Los "protas"

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De madre aventurera, hija trotamundos. Una aporta la experiencia, otra el sentido común. La suma de las dos: una serie de vivencias inolvidables y unos recuerdos indelebles.

martes, 22 de marzo de 2011

La Gran Dama...sco!

La gran dama, la fantástica ciudad, la hermosa señora, nos dejó sin habla. Es más, me dejó sin palabras (ni tiempo para enviarlas) y sin voz, puesto que mi conversación se transmitía a través de un hilillo ridículo en el que mis cuerdas vocales luchaban por hacerse notar. Un virus sirio, pero no serio puesto que la recuperación está siendo buena.

El día amaneció tristón. Por primera vez en una semana supimos lo que era un cielo cubierto, un frescor que hacía tiritar el alma y unos retazos de tristeza que se unían a nuestra despedida. Pero el sentimiento de melancolía no dura mucho en un lugar así, con lo que, un par de horas más tarde, el sol lucía ya orgulloso y henchido mientras nosotros buscábamos resguardo bajo las sombras de los balcones.

Damasco es un alma libre, un ente que se escapa entre calles y tráfico, que fluye entre ríos de gente y coches, que transita sin trabas más allá de las fronteras. Una ciudad con un crecimiento imparable (como las grandes urbes de nuestro tiempo) pero mantiene su corazón, su centro, tal cual ha sido durante siglos enteros.

Se jacta de ser la ciudad habitada más antigua del mundo. Como otros tantos "records" y premios a los "top" no vamos a ponerlo en duda, sobre todo porque las capas de historia que se ven a través de sus paredes no ponen en entredicho tales afirmaciones.

Con 12 horas por delante, decidimos concentrar nuestra atención en la vieja ciudad, el corazón de Damasco. Avituallados de inicio entre zumos en la plaza y en nuestro restaurante favorito (Al Arabi) donde Areia se zampó su habitual shish kebab, caminamos los apenas 300 metros que nos separaban de la zona del zoco y de la parte antigua.


Rodeada por una muralla que ahora es por tramos ya imaginaria, la urbe primitiva es difícil de abarcar incluso en una sola jornada. Un inmenso laberinto de callejuelas imposibles de mapear (benditos satélites y grandioso google!), nos encontramos en varias ocasiones volviendo al punto de comienzo o yendo a parar 100 metros más allá. No es fácil orientarse y con un pequeño ángulo de cambio puedes perder enseguida el norte, aunque tampoco importa mucho, ya que nuestra intención era, igualmente, pulular sin llegar a ningún sitio.


En ese gran pulmón por el que respira Damasco, se encuentran barrios diversos que conviven en plena armonía. Ahora paseas entre mezquitas para tropezarte con una iglesia ortodoxa, dejas de ver velos y chadors pero observas sotanas o hábitos franciscanos. Por un lado, la gran mezquita omeya, centro de adoración del islam de oriente, visitado por musulmanes de todo el mundo que lo toman como "consolación" ante no ir a la Meca. En otro rincón, el barrio cristiano, plagado de vírgenes y cristos que conviven con las miles de fotos del presidente Al Assad. Más allá, la zona judií. Entre medio, miles de rincones mágicos donde apetece detenerse a investigar.

El perímetro está salpicado de babs, las antiguas puertas de entrada a la ciudad, magnánimas y dando la bienvenida al visitante.

Tras un buen rato de pasear y tratar de encontrar la vertical que los edificios desafían constantemente, nos entró cierto rumor estomacal y comenzamos a buscar un sitio donde sentarnos a repostar. Es curiosa la idiosincrasia de estas ciudades en las que en muchas ocasiones, todo parece estar concentrado y a veces intentas encontrar algún comercio fuera de sitio y resulta totalmente imposible. Los restaurantes parecían esquivos y, consultando la guía, logramos ubicar uno en la proximidad. Incluso en la puerta dudábamos de su existencia pues apenas estaba anunciado.

La entrada en el Al Khawali es poco menos que una sorpresa. Tras esa menuda puerta sin mas ornamento que la simple madera se esconde un gran patio interior, precedido de un liwan fantástico rodeado de madera, lujo y barroca decoración. Nos sentaron en una mesa que cambiamos en unos minutos cuando nos percatamos de que en la contigua fumaban como chimeneas. En nuestra nueva esquina, vimos que un cuadro celebraba la visita del rey Juan Carlos I con Sofía a la vera, acompañados, como no, del presidente de Siria.


Areia estaba entusiasmada con el hecho de comer en la misma mesa (una pequeña licencia) que nuestro monarca. Incluso la comida tenía un sabor más regio.

Pedimos un shish taouk (pollo en la cazuela con especias y arroz) y un jedy bzeit (pata de cordero en salsa de limón) que se deshacía en la boca. Los entrantes tampoco se quedaban cortos y los postres, una aunténtica delicia. La balouza, que el camarero definió como leche con naranja (a priori no sonaba muy convincente) resultó ser una especie de cuajada con una capa de gelatina cítrica y fruta fresca. Una maravilla. Areia dio buena cuenta del helado árabe (una consistencia más espesa) cubierto de pistachos. Los tés venían acompañados de pasteles y una bandeja de frutas. Les dimos un tiento pero apenas teníamos cabida ya para más.



Con cara de alegría y el estómago pleno, salimos a seguir nuestro pequeño tour por los laberintos. En un comentario dejado caer le dije a la peque que por su sobresaliente comportamiento se merecía un premio y que, si encontrábamos una muñeca siria de verdad, nos la llevaríamos a casa. Curiosamente, no es tarea sencilla.

Recorrimos el zoco de los "chinos", donde el plástico y los brillos convivían por igual. Juguetes que nunca pasarían una revisión europea, imitaciones de personajes de actualidad, miles de princesitas con vestidos vaporosos y llenos de lentejuelas pero de negro, tapada y con velo, ¡ni sombra!

Habíamos perdido ya la esperanza cuando entramos en la calle Recta (como su nombre define, es lo más regular que hay en la parte antigua y sirve de columna vertebral) y en un pequeño nicho en la pared de apenas 2 metros cuadrados, divisamos en una caja una "pseudo barbie" vestida de negro de pies a cabeza. El hombre, que sabía tanto de inglés como yo de arameo, me indicó con gestos que esperase, que le faltaba algo. Rebuscó y sacó unas pilas de botón. ¡Ja! Nuestra muñeca musulmana ¡también canta en árabe! Toda una joya. Areia la ha bautizado "Ashara" (que significa "diez" en árabe). Estaba pletórica por haberla encontrado.


Para celebrar nuestros encuentros, nuestros paseos, la fantástica tarde de pérdidas y merodeos, nos sentamos a tomar un té y a fumar una shisha en Al Nawfara, uno de los cafés más emblemáticos de Damasco, junto a la gran mezquita. Cuando Areia hizo el gesto de coger la pipa, casi nos hicieron un gesto muy expresivo e increparon "Children no". Teníamos claro que no íbamos a introducir a nuestra niña en las "oscuras lides del tabaco" pero la advertencia nos dejó casi asustados. Ni Miguel ni yo hemos fumado un pitillo en nuestra vida y pensábamos que el narguile era poco menos que inofensivo. Confieso que, después de varias caladas, lo tuve que dejar. Me estaba colocando tremendamente y las cosas a mi alrededor empezaban a girar sin control. Lo dicho: lo mío son los vicios sanos.



Tomamos un poco el aire a la sombra de la mezquita y nos lanzamos a la búsqueda de un local que nos había "perseguido" durante dos días. Habíamos visto señales por toda la zona antigua de Beit Jabri e, intrigados, lo localizamos en un mapa (la verdad, por muchas flechas que hubiese llegaba un momento que se perdía el rastro) y, preguntando unas cuantas veces, dimos con el local.


Merecía indiscutiblemente la pena haber indagado, porque encontramos un pequeño tesoro en medio de la ciudad. Tras una portezuela diminuta y un pasillo interminable, apareció ante nosotros un inmenso patio con árboles, plantas, lámparas de todos los colores, un bullicio encantador y, como no, una decena de pantallas planas retransmitiendo fútbol.

La carta era interminable, los precios increíbles (de buenos) y nuestra incredulidad todavía latente. Para el colmo, el camarero hablaba un inglés impecable y tenía un sentido del humor muy sano. Además, del Barça, que en esos momentos jugaba contra el Getafe y todo el mundo estaba pendiente de los resultados. Incluso algunos, camiseta en ristre, fumaban su shisha mientras contemplaban el partido incluso en solitario.


Nos sirvieron un hummus nada habitual, porque en este caso los garbanzos estaban enteros, pero aderezados de un modo exquisito. Una "pizza oriental" con queso de oveja, unos cuantos entrantes más, a cual más sabroso y unas risas en un local que no debe perderse en una visita a Damasco. Total: menos de 8 euros por el festín. Nos entraba la risa pensando que era la mitad de lo que nos habían pedido unos día atrás en Aleppo por aquel controvertido shish kebab. Impresionante.

Pocas ganas teníamos de abandonar el local, menos aún de dejar atrás Damasco, pero se estaba haciendo tarde y a las 2 habíamos acordado el traslado al aeropuerto. Al menos le daríamos a Areia un par de horas de descanso. Regresamos al hotel, con más pena que ganas y la peque cayó en apenas unos segundos. Nosotros apenas podíamos pegar ojo pero al menos pudimos reposar unos minutos antes de dar el último adiós.

Hacía calor en el aeropuerto. Tanto el clima como la situación política en Siria se estaban calentando. Ya estábamos al tanto de disturbios y movilizaciones tanto en Deera como en la capital. El aeropuerto, como suele ser normal, es una tierra de nadie donde todo resulta ajeno. Tomamos un refresco con las últimas libras que nos quedaban y embarcamos con los pies pesados y el alma ligera. Por delante, 5 horas de vuelo con escala breve en Roma, 4 de bus hasta nuestra casa.


Agotados y rendidos dejamos nuestras mochilas sobre la cama. Por encima de la colcha, miles de preciosos momentos, voces y miradas que quedarán con nosotros por siempre. Siria está en la lista de esos países a los que hay que regresar.





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