
Acaban de traerme un té mientras escribo. Esto es así constantemente. Los sirios son tan encantadores, tan amables y tan majetes ellos, que siempre tienes tras la oreja eso de "¿qué querran ahora?" pero lo mejor de todo es que son GENUINOS y nos regalan cosas constantemente porque sí, "porque yo lo valgo"...
Ayer se nos hizo tarde y no pretendiamos madrugar. Lo de ver el amanecer en las ruinas nos ha pillado mayores y hemos preferido descansar tranquilamente y disfrutar del desayuno. Solos, para variar, nos hemos zampado con todo orden y educación (nos enseñaron a no dejarnos nada) la pila de pan árabe, el queso fresco, el humus, las tortillas, las aceitunas partidas, la mermelada de datiles y de higos (sí mamá, ¡¡yo comiendo mermelada!!), el té (como no) y nos hemos llevado los quesitos para el camino. Un festín para empezar el día con toda la energía necesaria para una buena jornada de marcha.
Las ruinas estan a tiro de piedra del pueblo. Apenas 500 metros, breve caminata a pie para llegar al centro de visitantes, cuyo responsable ha acudido a nuestra entrada, aburrido de ver los granos de arena correr y perseguirse. Nos ha explicado brevemente lo que había para ver. Mucho o poco dependiendo de las ganas y talante del visitante. Lo primero, el templo de Bel, una de las estructuras mejor conservadas. Se nos han ofrecido sutilmente un par de guías pero aparte de eso, poco más hemos tenido que rechazar.
Areia iba con su pequeña mascota aventurera, una muñeca minúscula que le hemos regalado y que ha bautizado como "Siria" que la acompanya a todas partes y a la que ha ido acomodando en los huecos de las columnas, los agujeros de los fustes, la ha hecho escalar por los listeles y deslizarse por los capiteles. La zona arqueológica de Palmira es como un IKEA de 1800 años, lleno de piezas que puedes encajar unas dentro de otras, un festín de bricolaje para los más aguerridos, la pesadilla o el sueño de cualquier arqueólogo.
Siria en un capitel

Areia con la sección de una columna

El teatro

Su historia no es menos caótica. Datando sus primeros pobladores de casi el segundo milenio antes de Cristo, siempre fue punto de paso de la ruta de la Seda. Importante centro para las caravanas y el comercio suponía un enclave fundamental tanto para la economía como para el control de ciertas zonas.
En época romana las relaciones fueron siempre bastante afables y Palmira mantuvo cierta independencia. Fue Odenato, un noble local, quien se proclamo rey en el 256. A los pocos años (257) fue asesinado y fue su esposa (sobre la que siempre salpicó el "tufo" del asesinato de su marido) la que se convirtió en reina tras elimar también casualmente a algun otro opositor. Zenobia (así se llamaba la susodicha) se erigió así mismo reina ante la minoría de edad de su hijo Vabalato. Se enfrentó a Roma (hale ahí, ¡con un par!) y avanzó incluso conquistando Palestina, Bosra y parte de Egipto. El colmo fue cuando la moza tuvo a bien acuñar moneda con su esfigie y la de su hijo. Aquí los romanos ya pusieron cara de cabreo y más cuando ella se empeñaba en auto nombrarse descendiente de Cleopatra.
En 271, Aureliano, ya con la moral tocada por esta dama hermosa pero ambiciosa y con un buen par, decidió acercarse a verla. Le ofreció una generosa rendición que, por supuesto, ella no aceptó y, con más coraje que un ejercito de Gormitis, se fue hacia Persia para pedir ayuda. Pero, hete aquí que los latinos no eran tontos y la estaban esperando en el Eúfrates. La pillaron por banda y se la llevaron para la urbe romana. Allí se dice de todo un poco, desde que la dejaron morir de hambre hasta que la pasearon con cadenas de oro en pies y brazos. Otros rumores apuntan a que acabo casándose con un senador romano y crió una prole de estupendos ciudadanos mirando al Tiber. Sea como sea, esta mujer tuvo las narices de enfrentarse a todo un imperio y el orgullo para arrastrar todo un pueblo y tenerlo fiel y contento bajo su mandato.

Como podeis imaginar, la visita de hoy mezclaba la realidad y la ficción a partes iguales, y lo mismo que Areia sabe la historia contra los romanos, también sabe que los miércoles y domingos recorría Zenobia la calle central para ir al templo de Bel y saludar a sus congéneres. Los martes tenía prueba de vestuario para estrenar modelito el domingo, que era día de sacrificio en la cella y entre semana, recorría la columnata para ir del Templo de Nabo a los baños de Diocleciano (reconvertidos en utiles edificios para la ocasión en aposentos de la reina) para otros quehaceres cotidianos.
El día nos ha regalado momentos inolvidables. Desde la liebre que ha saltado mientras observabamos al escarabajo pelotero hasta los niños que han salido tras las rocas y se han puesto a jugar con Areia entre dinteles, cornisas y trozos de muro. Mejillas rosadas y ojos oscuros frente a nosotros con un aire pensativo pero una sonrisa sobrecogedora.
Palmira se nos ha abierto practicamente a nosotros solos. Durante el día sólo algunos grupos conducidos borreguilmente en buses y con una media de más de sesenta años han aparecido puntualmente, como en las tumbas, que se ciñen a 4 aperturas diarias y por eso a las 14 horas nos hemos juntado unas 50 personas. Por lo demás, hemos estado solos durante casi siete horas de paseo. Esa inmensa extensión de arte en precario equilibrio, combinacion de piedra, historia y vida contenida contándonos innumerables historias al oído. Todo un lujo!!!!!!
Lo que para nosotros es extraordinario, para la gente de aquí se esta convirtiendo en una pesadilla. Si el 11-S les hizo daño, las revueltas de paises como Libia, Egipto o Túnez les estan haciendo un flaco favor. Todo el mundo esta cancelando, los touroperadores se muerden las uñas y los hoteles y restaurantes se muestran vacíos. La temporada está muerta y agotada. Un pueblo que se alimenta casi invariablemente del turismo está agonizando y tratando de imaginar que hacer mientras tanto. Por suerte, la cortesía de la gente supera con creces su necesidad y en ningún momento resultan agobiantes y hacen lo imposible por ser agradables.
El sol se estaba poniendo ya cuando saliamos del recinto. Entre sombras alargadas, locales paseando, saludos de los niños y un frescor reinante, nos ibamos alejando. Hemos acudido al centro a tomar un té, un zumo de naranja y algo que sonaba como un exotico "flower tea" que ha resultado ser una manzanilla.

Habíamos aguantado con el desayuno todo el día, por lo que nos hemos dado un homenaje en en Traditional Palmyra Restaurant. Hemos pedido un kawaj, plato tradicional sirio a base de verduras, pollo y arroz, acompañado de una sopa de lentejas blancas exquisita. El farouj, cazuela de pollo, patatas, couscous, arroz y yogur (opcional) estaba igualmente delicioso, con un acompañamiento especiado con canela, nuez moscada y clavo. Una delicia para los sentidos.
Mañana saldremos prontito. Queremos despertarnos sobre las 6.30 para estar desayunando a las 7 en punto. Los buses parten de las afueras y trataremos de llegar a una buena hora a Homs, la tercera ciudad siria. De allí, veremos si llegamos bien a Crac... Ya os lo contaremos!!!!!!!!!
No sé si nos tendran fichados ya o si ese falso ciego que se nos ha cruzado estaba vigilando nuestros pasos. Tal vez los que han venido a ofrecernos dátiles entre los hipogeos eran del servicio secreto. Sea como sea, seguimos encantados con la hospitalidad local. Disfrutamos de nuestro maravillo cuarto decorado como una tienda beduina y con vistas a las ruinas. Y como no, seguimos divirtiéndonos haciendo saltos, contando historias y dándonos besos furtivos cuando nadie esta mirando.
¡Mañana más!

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