Parece que la idea gustó y unos cuantos visitantes también se quedaron desparramados sobre la chapa de latón. Partimos de Battambang sobre las 7.30, recorriendo un tramo del lago Tonle Sap (que a su vez es un brazo del Mekong) que discurre por paisajes muy diferentes. De las originales 5 horas, tardamos unas 7, pero todas ellas igual de disfrutables y fantásticas. El primer tramo, a través de la ciudad de Battambang y sus alrededores, más "urbano", con las casas asomadas sobre pilotes, pescadores echando redes (lo que causaba que el barco fuera constantemente haciendo zigzag y evitando las artes de pesca) y la vida diaria en primer plano por las traseras de las casas. Todo un mundo de intrusión en una cotidianeidad poco privada.
Una vez que el río se fue abriendo, el paisaje se tornó verde en las orillas, con árboles semihundidos, nenúfares gigantes, garzas revoloteando y todo tipo de vida vegetal. Poco a poco en algunas zonas se estrechaba de tal manera que se convertía en un canal angosto por donde apenas cabían dos embarcaciones. La profundidad en esta época (comienzo de temporada seca) todavía permite cierto movimiento, pero a medida que escasean las lluvias, a veces se hace impracticable la navegación y se han de cambiar las rutas. Aún así, hay que conocer bien los caminos para saber por qué brazo colarse, puesto que es enganyoso y en cualquier momento se puede encallar.
Lo más curioso del camino son las varias ciudades flotantes que nos cruzamos. Verdaderas metrópolis sobre troncos, con casas que hoy pueden cambiar de orilla (muy práctico cuando te llevas mal con los vecinos o tienes una suegra pesada) o emigrar a otra zona más benigna si se tercia. Todo, desde escuela a peluquería, pasando por el supermercado o el barecito de turno, está perfectamente compuesto en ese mundo flotante donde los vehículos son barquitas, barcas, ruedas o palanganas, pero cualquier cosa que pueda trasladarte por encima del agua.
Desde cada casita escuchábamos los "byeeeebyeeee" que nos enviaban al paso. Incluso algún ninyo más atrevido nos enviaba un beso. Desde nuestro puesto de vigias sobre el navío, nos sentíamos casi reyes en una procesión de estado.... Sobre todo porque a eso de las 13 horas ya éramos los únicos que sobrevivíamos en cubierta. Todos los turistas (más nórdicos que mediterráneos) habían sucumbido a la necesidad de sombra y se escondían bajo el toldo.
Llegamos a eso de las 14.30. En el muelle de Siem Reap había decenas de mozos con carteles esperando a clientes. Al estar a 11 kilómetros de la ciudad, precisábamos de transporte, así que escogimos a uno que tenía un cartel diciendo "One dollar to any hotel in town". Resultó llamarse Mr. Fresh y luego nos confesó que hizo un negocio redondo, porque había ido a descargar y le tocaba volverse de vacío igualmente, así que se lanzó con el cartel por si las moscas. Y allí estábamos nosotros. No sólo nos llevó al hotel, sino que además, por majete, le dimos algo de business por la tarde.
Estábamos famélicos (apenas llevábamos unas bananas y un par de galletas en el cuerpo) así que Mr. Fresh hizo un stop en un restaurante local y recuperamos fuerzas. Queríamos ver algún templo aún por la tarde y aprovechando que estábamos movilizados, optamos por uno de los lejanos, Bantey Srei, también el más antiguo (del siglo X, 967) pero el más fino en cuanto a tallado. Los bajorrelieves son estupendos y con una filigrana exquisita. Al ser última hora de la tarde había gente pero era más que manejable y pudimos disfrutar de esta joyita. Mr. Fresh estaba algo nervioso, porque quería que viéramos la puesta de sol desde Pre Rup y se estaba haciendo tarde.
Lo mejor fue la llegada a este enorme templo. Apenas se podía ver el edificio, cubierto -literalmente- por miles de personas. Todos mirando en la misma dirección y apuntando con la cámara. Es de esas ocasiones en que te sientes un auténtico borrego...
Realmente era irrisorio ver aquella inmensa cantidad de gente haciendo "ohhhs y ahhhhs" por una puesta de sol bastante común, por otra parte (no tenía un fondo espectacular, ni siluetas de templos, ni reflejos... era una SIMPLE puesta de sol) y todos volviéndose locos tratando de retratarla. Lo dicho: a veces somos una panda de ovejitas...
Regresamos anocheciendo ya a Siem Reap, a tan sólo 7 kilómetros del complejo de Angkor. Mr. Fresh nos dejó en nuestro hotel, bastante cercano al mercado nocturno y nos ofreció sus servicios para el día siguiente, pero nosotros ya teníamos otro plan.
Optamos por dar una vuelta y tomar algo de cenar. La experiencia prometía ser, cuanto menos, diferente.
Siem Reap es una especie de Benidorm. Una ciudad por y para el turismo. Puedes encontrar hoteles de 2 y de 2000 la noche, miles de tiendas de souvenirs, restaurantes con pizzas y patatas fritas, helados con toppings o espectáculos tradicionales. Y, como no, cientos de casas de masajes de pies a cabeza, spas o lugares de belleza donde sentirse y salir como un rey o reina. Una competencia feroz por llevarse el gato al agua en todos los negocios y, por supuesto, música alta, alcohol y los vicios más permitidos y no tanto al alcance de todos los bolsillos. Si bien durante el día lo que más se ve son veteranos japoneses y grupos de chinos, por la noche afloran los grupos de jovencitos, rubios y estupendos, con pantalones cortísimos o vestuario nuevo recién adquirido en el mercadillo. De todos colores, formas y edades, pero el turismo es la fuente de vida de Siem Reap y lo que probablamente aporta más al PIB de este país que, por otro lado, no tiene de momento muchas más opciones y es mayormente agrícola.
No es el tipo de lugar en el que nos encontramos a gusto, pero "noblesse oblige" y ver la historia, la grandiosidad de los templos de Angkor pasa por este trámite algo cansino. De la tranquilidad de Battambang al barullo de Siem Reap. Todo un contraste. Pero dos mundos con mucho que dar...

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