Si hay una cosa que me apasiona de todos los
países del mundo son los mercados. Tal vez porque concentran lo mejor que se
puede ver de una nación. Primero, sus habitantes y las poses que mantienen en
su actitud de compradores y vendedores. Ni hablar por supuesto del arte del
regateo. Y, como no, porque aglutinan un crisol de culturas, vestimentas,
peinados, estilos, costumbres. En ellos puedes ver con toda tranquilidad el
génesis de aquello que tienes en el plato a diario y puedes entender con
detalle el porqué de otras muchísimas cosas.
Tesfay nos esperaba a las 9 en la puerta del
Abinet. Habíamos podido desayunar ya y dejar las mochilas preparadas. Se
ofreció a guiarnos por los mercados (en Axum se debe hablar en plural) y a
mostrarnos sus entresijos.
Para abrir boca, nos dimos un paseo a las
afueras de la ciudad. En un inmenso recinto amurallado ex profeso para la
ocasión, se empezaban a reunir cientos de cabezas de ganado. De las poblaciones
vecinas (incluso hasta más allá de 20 kms) llegaban pastores con sus pequeños
rebaños (4 ó 5 ejemplares) para ponerlos en venta. Por orden de peso económico
estaban los bueyes (unos 7000 birrs), las vacas (3000), las ovejas (400) y las
cabras (250/300). Eso, claro está, precio matinero. Si vas cercano a la puesta
de sol, te los puedes llevar por la mitad porque el dueño no tiene ganas de
pasearlos de vuelta. El entorno era cien por cien masculino. Sólo los hombres
dirigen el cotarro animal. Ellos, al fin y al cabo, son los que controlan las
grandes finanzas. Tres chiringuitos con “ten’a”, una bebida local, eran el
único toque festivo del lugar. Para ser un lugar lleno de animales, el suelo estaba impecable, pero no era de extranyar, dado que habia varios chavales recogiendo con sus barrenyos las mierdecillas (por ser discreta) de todos los animales, sobre todo las monyigas de las vacas, que hacen una fantastica funcion de combustible para el hogar.
El sol empezaba a pegar fuerte, así que nos
movimos de nuevo al centro de la ciudad, topándonos con lo que era ya el
mercado de alimentos. La escena era irreal. Diría cientos, pero más bien me
aproximo a miles (sin exagerar) de mujeres sentadas en un orden imposible, sin
apenas espacio para maniobrar, entre sombrillas (técnicamente paraguas), sacos
de grano, niños, piernas, mulos, compradores, ladrillos, pedruscos, obstáculos
espontáneos… Un caos milimétricamente organizado donde se ofrecían granos de
todos los tamaños y colores. Andábamos –literalmente- saltando entre las
féminas, observando el aspecto del tef (el ingrediente básico de la injera),
estudiando el maíz local y maravillándonos ante la diversidad de alubias. Poco
más allá, las vendedoras de gallinas y huevos exhibían plumas y pequeños
montoncitos de frágil mercancía. Detrás, enjambres de abejas anunciaban sin
necesidad de neón los vendedores de miel. No cabía decir que era pura. Una masa
blanca, con las abejas inclusive mezcladas entre la informidad y un olor dulce
e intenso. En un rincón, media docena de hombres intercambiaban aperos para la
tierra. Poco más allá, un par de herreros mostraban su mercancía. Lo que
nosotros pensábamos que eran clavos decorativos, resultaron ser peines para
trenzar. Y otros utensilios que nos hubiera costado adivinar.
En la zona más amplia y extensa, se encontraba
la fruta y la verdura. Dejados caer en medio del gentío, unos edificios
alargados constituían las zonas de almacenaje. Tomates con dominio del amarillo
y apepinados, coles del tamaño de balones de fútbol, espinacas con habitantes
en sus contornos y otros especímenes tremendamente atractivos que luego no se
dejan ver en las mesas de los restaurantes y sólo se cuelan en la privacidad de
sus cuatro paredes.
El mercado de camellos estaba en declive. No
sabemos si por el calor o porque estos animales se cotizan a 30.000 birrs, pero
el caso es que apenas había media docena. Estaban entre las especias y los
plásticos chinos. En los primeros pasillos era inevitable cruzar con carraspera
y tos intensa (la inhalación del polvo ya es mortal), en los segundos la
sobredosis de color podía marear.
Estábamos totalmente fascinados con el
espectáculo. La vida de Axum parecía haber resucitado y el panorama que allí se
ofrecía era de total vitalidad. Las mujeres acuden con sus trajes habituales,
donde el blanco siempre domina en sus parcas túnicas, tal vez con algún toque
de color en el bordado. Algunas, más modernas, blanden unos modelos de telas
asiáticas, de dudoso gusto pero que, por suerte, rematan con una toca de
algodón blanco que les da uniformidad y que resalta más aún la belleza de sus
rostros. El peinado local lleva el pelo trenzado a ras de cabeza hasta la nuca,
donde el resto de la cabellera de deja suelta, conformando una curiosa silueta
desde cualquier ángulo. Muchas de ellas, sobre todo con cierta edad, tienen
unas trenzas sobre la frente en forma de T invertida que les confiere un toque
de dignidad.
Para rematar, acabamos bajo un inmenso árbol
en la entrada del pueblo, a cuya sombra se guarece el mercado de cestas. Piezas
que pueden costar entre 3 semanas y un mes y medio, según tamaño y
complicación, pero todas ellas trabajadas en paja primero y rematadas por hilo
de color. Auténticas obras de arte. Tuvimos que regatear duro para llevarnos un
pequeño plato, pero según Tesfay, conseguimos un precio excepcional.
Eran pasadas las 12 cuando estábamos
sentándonos ya en un sombrajo para degustar un zumo de frutas local. Tesfay
había además contactado con Fraser, un mafioso local en manos de un coche
digno, que tenía que volver a Mekele de vacío y que tal vez nos podía acercar a
Wukro, nuestro próximo destino. Ya teníamos claro el precio del transporte
público por nuestra incursión de la tarde anterior, así que sabíamos que
tarifas estábamos manejando. Empezó por hablar en miles, para acabar en una oferta
de 500. Nosotros nos habíamos puesto el tope en 300, con un margen de un 20%.
Al final no llegamos a un acuerdo, así que nos tiramos al ruedo y empezamos
nuestra peregrinación al corazón de Tigray.
Nos despedimos de nuestro propio guardián con
pena en el corazón y, sobre todo, de saber cómo quedará su próximo vídeo
mundial, sus medallas olímpicas en natación o su master en derecho
internacional. De seguro que llegará lejos (no tengo ninguna duda al respecto)
y seguirá sonriendo con esa extrema vitalidad.
Durante la larga tarde nos acordamos de las
palabras de Tisfay: “The road is very fantastic” unas cuantas veces. El primer
tramo hasta Adwa (45 minutos) fue un auténtico lujo. Incluso el segundo que nos
llevó a Adigrat, en un impecable minibús donde nos pudimos adueñar de la
ventanilla (ignorando las quejas de la señora de delante, a quien le debió
parecer una atrocidad que nos diera de esa forma el viento en la cara). Eran ya
cerca de las 17 cuando nos disponíamos a emprender nuestro último trayecto. La
discusión no tardó en llegar. Los buses directos ya no salían y lo suyo era
pagar el ticket completo a Mekele y bajar en Wukro. Finalmente llegamos a
cierto acuerdo, ocupamos 3 sitios dignos y emprendimos el que fue el más penoso
de todos, con amplias zonas de la carretera barridas por la lluvia y un asfalto
casi desaparecido.
Entramos en Wukro a oscuras ya, sin más
referencia que el nombre de la misión (Saint Mary’s). Para nuestra suerte, una
señora tuvo una repentina iluminación y nos soltó el nombre de Ángel Olarán en
tigrinya, algo así como Abba Maleku (padre Ángel) y su marido tuvo la
amabilidad de acompañarnos en un bajaj, negarse a que lo pagáramos nosotros, y
llevarnos casi de la mano, puerta por puerta, por la calle donde se encuentran
los diferentes departamentos de la misión.
La visión súbita que tuvimos, en medio de
aquella oscuridad, de un comedor repleto de gente blanca y hablando en español
nos dejó en estado de shock. Eso sí, en menos de un minuto estábamos sentados a
cenar, paliando el traqueteo de un día sin descanso, engulliendo verduras (y
Areia saltando ante la visión de unos trozos de salchichón), mojando el pan en
aceite de oliva y disfrutando de una gran compañía.

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