Teníamos claro que queríamos visitar Angkor sobre dos ruedas, pedaleando y con el sol a nuestras espaldas. Llamadnos masocas (sí, es más cómo el tuctuc y además tiene sombra) pero algunos hacemos estas idioteces y, sobre todo, nos da más sensación de libertad (y además - importante-, eran gratuítas!!!!!)
Cual dos personajes de verano azul (el modelo de bici tenía, más o menos, la misma edad que la serie) nos hemos lanzado a las calles de Siem Reap, sin un mapa concreto pero con muchas ganas de cubrir distancias. Para más inri, hoy había una carrera ciclista (para recaudar fondos) y transcurría por la zona arqueológica, con lo que formábamos casi parte del paisaje motor del día, aunque nuestros uniformes no eran tan sofisticados y nuestros vehículos, por descontado, tan ligeros y modernos.
De hecho, al llegar a nuestra primera parada, Angkor Wat, hemos visto que la meta estaba justo en la puerta. Si de normal la concurrencia al templo es alta, hoy aquello no daba más cabida.
Y apenas la daba también el templo.
Lo reconozco: esta manyana, de haber escrito este post antes del mediodía, lo hubiera titulado "El circo de los horrores" pero al final de la jornada hemos tenido momentos fantásticos, escenas inolvidables y risas incontenidas. Lo bello se mezcla a veces con lo esperpéntico, lo etéreo con lo material y carnal. Y en Angkor todas las combinaciones están permitidas.
La entrada al recinto supone pagar prácticamente el sueldo mensual de un camboyano medio. Por un día 20 dólares. Por 3, el doble (obviamente si quieres dos, tienes un día extra gratis, lo uses o no). 40 billetes que son lo que viene a cobrar un obrero normal. Y doy fe que tienen cientos de ellos trabajando para el mantenimiento de la zona y que Angkor da de comer a miles de familias de este país, de forma directa o indirecta, pero es su mayor negocio sin duda alguna.
Y se lo cuidan con mimo y esmero.
Los templos están cuidados hasta el último detalle. La hierba cortada, las hojas recogidas, ni un solo papel, todo en orden (menos las piedras, que se suicidan constantemente) y el personal amable y acogedor.
Angkor Wat es el templo que da nombre a la zona, el más grande en tamanyo y el mejor conservado. Su nombre significa "El templo que es una ciudad" con lo que os podéis hacer una idea del calado. Rodeado por un inmenso foso de agua, el reflejo y la sensación de grandiosidad se acrecentan aún más si cabe con este marco. Todo lo que pudiera decir de su magnanimidad se quedaría corto. Lo que si sobrarían - y sobraban para poder disfrutarlo - eran esas ingentes masas de personal. Imposible hacer una foto sin extranyos. Ni siquiera de detalle. Pelea por retratar el pasillo. Pídele al japonés que se aparte de la escalera, al rubio de dos metros si se puede agachar para hacerle la foto al relieve o a la senyora rubia si le importa obviar su melena de tu encuadre. Todo un show para poder disfrutar de cierta calma de tan bucólica escena. Ríos de gente arriba y abajo, entre pasillos, ascensos y descensos, explicaciones en mil idiomas y banderitas de todos los colores. Un parque temático arqueológico y todos haciendo de Indiana en Disneyworld.
Buscando rincones tranquilos hemos logrado encontrar por unos segundos algún remanso de paz, pero nada muy duradero. Cansados de pelearnos por encontrar el hueco, nos hemos ido a ver algunos babuínos en la parte trasera y a pasear por caminos aledanyos buscando una tranquila salida.
Desde el rey de reyes, hemos ido hacia Angkor Thom, un complejo monumental donde también se encuentran algunos de los mejores ejemplos arquitectónicos del complejo.
El Bayón, conocido por sus 216 rostros de Avalokiteshevara con su enigmática sonrisa estaba algo más apacible y nos hemos paseado con algo más de tranquilidad. Parte del complejo que lo rodea tiene también la imponente terraza de los elefantes o la del Rey Leproso. Cada rincón compite con el anterior en grandiosidad.
A las 12, algo acalorados, cansados y hambrientos de pedalear, nos hemos dado un receso para comer un arroz y recuperar energías, doparnos un poco con cafeína (el café aquí sabe a especias y hasta recuerda al chocolate. Es muy especial) e hidratar un poco el cuerpo.
Hemos seguido lo que se ha trazado como "gran circuito" y que discurre por carreteras que van uniendo diferentes templos. Son cerca de 30 kilómetros con una carretera excelente, un paisaje sombrío y rodeado de árboles y una banda sonora de cigarras con un carraspeo atronador. Para nuestro regocijo, apenas tiene tráfico y sólo de vez en cuando aparece un tuc tuc, una minivan de japoneses o algún currante con su motito que se pone a desbrozar los laterales de los caminos.
El paseo en sí es impresionante y al ser llano, recorrerlo en bici (aunque sea de los anyos 60 y pese 2 toneladas) es una gozada. Si además te puedes ir parando en los sitios arqueológicos y disfrutando del ambiente, el dia se convierte en un suenyo.
Por suerte, a medida que pasaban las horas el flujo de visitantes iba descendiendo. En el Preah Khan apenas hemos coincidido con unas decenas y hemos disfrutado de un lugar realmente mágico e imprevisible. Del Preah Neak Poan nos ha sorprendido el camino de acceso, puente suspendido sobre una gran laguna donde la luz se filtraba por los árboles y se reflejaba en las aguas.
Del Mebon nos han encantados sus magnánimos elefantes y los arrozales de un verde insoportable que lo rodean (antanyo una inmensa piscina). Hemos obviado el Pre Rup, ya que ya habíamos disfrutado de su hospitalidad junto a las masas la tarde anterior (en esos momentos apenas había unas decenas de personas) y nos hemos ido directos al templo que más nos apetecía, el Ta Prohm.
Seguro que muchos lo conocéis. Incluso aquellos que jamás han oído hablar de Angkor. Eso sí, a Angelina y su más famoso personaje pegando botes entre tumbas y cargándose a los malos a patadas seguro que la localizáis.... ESE escenario es el Ta Prohm.
La realidad es que el templo es una auténtica maravilla. La arquitectura no es lo que más llama la atención pero sí esa fantástica comunión entre la mano del hombre y la naturaleza. Los árboles se han comido literalmente durante siglos parte de la estructura y cabalgan descarados por encima de techumbres, se cuelan descarados por las ventanas y abrazan con ternura las columnas. El resultado final es mágico y sólo ver esa fuerza desbocada de la naturaleza sobrecoge enormemente. Para nuestra suerte era la hora de la puesta de sol, con lo que las hordas estaban repartidas en el par de templos desde la que se contempla (Ta Prohm está inmerso en selva y no tiene altura) con lo que por momentos estábamos solos y hemos podido gozar de la intimidad de ambos medios en total silencio.
Así nos despedíamos de Angkor y de esa gran maravilla que fue el gran reino entre los siglos IX y XII, que tuvo grandes reyes como Jayavarman (de estos hubo unos cuantos) y otros nombres impronunciables como Udayadityavarman, con sus intrigas, sus luchas y sus complejas vidas pero con un legado que representa el paraiso en la tierra y el alma y corazón de Camboya.
Se nos ha echado la noche encima en el camino de vuelta. Desde el complejo nos quedaba todavía un buen rato hasta casa. Aunque con los frontales puestos (más porque nos vieran que por ver nosotros) el camino se nos ha hecho un poco largo y nos ha tocado improvisar en nuestras direcciones. Algo más de una hora en "braille"ya que los faros de los vehículos que pasaban más que ayudar, cegaban y te dejaban "tanteando" el firme de la carretera. Llegar al caos de Siem Reap ha sido un alivio. Moverse por las calles donde no hay ley ni orden tiene su gracia pero, al contrario de lo que se podría pensar, no da sensación de inseguridad. Como el caos es lo que rige, el respeto es constante y mutuo, el cuidado por los demás es máximo. Resumiendo: hemos llegado al Garden Inn enteritos y estupendos, aunque con la entrepierna algo escocida.
Nos merecíamos una buena cena y la hemos encontrado en un chiringuito regentado por una familia de origen chino, que nos ha preparado unos rollitos frescos con papel de arroz con muchísimo carinyo, una magnífica sopa de fideos tiernos y un pollo con noodles al curry para chuparse los dedos. Aunque nos hemos tomado un batido de coco y uno de rambután, nos hemos quedado con ganas de algo dulce. La respuesta estaba al girar la esquina, en un carrito que preparaba una especie de crepes de banana con leche condensada y canela. Ummm....
Y para rematar la faena tras más de 50 kilómetros de darle a las patas, qué mejor que un masaje de pies?????? 30 minutos de auténtico relax donde se me cerraban los ojos y me hubiera podido quedar a descansar sin levantar el trasero del asiento. Un lujo asiático que de vez en cuando te puedes dar....

Parece que lo pasais bien no?....Que envidia
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