Hemos gestionado una motito y para desayunar hemos acabado en la placita del mercado tomando un café con leche con hielo y unas madalenas algo macizas pero muy ricas. Kratie estaba ya despierto hace mucho rato. De hecho es una hora extranya para comer algo, puesto que están preparando las comidas (suelen ser entre 11.30 y 13) y los desayunos habían pasado hace un buen rato (6.30). Hoy nos apetecía simplemente pasear por la zona, ver cómo vive la gente, charlar con ellos lo que nuestro fluidísimo Khemr nos permite (eso sí, nos damos unas buenas risas con las metidas de pata y ellos se lo pasan bomba viéndonos intentarlo) y descansar del bullicio.
Hemos cogido carretera hacia el norte por la orilla este del Mekong, el río que vertebra gran parte del sudeste asiático, pues riega China, Laos, Camboya para desembocar en la parte sur de Vietnam. Nuestra primera parada ha sido el Phnom Sombok, una colina sobre la que se asienta un templo y un centro de meditación habitado por un grupo de monjas budistas. Es de las pocas zonas elevadas que existen en este inmenso valle, por lo que permite unas vistas privilegiadas del río y de toda la zona circundante. Además, hemos llegado justo cuando tocaban la campana de la hora de comer. Eso significaba que todas la monjas se habían reunido en el wat (la pagoda) y, dirigidas por dos monjes que entonaban las letanías, les hacían los coros, creando un efecto alucinante en sus cánticos que resultarían un hit aún más demoledor que los del Monasterio de Silos. Ante ellos tenían todos los platos de comida que luego iban a devorar. Los hemos dejado en la intimidad para no interferir y nos hemos ido a pasear por otros rincones del monasterio. Un grupo de trabajadores retocaba algunas de las ciento de réplicas de monjes que marcan la línea de ascenso a la montanya. Un taller de escultura se organiza al pie para ir dando forma a las figuras que, una vez in situ, se acaban de pulir y acabar.
El lugar era idílico, tranquilo y transmitía serenidad.
La carretera era bastante buena y por el camino hemos visto puestos de venta de Krolan, un arroz pegajoso con judias y leche que viene servido en canyas de bambú y se vende con la canya completa.
Poco más arriba está Kampi, una población conocida sobre todo porque es donde están las "pools", las zonas de "piscina" más tranquilas que preceden a los rápidos y donde se suelen avistar los extranyísimos ejemplares de delfines Irrawady, ejemplares de agua dulce muy peculiares y en vías de extinción (quedan unos 70 adultos y descontando) que constituyen el principal atractivo de la zona. Verlos es poco habitual pero es lo primero que te ofrecen cuando llegas a Kratie. Sabíamos que las posibilidades eran escasas y el presupuesto alto (la barca ya son 10 dólares por cabeza) para, con un poco de suerte, ver un lomo o una cola asomar en la distancia. Hemos visto un par de fotos y uno de cartón piedra con lo que nos hacemos la idea: son realmente raros!!! No tienen morrete y son muy chatos y la cola se asemeja más a la de la ballena... Esperemos que sean capaces de conservarlos!!
Hemos continuado hasta Sandan, una población que queda ya en el cruce con dos provincias, la que sigue hacia el norte y la de Steng Trung, camino a Laos. Nos hemos parado a tomar algo, a descansar el trasero de la moto (todavía quedan secuelas de la bici del otro día). Junto al camino principal había una escuela de inglés y los ninyos estaban empezando a llegar. Nos hemos acercado a saludar y nos han recibido con todos los honores. Los ninyos que se congregaban allí venían de distintas escuelas. Es ensenyanza privada y los hay de primaria y secundaria. He preguntado a varios la edad y desde unos 8 anyos los había hasta unos 16. La mayoría acudían en bici, sólo una tenía moto y acuden todos los días de 12 a 13 horas. Hoy estaban aprendiendo las rutinas del día. Se morían de risa cuando les iba preguntando el nombre, la edad, detalles fáciles de su vida diaria y el profe les iba ayudando cuando se quedaban atascados. Serían un grupo de unos 60 chavales que tienen claro que el inglés podrá, cuanto menos, abrirles más puertas y comunicarse con el mundo exterior.
Nos han despedido con un coreado "good bye" y nosotros lo hemos agradecido con un "li hai" local. Nos hemos divertido todos con la pequenya visita...
Andábamos buscando un punto de cruce del río para ir al otro lado ya que nos apetecía explorar la orilla oeste, que todavía carece de asfalto, agua y electricidad en su gran parte. Por fin hemos localizado una pequenya entrada que bajaba al cauce donde esperaba una pequenya embarcación que estaba siendo cargada con víveres. 3 o 4 motos más se han acercado y todos hemos ido subiendo a bordo con los vehículos. El paso ha tardado unos 15 minutos, pues era una zona amplia (unos 1500 metros) y había ciertos remolinos que esquivar. El pasaje para los tres (moto incluida) nos ha costado 3000 rieles, el equivalente a unos 60 céntimos de euro. Un chollo por la experiencia.
Lo mejor estaba por venir y la otra ribera nos ha encantado. A pesar de pillarla adormilada en plena hora de siesta y de calor (la chicharrera de las horas centrales es tremenda) los gritos de los "hellos" venían de todas las esquinas y las sonrisas de todos los lugarenyos (sin excepción) eran una constante. Cada poquito rato parábamos, bien para ojear, para otear a lo largo del río, para bajarnos a las playas que se forman en sus orillas (de una arena blanquísima y con un sospechoso brillo metálico), para observar detalles de las casas (nos tienen alucinadas las artes de construcción y las distintas modalidades que vamos observando), ver los animales que pasean felices entre los huertos y campos de arroz (los búfalos, vacas, gallinas y perros no parecen sufrir de estrés) o reirnos con los locales y los chavalitos.
Allá donde veíamos un chiringuito, parábamos para ver qué se podía tomar. La actividad ha tardado un poco en despegar y sólo sobre las 15 se animaban los carritos ambulantes a prestar servicio y los barecitos a servir algo fresco. En un pequenyo rincón sombreado hemos saboreado una especie de albóndigas recién hechas con pepino, algunas hojas cuyo nombre no conocemos y una salsa medio picante. Poco más adelante, nos hemos sentado en una mesa en una zona elevada junto al Mekong a saborear un exquisito jugo de canya recién prensado.
Pasear por estas pequenyas aldeas sin prisa y sin buscar nada en especial te dan otra visión del país, mucho más calmada, con un ritmo que no implica el frenesí. Los ninyos están siempre jugando, de un lado a otro con las bicicletas o ayudando en casa pero, hagan lo que hagan, siempre se percatan de que estás ahí y te dedican un hello acompanyado de su eterna sonrisa y las manitas dibujando saludos en el aire. Se nos ha ido la tarde en un trayecto de unos 20 kilómetros puesto que el fin no era llegar a ningún sitio sino disfrutar de cada tramo.
Teníamos enfrente de nuevo Kratie y tras pasar un par de puentes sobre tributarios del Mekong, hemos accedido al ferry que conecta con la ciudad. Este barco ya era de más calado y albergaba vehículos de cuatro ruedas. Lo hemos pillado justo a punto de salir y hemos aprovechado para vagar un rato más por la orilla y observar la puesta de sol que estaba a punto de caramelo. Justo en ese tramo del río se reunen varias casas flotantes, algunas en los brazos que llevan al interior, otras justo en el centro de la corriente. Es increible ver cómo vive esta gente que habita constantemente sobre el agua y como tienen incluso hasta sus plantitas y sus pollos sobre las balsas. Toda una vida de nomadismo acuático.
La bajada del sol sobre las aguas del Mekong es preciosa y, desde un rincón embarrado pero privilegiado, nos hemos extasiado un buen rato viendo los colores del cielo cambiar.
De vuelta al hotel, hemos aclarado cuentas y organizado nuestra salida de manyana. Nos apetecía cenar algo más consistente así que hemos entrado por segunda vez en nuestro viaje en un restaurante para darnos un pequenyo festín que hemos devorado con ganas.
Manyana partimos hacia un rincón incluso más relajado que este, donde queremos pasar el resto de la semana y dedicarnos a la vida contemplativa (de eso se trata... de contemplar!!!!) y a seguir disfrutando de esta increible gente que son los camboyanos.
Li hai!!!!!

Uno de los mejores dias.......
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