Los "protas"

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De madre aventurera, hija trotamundos. Una aporta la experiencia, otra el sentido común. La suma de las dos: una serie de vivencias inolvidables y unos recuerdos indelebles.

martes, 22 de marzo de 2011

Aleppo la Blanca

El color de esta ciudad es algo sobre lo que se puede discutir. Se la apellidó en un momento "la blanca" dado el tono de la piedra que se ha usado para construir la mayoría de las casas, pero en la actualidad, hablaríamos eufemísticamente de un "blanco roto", un beige o hasta un marrón oscuro casi chocolate en algunas esquinas. La contaminación, el polvo, la vejez y la decadencia son evidentes.

Ayer, a pesar de que no sentíamos un agujero en el estómago, decidimos que no nos íbamos a dormir con tan solo los "calzone" sirios que habíamos engullido pasadas las cuatro. Estábamos rotos, pero bien merecía la pena un paseito y probar las delicias culinarias de esta ciudad. En Al Jdeida habíamos visto algunos de los restaurantes más recomendados pero decidimos quedarnos en las cercanías. Primero acudimos a una terraza a unos 300 metros, pero nos impresionaron tanto los manteles recién planchados, los halógenos empotrados, el señor con levita en la entrada y, sobre todo, las cartas de los menús sin precios que, después de preguntar y que nos dijeran "saldréis a unos 400 por cabeza" no nos acabó de convencer el trato y decidimos levantarnos y salir por donde habíamos entrado. La vergüenza, en ocasiones, hay que olvidarla.

Al final acabamos en un restaurantito de un callejón cercano, donde pedimos una pequeña selección de especialidades de Aleppo. El kebab con salsa de cereza huelga decir que es impresionante. Tampoco se quedaba atrás el Kebab de Aleppo, más sencillo pero también untado de deliciosas especias. Las verduras fritas rezumaban demasiado aceite para nuestro gusto y el pincho de pollo con el que remató Areia estaba francamente estupendo.

Lo que iba a ser una picadita se convirtió en festín y, vistos los chorritones que nos caían por las muñecas, el amable camarero nos trajo unas maravillosas servilletitas untadas de colonia.

Dimos la vuelta a la manzana por aquello de bajar la cena pero caímos rendidos poco antes de las 22, con intención de dormir del tirón unas cuantas horas.

Hemos aprovechado el fantástico baño que tenemos, con un 3 en 1 (te puedes duchar, mear y lavar los dientes a la vez) para hacer un completito y lavarnos el pelo, sacarnos brillo y limpiarnos los poros.

Miguel estaba algo derringado, no solo por las palizas que nos metemos, sino todavía acusando el frió que pasamos la primera noche en Damasco. Unas horas de descanso (semi reparadoras) y un cortafriol han hecho el resto.


El desayuno ha sido todo un lujo. Unos inmensos zumos de frutos y unas "flautas" de queso fundido recién hechas nos han hecho levantar el ánimo (y todo por un euro y medio!) Necesitabamos vitaminas reparadoras. Las proteinas ya se nos salían por las orejas.

Nos hemos dirigido directos a la Ciudadela, en la parte alta de la ciudad. Con restos que se remontan al siglo X antes de Cristo las primeras fortificaciones datan del IV y parece ser que los musulmanes erigieron gran parte en las cruzadas del siglo XII. El conjunto es impresionante y domina por completo la vista de Aleppo. Desde arriba se ve hasta cada pequeño detalle de lo que ocurre en la ciudad. No es de extrañar que se convirtiera en bastión inexpugnable, más aún cuando se observan todos esos pequeños truquitos que usaban para espantar al enemigo, como tirar aceite hirviendo por los matacanes o lanzarles inmensas bolas de piedra mientras después de cruzar el foso de 30 metros de ancho, trataban de escalar las empinadas laderas de la montaña.


En la actualidad, el uso del recinto es bastante diferente. Las parejitas usan sus numerosos rincones para tontear y mirarse a los ojos tiernamente. Decenas de jovencitos deambulan mirando al horizonte y riéndose, eso si, nunca tocándose directamente. Ellos, discretos y comedidos. Ellas, muchas veces escondidas totalmente tras sus velos, incluso incapaces de mostrarles una sonrisa.


Subir, bajar, saltar, escalar, deambular. La fortaleza da lugar para todo. Una pequeña ciudad en bastante buen estado, si no fuera por la proliferación de basura contemporánea que yace sin recogerse de tiempos casi remotos. El cuidado de los monumentos sirios no existe. Una pena, pero parece que les basta con tenerlos. Lo de mantenerlos es otro asunto.

Los colegios empezaban a llegar pasadas las 12.30. Alaridos de niños incontrolables saltando salvajamente sobre las piedras, sin tomar en cuenta las directrices de los profesores. Algo diferente eran los grupos femeninos, olas de pañuelos de cientos de colores, sonrisas y "Hellos" en todas direcciones. El té en la terraza superior también ha sido un momento de lujo, con el sol quemando ya en nuestras espaldas y la tranquilidad sólo rota por algunas voces infantiles en la lejania.




Hemos empezado a descender coincidiendo con la subida de los escolares en masa. Huyendo hacia la quietud del zoco, con otro tipo de masa menos dispersa y más amansada.

EL zoco de Aleppo es posiblemente uno de los mejores del mundo árabe. Sirve con casi exclusividad a los locales, no esta orientado en absoluto al turismo. Eso le hace ganar muchos más puntos, puesto que apenas oyes voces que te inviten a entrar en una tienda. Puedes deambular sin ser acosado, sin necesidad de decir "no" constantemente pero con los saludos de los comerciantes que te dan constantemente la bienvenida. La discreción, como siempre, reina en Siria.

Como cualquier "souq" de oriente, esta dividido y seccionado. La calle central, que hemos recorrido primero, tiene un poco de todo y no responde a la organización tradicional, pero una vez te sumerges en las "espaldas" , cada gremio tiene su zona. Joyas, vestidos de fiesta, complementos, telas, herreros, cordones y pasamaneria, ... todo tiene su lugar en su pequeño rincón del zoco.


El estomago rugía ya. Un "shawarma" justo en medio del mercado estaba en el lugar exacto. Mustafa nos ha servido tres con un par de latas de limón y naranja. Areia ha hecho un buen trabajo, con su pollo, sus picantes, su tomate, pepinillos y hasta ajoaceite. Reconfortante y revitalizante. EL pan, como siempre, una delicia y la compañía, la vista y la vida que pasaba por delante, una maravilla.




Un café y un té mas tarde en un perdido hotelito de una callejuela y fuerzas retomadas para seguir deambulando...

Caída la tarde, con el sol bajo, nos hemos dirigido a la gran mezquita. Sin el tamaño ni la brillantez de la de Damasco, la vida era totalmente distinta. La hora de las mujeres (aparecen mayormente por la tarde) pasaba bajo los soportales. Los niños corrian como en el patio del colegio y acudían a nosotros a preguntarnos curiosidades y practicar sus tres frases en inglés.

Yo, disfrazada de arriba abajo con una peculiar "galabiya" (una tunica estupenda que te dan en la entrada) me perdía la mitad de las conversaciones tras tener las orejas "veladas". Me he sentido feliz de saber que en unos minutos recuperaba mi libertad y mis sentidos de nuevo. Que sensación de horror y constriccion!!! Las veo y sigo sin poder entenderlo...


Antes de regresar al hotel y poder descansar un poco el cuerpo del día hemos querido rendirle homenaje al Hotel Baron, uno de los más viejos de Oriente Medio y mítico lugar donde se alojo Agatha Christie (escribió parte de su Asesinato en el Orient Express), Churchill o el mismo Lawrence de Arabia. Somos testigos de que siguen los mismos sillones, idénticos taburetes y, posiblemente, las descendientes de las telarañas. Tiene encanto, eso es indudable, pero es para románticos incurables. El té, por su parte, era Lipton y parecía no estar caducado. Un lugar curioso, decadente y con historias en cada ladrillo.


Nuestra intención es seguir explorando Aleppo mañana. Hay mucho por ver, más por descubrir y no queremos dejarnos nada.

De momento, vamos a ver con que nos deleitamos esta noche y que premio le damos al paladar.

Ma' salama!!!!!!!!!

















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