Dos dias en tierras gambianas. Enough!
Una historia larga de contar que tratare de relatar con algo mas de tiempo. The Smiling Coast ... pero con matices!!!
La mañana del domingo amanecimos con el ruido del trasiego de toda la familia de Sira. No sabría decir cuántas personas finalmente pudieron dormir allí. Salían de cualquier sitio y se agazapaban en colchones por doquier. Desayunamos el inseparable pan con mantequilla, cafe y leche de polvitos (los de verdad son un lujo caro de encontrar) y Sira nos espetó para mover un poco más rápido el trasero y acudir a la estación. Nos despedimos con todas las gracias posibles del mundo por el trato recibido y salimos a la carretera principal a tomar un taxi común para acercarnos a la Gare que va hacia el sur.
El coche estaba repleto pero nos acomodamos junto al copiloto las dos con todas las mochilas. Tres más bultos junto al conductor. Todavía no sé cómo encontraba el cambio de marchas. Pero llegamos.
Una vez en el mercado, pregunté por la estación. Un tipo que no hablaba ni papa de francés me hizo el gesto de seguirle. Nos acompañó hasta el lugar, nos escoltó y guió, y encontramos un sept place para acudir a la frontera con Gambia, Karang. Esta vez tuvimos suerte, gozamos de la segunda fila y compartimos con una viejita enjuta que nos permitió tener espacio de sobra para las tres mientras en la tercera fila sudaban la gota gorda tres pesos pesados con corpulencia vital.
El trayecto fue relativamente breve y, a pesar del estado inicial totalmente ruinoso de la carretera, llegó un momento que se convirtió en una ruta hasta placentera y sin cráteres que sortear. Un lujazo que nos aposentó en la frontera en menos de dos horas. Era exactamente medio día cuando entraba en la garita de policía gambiana. En menos de 2 minutos pasamos del francés al inglés, del relajo senegalés al cinismo gambiano. El policía nos inquirió con una sonrisa en el rostro y nos preguntó todo tipo de detalles no burocráticos.
Sellos en mano, cambio de moneda hecho al asalto y recogida la información para continuar destino, tomamos otro colectivo que nos llevaría hasta Barra. Coincidimos de nuevo con nuestra señora flaquita, con quien fue un placer poder volver a compartir asiento y hueco.
La llegada a Barra nos sumió en un caos. Todo parecía incomprensible. Hileras de gente, hordas de personal de un lado a otro, caos de bultos, niños, colores y sonidos. Pregunté por los tickets para el barco. "That way" me soltaron por ahí. La lucha por meter la mano en la ventanilla y obtener un billete era denodada y nada formal. Al final tuve que imponerme, mirar al señorito expendedor, alzarle la voz y pedirle uno para mi. La zona de espera era un mosaico de personajes, una amplia paleta de color reflejando la variedad gambiana. Vendedoras de cacahuetes por doquier (el producto gambiano por excelencia con el que los ingleses quisieron hacer el "agosto" en época colonial), botes de bebidas donde apenas se podia leer el contenido comidos por el sol, niños berreando, madres calmando, inquietud e impaciencia, algo poco propio de la África que suele ser habitual.
Pasaron más de 30 minutos, en los cuales adquirimos- como no- una paquete de "cacaos" para ir subsistiendo. De pronto, un movimiento creciente se podía palpar. Parecía que iban a abrir la reja de acceso. Parecía un grupo de presos ansiosos de encontrar la libertad. Acostumbrada a la parsimonia no pude evitar sorprenderme ante la inquietud reinante.
De pronto, la reja se abrió. Los hombres, con su mayor ligereza por no llevar niños ni bultos adheridos, salieron corriendo a toda velocidad. Falto (igual lo dijeron en gambiano) alguien que soltase "tonto el último" porque la estampida fue brutal.
Mi única obsesión era poder subir a la cubierta, quedarnos lo más altas posibles para no vernos encerradas en ningún lugar donde el aire no nos pudiera dar (mi claustrofobia marítima). Conseguimos trepar las escaleras para darnos cuenta de que estábamos totalmente rodeadas de sexo masculino. Ni una mujer a la vista. No es de extrañar, con el lastre que llevan cualquiera se pone a escalar!!!!
La travesía fue de algo más de 45 minutos. Me pareció oír un idioma familiar y acabamos charlando con dos canarios que tenían un proyecto en Gambia para nanos de tipo educativo con un grupo de las islas. Areia se quejaba de dolor de barriga, de mareo y malestar. Acabó dejando un recuerdo hermoso y único en el suelo del barco, incapaz de aguantar el movimiento del ferry que, aunque en agua calma por el río Gambia, no dejaba de afectar.
Bajamos con otro ritmo diferente y buscamos un taxi que nos acercara hacia Serekunda, a algún rincón donde pasar un par de días con arena, agua y sol. Le pedí que nos acercara a una zona de hoteles para luego poder elegir, previo paso por el banco para avituallarnos.
No sé por qué ecuación, pero acabamos en la entrada de un hotel que se me antojó casposo y poco acogedor y optamos por dejar el vehículo y realizar una pequeña exploración andando. Eran las 15 horas. Hacía calor.
Finalmente recabamos - eso sí, escoltadas ya- en el Palm Beach, un hotel decente para grupos organizados, con una gran piscina, instalaciones dignas y actividades diarias que se nutre de charters británicos llevados por Tui, fletados por Monarch y guiados por pura necesidad de sol. Parejas, jubilados, grupitos de mujeres con un terrible deje a "slang" procedentes en su mayoría de Manchester.
Areia se emocionó con la visión de la piscina. No quería más. Esperamos a que llegara el jefe para negociar un precio. Lo dejamos en tarifa "single", con desayuno y todo lo demás. No sé tomo ni el nombre ni los datos pero me dio la llave y nos fuimos a bañar.
El sol ya no pegaba fuerte y Areia se extasió tanto en la pileta que salió arrugada y casi a la fuerza para poder irnos ver el sol bajar a la playa. Sólo cuando vio la gran cantidad de arena blanca se convenció para salir del cemento y arrastrar la toalla. Entre tanto, el encargado de la jardinería ya me había tirado los tejos "gambian style" y me bajó un coco de los que estaba podando para disminuir la peligrosidad en nuestra puerta. Me lo bebí estupendamente a su salud y quedé en que "ya nos veríamos". Todavía no era consciente de la insistencia viril en este país.
Una vez en la playa nos volvieron a "ataque frontal" y acabamos en un chiringuito playero tomando un "chicken yassa" y unos "macaronni cheese" (debo decir que la habilidad de Areia en este viaje era acabar comiéndose mi plato y yo el suyo, la pendona siempre decidía que lo mío estaba mejor, así que la que se zampó los macarrones fui yo y el super pollo especiado acabó en su estómago). Se levantó un aire frío, así que nos metimos en el restaurante y abandonamos la hamaca y nuestra exposición a otros "peligros" medioambientales. Es lo que tiene ser blanca y ser mujer. Especialmente en Gambia.
Lo había leído pero hasta ese momento no fui consciente. El fenómeno del turismo sexual en Gambia es más que un hecho constatable. Pero en este caso las cosas se ven de otra forma. El turista resulta ser "la", mujeres europeas entradas en edad y en carnes (la mayoría pasan de los 50) buscando fornidos veinteañeros que coquetean con ellas y las encandilan con sus palabras, sus sonrisas y ... su virilidad. Un chollo a cambio de protección durante 15 días y la posible promesa de una invitación, de un visado, de un futuro en el mundo "civilizado". Amar como negocio. Nada nuevo. Nada que ocultar.
Paseamos por toda la orilla hasta la punta más meridional, observando la puesta de sol y rechazando frontalmente todas las ofertas (aproximadamente una cada 100 metros). La noche empezó a caer y decidimos acercarnos a un internet café. El del hotel parecía fuera de combate. Preguntamos en la entrada y un amable empleado - Omar - sin prentensiones sexuales (al menos aparentemente) nos acompañó hasta un internet a una considerable distancia del alojamiento, por una oscura carretera sin más señas y se empeñó en esperar a que acabara mis relatos para buscarnos un vehículo de vuelta. Era tarde ya y no había visibilidad ninguna. Las calles, como es de esperar, apenas tienen iluminación y todos los gatos son pardos. Se aseguró de que conserváramos nuestra integridad a costa de llegar tarde a casa. Un tipo sincero en su actitud, con necesidad de apoyo y amistad pero genuinamente amable.
Oímos el sonido del djembe. De varios de ellos. Procedía de la playa. Nos aventuramos a ver y pudimos observar un grupo de danza. Nos sentamos a admitar y las dos estábamos boquiabiertas observando la velocidad a la que se movían aquellos bailarines. Como si alguien hubiera apretado el "fast forward" los movimientos eran incontrolables, apenas se veían brazos y piernas de la fuerza incontrolable. Aplaudimos con ganas y devoción y, de vuelta a la habitación, empezamos a imitarlos.
30 segundos y el resuello ya faltaba. Agotador, divertido y reseñable. Tanto Areia como yo parecíamos dos posesas al ritmo de nuestra propia percusión sobre la colcha de la cama. Exhaustas, acabamos por sucumbir, el movimiento y las risas nos habían agotado.

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