técnicamente paraguas), sacos de grano, niños, piernas, mulos, compradores, ladrillos, pedruscos, obstáculos espontáneos… Un caos milimétricamente organizado donde se ofrecían granos de todos los tamaños y colores. Andábamos –literalmente- saltando entre las féminas, observando el aspecto del tef (el ingrediente básico de la injera), estudiando el maíz local y maravillándonos ante la diversidad de alubias. Poco más allá, las vendedoras de gallinas y huevos exhibían plumas y pequeños montoncitos de frágil mercancía. Detrás, enjambres de abejas anunciaban sin necesidad de neón los vendedores de miel. No cabía decir que era pura. Una masa blanca, con las abejas inclusive mezcladas entre la informidad y un olor dulce e intenso. En un rincón, media docena de hombres intercambiaban aperos para la tierra. Poco más allá, un par de herreros mostraban su mercancía. Lo que nosotros pensábamos que eran clavos decorativos, resultaron ser peines para trenzar. Y otros utensilios que nos hubiera costado adivinar. 

En la zona más amplia y extensa, se encontraba la fruta y la verdura. Dejados caer en medio del gentío, unos edificios alargados constituían las zonas de almacenaje. Tomates con dominio del amarillo y apepinados, coles del tamaño de balones de fútbol, espinacas con habitantes en sus contornos y otros especímenes tremendamente atractivos que luego no se dejan ver en las mesas de los restaurantes y sólo se cuelan en la privacidad de sus cuatro paredes. 

El mercado de camellos estaba en declive. No sabemos si por el calor o porque estos animales se cotizan a 30.000 birrs, pero el caso es que apenas había media docena. Estaban entre las especias y los plásticos chinos. En los primeros pasillos era inevitable cruzar con carraspera y tos intensa (la inhalación del polvo ya es mortal), en los segundos la sobredosis de color podía marear. 

Estábamos totalmente fascinados con el espectáculo. La vida de Axum parecía haber resucitado y el panorama que allí se ofrecía era de total vitalidad. Las mujeres acuden con sus trajes habituales, donde el blanco siempre domina en sus parcas túnicas, tal vez con algún toque de color en el bordado. Algunas, más modernas, blanden unos modelos de telas asiáticas, de dudoso gusto pero que, por suerte, rematan con una toca de algodón blanco que les da uniformidad y que resalta más aún la belleza de sus rostros. El peinado local lleva el pelo trenzado a ras de cabeza hasta la nuca, donde el resto de la cabellera de deja suelta, conformando una curiosa silueta desde cualquier ángulo. Muchas de ellas, sobre todo con cierta edad, tienen unas trenzas sobre la frente en forma de T invertida que les confiere un toque de dignidad.

Para rematar, acabamos bajo un inmenso árbol en la entrada del pueblo, a cuya sombra se guarece el mercado de cestas. Piezas que pueden costar entre 3 semanas y un mes y medio, según tamaño y complicación, pero todas ellas trabajadas en paja primero y rematadas por hilo de color. Auténticas obras de arte. Tuvimos que regatear duro para llevarnos un pequeño plato, pero según Tesfay, conseguimos un precio excepcional.

Eran pasadas las 12 cuando estábamos sentándonos ya en un sombrajo para degustar un zumo de frutas local. Tesfay había además contactado con Fraser, un mafioso local en manos de un coche digno, que tenía que volver a Mekele de vacío y que tal vez nos podía acercar a Wukro, nuestro próximo destino. Ya teníamos claro el precio del transporte público por nuestra incursión de la tarde anterior, así que sabíamos que tarifas estábamos manejando. Empezó por hablar en miles, para acabar en una oferta de 500. Nosotros nos habíamos puesto el tope en 300, con un margen de un 20%. Al final no llegamos a un acuerdo, así que nos tiramos al ruedo y empezamos nuestra peregrinación al corazón de Tigray.

Nos despedimos de nuestro propio guardián con pena en el corazón y, sobre todo, de saber cómo quedará su próximo vídeo mundial, sus medallas olímpicas en natación o su master en derecho internacional. De seguro que llegará lejos (no tengo ninguna duda al respecto) y seguirá sonriendo con esa extrema vitalidad.
Durante la larga tarde nos acordamos de las palabras de Tisfay: “The road is very fantastic” unas cuantas veces. El primer tramo hasta Adwa (45 minutos) fue un auténtico lujo. Incluso el segundo que nos llevó a Adigrat, en un impecable minibús donde nos pudimos adueñar de la ventanilla (ignorando las quejas de la señora de delante, a quien le debió parecer una atrocidad que nos diera de esa forma el viento en la cara). Eran ya cerca de las 17 cuando nos disponíamos a emprender nuestro último trayecto. La discusión no tardó en llegar. Los buses directos ya no salían y lo suyo era pagar el ticket completo a Mekele y bajar en Wukro. Finalmente llegamos a cierto acuerdo, ocupamos 3 sitios dignos y emprendimos el que fue el más penoso de todos, con amplias zonas de la carretera barridas por la lluvia y un asfalto casi desaparecido. 

Entramos en Wukro a oscuras ya, sin más referencia que el nombre de la misión (Saint Mary’s). Para nuestra suerte, una señora tuvo una repentina iluminación y nos soltó el nombre de Ángel Olarán en tigrinya, algo así como Abba Maleku (padre Ángel) y su marido tuvo la amabilidad de acompañarnos en un bajaj, negarse a que lo pagáramos nosotros, y llevarnos casi de la mano, puerta por puerta, por la calle donde se encuentran los diferentes departamentos de la misión.

La visión súbita que tuvimos, en medio de aquella oscuridad, de un comedor repleto de gente blanca y hablando en español nos dejó en estado de shock. Eso sí, en menos de un minuto estábamos sentados a cenar, paliando el traqueteo de un día sin descanso, engulliendo verduras (y Areia saltando ante la visión de unos trozos de salchichón), mojando el pan en aceite de oliva y disfrutando de una gran compañía.

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