


Areia estaba entusiasmada con el hecho de comer en la misma mesa (una pequeña licencia) que nuestro monarca. Incluso la comida tenía un sabor más regio.






Idas y venidas dedos personitas por los confines del mundo tratando de descubrir el secreto de la felicidad









Vaya día!!! Completito!!! Para ser viernes y jornada de descanso no nos lo hemos tomado muy en serio. Íbamos en contra del mundo, tal vez por aquello de nadar a contracorriente.
Hama ha amanecido en total calma. Placidez sólo quebrada por un despiadado caza militar que rompía el cielo y silencio. Lo oíamos en la vecindad pero no lográbamos verlo. El sol, por su parte, descorría las cortinas y nos daba de pleno entre la almohada y el embozo. Imposible dormir con la luz y el calor subiendo peligrosamente en grados. Eran las 8 cuando saltábamos a la ducha. En nuestra búsqueda de desayuno nuestros amigos los vitamínicos habían chapado la persiana y no había nada medianamente "sano" que llevarse a la boca.
Si hay algo que apasiona a los sirios aun mas que el fútbol, es la pastelería. La locura por los dulces, caramelos, pasteles, buñuelos y refritos es conocida, extendida y vicio público aceptado. En Hama hay algo típico que es un cruce de hueso de santo y un brazo de gitano. Llamado halawat al jibn esta hecho de queso fresco mediante un curioso proceso y relleno de crema dulce pero nada empalagosa. Puesto que no había mucha opción, hemos pedido unos tes, un trocito de halawat y unos hojaldres rellenos de frutos secos (pistachos, nueces, almendras) y de crema de queso. Exquisitos!!!!!
Con la energía que eso proporciona nos hemos ido al final de una larga avenida a buscar unas ajadas norias que en su tiempo proporcionaban agua a la ciudad pero ahora, renqueantes, abandonadas, arrugadas y con alzheimer, no sirven más que para la foto de turno y como excusa para colocar algunos restaurantes alrededor en los que, mientras comes, observas las botellas de plástico flotar y la espuma del río macerarse. Es una pena que el patrimonio no lo cuiden mas porque tienen verdaderas joyas que desconocen.

A las 10.30 habíamos quedado para dejar el hotel y salir con el taxista acordado. Abdul nos esperaba para hacer el recorrido que, de otra forma, se nos antojabia imposible. Si de normal ya es complejo, en día de fiesta los transportes se reducen a un tercio, con lo que nos veíamos abocados a largas esperas y a arriesgarnos a no llegar a los sitios. Por una minima cantidad más (unos 12 euros) arreglamos hacerlo de forma particular y llevar nuestros trastos con nosotros para luego ir directos a Damasco.
Hama seguía adormitada. Sólo familias tempraneras preparaban el picnic a la sombra sobre la hierba donde se alternan las florecillas y la vegetación de plástico tan abundante en lugares publicos. Ellos son aseadisímos en su entorno doméstico y lo tienen todo como una patena pero una vez estás en dominio público la cosa se transforma en un auténtico vertedero.
Nuestra primera parada ha sido Musyaf, un castillo en una pequeña localidad de las montañas poblado por los famosos "asesinos" (Hashshashin, ismaelíes nazaríes, secta extremista musulmana adiestrada para infiltrarse entre los enemigos y asesinarlos con su propia inmolación), unos habitantes nada agradables como vecinos y de los que más valía ser amigo. El estado de conservación era bastante bueno. No había ni un visitante más y tan sólo estaba poblado por decenas de jovenes disfrazados de cruzados y sarracenos esperando la claqueta para grabar una película. Con los más jovenes he cruzado algunas palabras algo altas porque insistían en ponerse delante de mi cámara cuando quería fotografiar a las chicas del rodaje. No les hacía gracia que fueran ellas las protagonistas y hasta que no he gritado en árabe "Por favor, basta ya!!!" no se han apartado del todo. Curiosamente, los mayores allí presentes nos han perdido mil veces perdón por su actitud. Qué distintas son las generaciones!!!

Tras la visita hemos tomado ruta de nuevo en direccion a Crac, hacia el este. El paisaje era espectacular, por medio de las montañas, totalmente cubiertas de verde y salpicadas de miles de flores amarillas. Olivos, almendros, cosechas de pelo corto y una vida dominguera pasando lentamente nos saludaban en las aceras. Curiosamente había mas pelos que velos, estábamos en una zona con preponderancia cristiana y se notaba en el vestir, en la pose y en las actitudes de la gente. Al fondo, como telón espectacular, la cordillera del Antilibano aparecía completamente nevada.
La llegada a Crac ha sido como pisar el Corte Inglés en primer día de rebajas. Todo lo que no hemos encontrado en seis días lo hemos visto con creces todo junto. Grupos inmensos de franceses, alemanes, italianos, incluso griegos. Asiáticos (malasios tal vez), libaneses, sirios de día libre y todos los guías adjuntos. Abocados como estabamos a comer en el mismo restaurante (el único a la altura del castillo) hemos visto desfilar toda la marabunta. Curiosamente, la edad media del turista en Siria se sigue manteniendo. En algún lugar entre maduro y vetusto, los hemos visto de cincuenta para arriba pero también realmente en versión Imserso bien entrado. Apenas hay visitantes por libre y menos aún familias con niños.
El menu del comedor era fijo: algunas mezzes (entrantes) y pollo a la brasa con patatas fritas. Temerosos por la clavada nos ha sorprendido un precio medianamente comedido. Ya recuperados (sobre todo Areia que, con las curvas, habia dejado el halawat en el asfalto) hemos hecho nuestra entrada triunfal en el Castillo.

Se dice que Crac des Chevaliers (Qala at al Hosn en arabe) es el mejor castillo cruzado del mundo y he de decir que si es por el estado de conservación, su situación y estructura, el apelativo no me parece exagerado. Varias ordenes han ocupado sus muros pero siempre se trataron de cruzados en guerra santa. Resistió asedios, guerras y ataques y sólo a finales del siglo XIII cayó en manos de mamelucos. Hemos aprovechado hasta que el señor cansino del pito nos ha perseguido para que saliéramos. El recinto cerraba a las 16 y, tras tomar fotos desde la colina de enfrente con la intención de ver toda la edificación, hemos emprendido la vuelta a Homs.

Abdul, nuestro chofer, ha sido rápido y eficiente, dejándonos en la estación a las 16.55, justo a tiempo para tomar el bus a Damasco de las cinco. Areia se ha enfrascado en la película (curiosamente tienen costumbre de ponerla sin voz) y tanto Miguel como yo nos hemos quedado dormidos.
Alojados y situados ya en Damasco, donde hemos buscado un lugar en pleno centro, hemos apurado el mercadillo de día festivo que se asoma timidamente en el "souq". Toda la zona respiraba una anomala tranquilidad casi forzada. Mañana veremos una cara muy diferente. Disponemos de unas 30 horas más para apurar a fondo la ciudad.
Hemos arreglado noche y media con nuestro hotel, puesto que volamos de madrugada. Tendremos un lugar en que caer, ducharnos o disfrazarnos de persona. Luego, una vuelta por emprender.
Pero eso, sera en unas horas. De momento, vamos a descansar para el asalto final.
Ni que decir tiene que a veces tratar de ubicar las cosas, de saber lo que comes o de simplemente, saber lo que hay alrededor tuyo, es una total adivinanza. El sentimiento de analfabetismo que te entra cuando no eres capaz de descifrar nada es extremo. Entiendo más que nunca a esos niños pequeños que, por primera vez, empiezan a reconocer las letras y se emocionan al juntar una silaba. El árabe no es fácil, mi memoria flaca y apenas reconozco algunas grafías y soy capaz de juntar algunas letras. El próximo viaje prometo repasar con mas ganas...
Anoche tampoco hubo precios en la cena pero el chiringuito era local, básico y sin pretensiones. De hecho, no había ni carta. El camarero nos ofreció directamente todos los kebabs disponibles: chicken, lamb y shish. Para completar, un hummus ( de garbanzo) y un baba ghanou (de berenjenas) acompañados, como siempre, de pan ácimo. Exquisito. Simple, sabroso y rico, rico. A pesar de no estar previamente etiquetado, el precio era justo y lo pagamos sin rechistar. De postre nos pusieron el partido Real Madrid- Olympic Lyonaisse (creo recordar) emocionados por el hecho de que, seguro, estaríamos entusiasmados. No sé si os he comentado ya la pasión que hay aquí por el fútbol (donde no la hay??) y las peleas por ser del Barca o del R. Madrid. Al final hemos decidido que Miguel es del azul grana, yo de los merengues. Areia dice que ella es del "atleti" y de ahí no la sacan.
La noche ha sido mas cálida que las pasadas. De hecho hoy rondábamos los 25 grados. Un sol espectacular nos ha estado acompañando todos los días y hoy más que nunca pegaba fuerte. Sólo la sombra equilibraba un poco la temperatura. Aún así, el forro siempre nos acompaña, pues en la puesta de sol es necesario abrigarse y andar calentito.
Hemos repetido nuestro desayuno vitamínico con las chiripitiflauticas rellenas de queso fundido. Como viejos conocidos, nos ha saludado el chico y nos ha puesto zumos y batido. Después, hemos decidido perdernos sin rumbo por las bambalinas de Aleppo. Barrios destartalados, callejones estrechos, culs de sac, balcones suicidándose, tejados mirando al vacío, puertas coquetas, rincones coloridos, piedras negras, roca ruda. Niños corriendo, jugando, comiendo helados, ayudando sin queja en casa. Cargando materiales, cosiendo piezas, escondiéndose en los zaguanes, saltando de piedra en piedra. Hoy había una vida especial y, obviamente, no había escuela. Luego nos hemos enterado de que era una fiesta especial para maestros, pues los jueves son lectivos y por eso nos extrañaba tanta pella.
Rodeando la ciudadela por su parte norte, hemos llegado al barrio de los oficios extintos. Escenas que en Europa serían tan sólo un recuerdo de tiempos pasados. Los herreros forjaban las piezas con una naturalidad, una fuerza y una maña incluso para mi desconocida. Areia estaba fascinada, al igual que nosotros que no hemos podido evitar mirarlos abstraídos. Nos han invitado a un té, hemos compartido un buen rato con ellos. Incluso han invitado a la peque a usar el martillo. Era fascinante ver al ritmo que trabajaban, alternando golpes con caladas a los cigarros y sonrisas de bienvenida. Algo mas allá, también los casi desaparecidos carpinteros, sin la fuerza de los yunques, pero con el penetrante olor del serrín recién cortado.
Si en el resto de la ciudad nos hemos sentido casi solos, en estas zonas ver un extranjero es novedad, y la atención y el respeto se unen a coro. Acabamos siempre con gestos de entrega, con sonrisas y con regalos. A veces un caramelo, una chocolatina, un gesto y siempre, siempre, siempre, una sonrisa y un "hello". Hasta el niño mas pequeño ha aprendido a decir "Welcome".
Nos hemos vuelto a perder entre vueltas y giros, buscando el antiguo manicomio, pasando por los aledaños del zoco y atisbando los caravasares (antiguas fondas, paradas para las caravanas), casi todos de la epoca de mamelucos. En uno de ellos nos han llamado la atencion y un chaval joven de apenas 20 años nos ha empezado a recitar el programa de visitas de Juan Carlos I en su estancia de hace 5 años. Nos ha detallado incluso el menú, el palacio donde Sofía montó su fiesta de cumpleaños y nos ha llevado su casa a tomar un té, una estructura de mas de 250 años al fondo de un callejon de fin inesperado.
Mohammed (no es original pero es lo que habia), estudiante de derecho de segundo año, se ha convertido en anfitrión y guia durante unas horas. Nos ha explicado algunos pormenores de la ciudad, hemos discutido incluso de política (lo que se puede en voz baja y mirando por encima del hombro). Al llegar a su hogar, Miguel se ha quedado fuera hasta que sus hermanas se han cubierto. La mayor, casada ya, ha aparecido con la galabiyya de negro. La más joven se ha puesto un simple pañuelo, pero ha mantenido los pantalones rosas y el sueter fucsia, viniendo también a conversar a nuestro lado. Las hemos pillado en día de limpieza, dando buena cuenta de la alfombra. Tapadas ya hasta las orejas les resultaba engorroso trabajar, con lo que han parado la faena.
3 hermanos, 5 hermanas, padres y maridos en la misma casa. Niños también, por supuesto. Los maridos van y vienen. Las hermanas, cuando discuten o tienen morriña, vuelven a casa. Un caos, una familia siempre unida, una casa con mucha vida, ires, venires y gente que pasa.
Hemos intentado ir al manicomio, pero justo aparecía cerrado. La fabrica de jabones estaba abierta pero nadie trabajando. Viendo que era mala hora, nos hemos ido a comer al zoco, a un rinconcito local con algo de carne. En un primer piso con 3 mesas y un ventanuco, hemos pedido el unico plato. Shish kebab (esa especie de salchichas hechas de cordero picado) para 3. EN un plato, bajo capas de pan, yacían 20 piezas provocando. Se nos ha hecho un mundo pero hemos dado buena cuenta, con su tomate, pepinos, perejil, ánimo y mucho hueco. Para rematar, un té. El susto ha venido luego.
La primera discusión que hemos tenido en todo este tiempo. El camarero ha venido con la calculadora senyalando un "1000" con el dedo. Nos hemos quedado a cuadros y en árabe le he dicho que "muy muy caro". Ha mirado con cara de poker y Miguel ha bajado para decir que ni locos pensabamos pagar eso. Ignorándolo por completo pero empezando con el regateo, hemos aceptado pagar unos sensatos 500. Posiblemente más de lo que cuesta, pero al menos un precio justo. Habia carne. Mucha. Pero tambien mucho rostro.
Habíiamos quedado con Mohammed a las 15. Justo la hora del rezo. Mientras el almuhédano cantaba, nos hallabamos frente a la puerta de la vecina. Ella iba a mostrarnos los jabones que confecciona, una de las rarezas y especialidades de Aleppo. Nos había citado para más tarde porque su casa no estaba lista. Era día de limpieza y ella tampoco andaba visible.
Nos ha hecho esperar un poco. Miguel, de nuevo, en la puerta. Al final hemos entrado, bajado un piso, descalzado nuestros pies y esperado con paciencia. Mohammed ha conversado un buen rato con nosotros, el jabón ha venido, también desodorante en barra local. El hijo, tímido y recatado, nos ha servido. No habia té, el azúcar mermaba en casa y parece ser que la dueña se pintaba los labios para vernos. Al final ella nunca ha aparecido. Sospechamos que estaba en la casa de al lado donde se oían los cánticos femeninos de una fiesta pre matrimonio. Eso sí, el jabón nos lo han vendido. Estaremos limpios y olorosos por los siglos de los siglos...
Era la caida del sol. Ya daban casi las cinco. Miguel estaba cansado, algo decaído por el resfriado, agotado y dolorido. Hora de recomponer el cuerpo. Por fin, en Aleppo, hemos encontrado el "karma", pastelerías con té en mesas y sentados. Por idiota que parezca la combinacón es extraña. Aquí esta todo tan sectorizado que encontrar dos cosas juntas a veces es gesta inhumana. Un té caliente y unos pastelitos con miles de pistachos nos han devuelto a la vida.
Hora de ir al hotel, recoger cosas y hacer vía.
La estación de bus de Aleppo esta lejos, pero al coincidir con la oración de puesta de sol, el tráfico estaba fluido. A las 18.30 hemos cogido el bus con direccion a Hama. Camino al sur, ya de vuelta.
Apenas dos horas, una pelicula con tintes del XXI y cierto tono de humor. Esta vez el orden de asientos se ha alterado. Miguel y Areia iban juntos, yo aparte, pues la numeración nos daba hueco junto a una dama. En este caso debía ser yo quien rellenara el vacío. Miguel ha dormitado contra el cristal. Areia y yo hemos comentado los pormenores del film que hemos logrado descifrar parcialmente por el camino.
Estamos situados ya. Arreglado el dia de mañana. Para cenar no podíamos ni pensar el carne. Medio litro de vitaminas cada uno, un té caliente y a la cama. Hama rezuma de actividad, las calles rebosan con gente activa, con ganas de fiesta. Mañana todo estará en calma, día de descanso en esta parte del planeta. Nosotros aprovecharemos para hacer una pequeña excursión por la zona. Esta vez hemos arreglado algo más privado puesto que la combinación de buses no nos permite llegar a la mayoría de los sitios. No madrugaremos, iremos con calma y sin prisas, como suele ser nuestro credo.
Os lo iremos contando... De momento, nos llama el sueño (Areia ha caído detras mío sobre el sofá mientras escribía su diario).
Besos... besos .. y besos!!!!!!!!!!!!
Ayer, a pesar de que no sentíamos un agujero en el estómago, decidimos que no nos íbamos a dormir con tan solo los "calzone" sirios que habíamos engullido pasadas las cuatro. Estábamos rotos, pero bien merecía la pena un paseito y probar las delicias culinarias de esta ciudad. En Al Jdeida habíamos visto algunos de los restaurantes más recomendados pero decidimos quedarnos en las cercanías. Primero acudimos a una terraza a unos 300 metros, pero nos impresionaron tanto los manteles recién planchados, los halógenos empotrados, el señor con levita en la entrada y, sobre todo, las cartas de los menús sin precios que, después de preguntar y que nos dijeran "saldréis a unos 400 por cabeza" no nos acabó de convencer el trato y decidimos levantarnos y salir por donde habíamos entrado. La vergüenza, en ocasiones, hay que olvidarla.
El desayuno ha sido todo un lujo. Unos inmensos zumos de frutos y unas "flautas" de queso fundido recién hechas nos han hecho levantar el ánimo (y todo por un euro y medio!) Necesitabamos vitaminas reparadoras. Las proteinas ya se nos salían por las orejas.
Subir, bajar, saltar, escalar, deambular. La fortaleza da lugar para todo. Una pequeña ciudad en bastante buen estado, si no fuera por la proliferación de basura contemporánea que yace sin recogerse de tiempos casi remotos. El cuidado de los monumentos sirios no existe. Una pena, pero parece que les basta con tenerlos. Lo de mantenerlos es otro asunto.


Yo, disfrazada de arriba abajo con una peculiar "galabiya" (una tunica estupenda que te dan en la entrada) me perdía la mitad de las conversaciones tras tener las orejas "veladas". Me he sentido feliz de saber que en unos minutos recuperaba mi libertad y mis sentidos de nuevo. Que sensación de horror y constriccion!!! Las veo y sigo sin poder entenderlo...






Palmira se nos ha abierto practicamente a nosotros solos. Durante el día sólo algunos grupos conducidos borreguilmente en buses y con una media de más de sesenta años han aparecido puntualmente, como en las tumbas, que se ciñen a 4 aperturas diarias y por eso a las 14 horas nos hemos juntado unas 50 personas. Por lo demás, hemos estado solos durante casi siete horas de paseo. Esa inmensa extensión de arte en precario equilibrio, combinacion de piedra, historia y vida contenida contándonos innumerables historias al oído. Todo un lujo!!!!!!
El sol se estaba poniendo ya cuando saliamos del recinto. Entre sombras alargadas, locales paseando, saludos de los niños y un frescor reinante, nos ibamos alejando. Hemos acudido al centro a tomar un té, un zumo de naranja y algo que sonaba como un exotico "flower tea" que ha resultado ser una manzanilla.
