Los "protas"

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De madre aventurera, hija trotamundos. Una aporta la experiencia, otra el sentido común. La suma de las dos: una serie de vivencias inolvidables y unos recuerdos indelebles.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Río arriba. Asalto a El Castillo

La panga de regreso hacia San Carlos salía a las 8. Era la misma que nos había traído, así que ya nos conocíamos las caras y estaban sobre aviso que, seguramente, nos veríamos de nuevo. Optamos por no demorarnos más en San Juan, ya que las opciones eran mayores desde El Castillo y parecía que nos veíamos de nuevo estancados en el lugar (en un principio hasta el jueves) si optábamos por permanecer. Estaba claro: río arriba!

Nos despedimos con pena de Edgar, a quien agradecimos su fantástica compañía y todas las enseñanzas, le felicitamos por su ingente labor y su peculiar devoción, que era, obviamente, contagiosa. Miguel fue a capturar al vuelto algunos pastelillos y subimos en la barca, con calma y disfrutando del paisaje a la inversa y a contracorriente.

En unas cuatro horas habíamos alcanzado El Castillo. Allí nos despedimos de Dani, que proseguía un rato más e improvisaba también su día a día (había intentado cruzar por Barra del Colorado a Costa Rica, pero le garantizaban sello de salida, pero no de entrada, así que decidió abortar la idea). Llovía a mares cuando bajábamos, por lo que hicimos un pequeño alto en el Cofalito a tomar un café, momento que Areia aprovechó para hacer amistades con Melanie, con quien se puso a jugar, a balancearse en las hamacas y finalmente, a ver una película. Mientras tanto, nosotros valorábamos opciones.

Optamos por alojarnos en el Albergue el Castillo, que estaba a apenas 50 metros, justo sobre la plaza principal y con una fantástica vista sobre el río. El lugar es espectacular, un inmenso "chalet" de madera de un par de pisos, con habitaciones en la parte de arriba, una inmensa balconada plagada de hamacas y mecedoras. Nos prepararon una triple (con ventilador y mosquiteras) y, aprovechando que había cesado la lluvia, decidimos salir a dar una vuelta.

Nos encaminamos al mariposario, en lo alto del cerro, junto a la "loma Nelson", pero todavía estaba cerrado, así que pensamos en visitar el castillo (que le da nombre a la ciudad), una fotaleza construida por los españoles entre 1673 y 1675 para protegerse de los ataques piratas.

Curiosamente, fue un jovencísimo Horatio Nelson quien la tomó años más tarde, asaltándola por tierra desde una zona más alta. Al parecer, los españoles tampoco opusieron gran resistencia (y eso que las fuerzas inglesas venían mermadas por falta de alimentos y agua) puesto que, como luego se comprobó, la zona estaba infestada de mosquitos de malaria y el ejército inglés acabó cayendo en unos meses por causas más "naturales", circunstancia que, como es de esperar, aprovecharon los hispanos que acechaban para reconquistarla.

Desde entonces el edificio ha sido centro de luchas, controversias y episodios llenos de historia. También fue escenario de un encarnizado enfrentamiento entre sandinistas y contra. En 1993 se decidió su restauración, gracias a un proyecto de AECI (cooperación española) del V Centenario y desde hace un par de años tiene un flamante centro de visitantes.

Ogla, la guía del lugar, nos hizo de perfecta anfitriona. De fluctuante verborrea y personalidad chisposa, nos contaba con detalle todo lo referente a la prehistoria del lugar, los ataques diversos y la historia de todo el río. Areia, algo perdida y aburrida, deambulaba por las salas haciendo resonar las chimeneas de hierro de los antiguos vapores.

Se despertó al ver la biblioteca donde los estudiantes de la cercana escuela hacían sus "tareas". Miguel le sopló a Ogla que yo era filóloga y al final me tocó hacerle los deberes a una chavala de secundaria. Visto el filón, Ogla aprovechó para preguntarme unas dudas y darme sus listas de frases en varios tiempos verbales para corregirlas.

Pasamos un rato largo en su compañía pero nos divertimos mucho viéndola parlotear y riéndonos con su plática. Ya se nos había hecho la hora de ir al mariposario (casi era ya la de cerrar) y allí estuvimos viendo como crían los huevos, los separan, los supervisan en el periodo de pupa (de 8 a 22 días) y luego las van soltando en un jardín cerrado que tienen para poder observarlas de cerca. Nos alucinó la "caligo", un ejemplar de gran tamaño que cuando vuela tiene un intenso color azul pero al cerrar las alas apenas parece una parte de un tronco de árbol.

El calor en el recinto era casi insoportable (lo peor de aquí es la humedad y la pérdida constante de agua) así que hicimos nuestra salida con intención de buscar un sitio donde cenar. De vuelta en el Albergue me encontré con un grupo de vascos y comenzamos a hablar. Al parecer, ellos habían reservado un tour para el día siguiente, el mismo que nosotros estábamos esperando. Por la mañana habíamos contactado con Mildred y le habíamos avisado de que si había más gente, estábamos interesados en ir a Río Bartola. Nosotros solos no podíamos afrontar el pago.

Al hablar con Marga, me confirmó que ellos habían ya cerrado trato en el Intur. De hecho, les comentaron que contaban con nosotros. Cogí la mochila y bajé corriendo a cerrar el trato y pagar los honorarios. Al final salía por un precio asequible (Areia no pagaba) y a las 7 podíamos salir todos en un recorrido de unas 5 horas por la selva tropical.

Una ducha más tarde, estábamos listos para la retirada. De pronto la luz se fue y no tenía visos de volver el breve. Preguntamos dónde se podía comer y nos dijeron que tal vez "donde Vanessa" tuvieran equipo. Sólo vimos dos casas con generador, el Nena Lodge y la pulpería del "cacique" del pueblo. Acabamos por improvisar y topamos con la casa de Mayela, el comedor Allyson. Pasamos al piso de arriba, una terraza junto al río. Nos trajo un par de velitas y le dio al ambiente más magia aún si cabe. La luna en estas latitudes, más aún con la falta de luz eléctrica, proyecta tu sombra de forma sólida.

Nos deleitó con unos platos de pescado mágníficos pero sobre todo su compañía fue espectacular. Estuvimos un buen rato de charla, ocasión que Areia aprovechó para jugar con Allyson (la hija de Mayela, de 7) y Valeria (su nieta de 5 años) Las oíamos gritar como posesas, correr y esconderse. Jugaban a policías y ladrones por todas las casas de alrededor, en plena oscuridad y dándose sustos. Eran cerca de las 21 cuando arrastrábamos a la peque fuera del local, con mucho sudor y pocas ganas. Habíamos pasado una velada estupenda en compañía de esta familia. Les prometimos volver al día siguiente (con muchísimo placer) para que también las enanillas pudieran jugar un rato.

En esta parte de Nicaragua hemos encontrado una gente maravillosa. El río tiene algo que no sabríamos explicar, pero la magia es tremenda. Todos son conscientes de su valor y lo cuidan como algo propio. No ves basuras, la gente es consciente de que el medio ambiente es su futuro y miman cada rincón sabiendo que todo es una fuente de ingresos. Pero, más que nada, su humanidad y generosidad nos tienen boquiabiertos. Siempre dispuestos a echar una mano, a ayudar en lo que ellos puedan alcanzar.

Esta gente es, sin duda, digna de ser admirada.


Río abajo. De San Carlos a San Juan

Tras el trasiego del día anterior, en el que hicimos interminables kilómetros en diversos medios (con sus correspondientes paradas incluidas), nos dimos horas para dormir sin límites. Aún así, el amanecer marca un hito en las dormidas y a las 5.30 de la mañana andamos siempre con los ojos como platos.

Salimos ya con la idea de buscar una lancha a El Castillo, aunque previamente nos merecíamos un fantástico desayuno. Paseamos por un San Carlos dominguero, tremendamente tranquilo, con algunos carteles de "Hay nacatamales" en las casas (una comida típica que se come sólo los domingos). Casi todo estaba cerrado, por lo que nos encaminamos a la zona del muelle, donde parecía haber un kiosquito abierto y con clientela.

San Carlos es un pueblito tranquilo, enclavado en un extremo del lago Managua y de donde parte el Río San Juan para luego desembocar en el Caribe. A pesar de ser un nudo tremendo, la conexión con este pueblo es compleja. Hay pocas vías de entrada o, cuanto menos, son algo complicadas:
- Por río, viniendo por el San Juan, desde San Juan del Norte (costa caribeña) o cualquier población de la ribera.
- Por carretera, tal como habíamos llegado nosotros. Unas 6 horas desde Managua (directo). Unas 7 desde el Rama (nuestra opción) y cerca de 3 desde el cruce de ambas carreteras (Acoyapa)
- Por avión (fácil y rápido, pero caro)
- Por Costa Rica. Pasando trámites y con varias horas de barca. Posiblemente nos planteemos esta vía de "escape" para nuestra salida, puesto que nos queda la aérea, que se nos va de presupuesto (y no queremos ir a Managua)

Nos habíamos quedado con la espinita de hacer el río completo, desde la misma desembocadura (donde había de llevarnos la "panga fantasma" que venía de Bluefields) pero habíamos decidido quedarnos en las inmediaciones, visitar El Castillo, hacer unas marchas y empaparnos del ambiente ribereño.

Tras el desayuno de lujo, nos dirigimos al muelle del río (hay otros dos, uno hacia las islas del lago y otro más para la frontera costaricense) y allí nos dijeron que la barca estaba a punto de salir, a las 10 am. Pasamos por el baño rápido y fuimos a embarcarnos, aunque el militar nos indicó que esa era la rápida que iba directa a San Juan del Norte (o Nicaragua, a 200 kms) y nosotros pensábamos quedarnos en El Castillo (a 50 kms). Pero, de pronto, se nos encendió la luz y pensamos que era LA oportunidad que habíamos perdido. Nos íbamos directos para allá. Queríamos verlo todo y sabiendo que al día siguiente había panga de regreso, era la ocasión perfecta para conocer todo el tramo sin quedarnos colgados más días.

Nos embarcamos en el "completo", con aviso además de que la barca "No para en absoluto, ya que lo tiene prohibido y va directita a San Juan". Obviamente, todo lo que te cuentan hay que tomarlo con pinzas, ya que luego va de pueblo en pueblo dejando y tomando gente, dando un descansito o parando para ir al baño.

Lo que sí es cierto es que era la rápida. Los dos motores tremendos que llevaba indicaban que cubría el trayecto en poco más de 5 horas. En apenas 40 minutos estábamos en Boca de Sábalos, la primera población importante y, 10 minutos más tarde, en El Castillo, donde también recogimos a algunos pasajeros más, entre ellos a Dani, un profesor de secundaria gallego y a una pareja de suizos. Aprovechamos también los 15 minutos de receso para tomar un batido y un café en el Border's Coffee, el local más "in" del pueblito.

Al poco de salir de allí, cuando habíamos pasado los rápidos (o raudales, como les llaman ellos) vimos que nos hacían señas desde el río. Un pequeño cayuco acababa de hundirse con 6 pasajeros dentro. 4 chicos y dos chicas nos miraban desesperados tratando de agarrarse como podían a los restos de madera y se negaban a soltar sus pertenencias para no perderlas. Por suerte, llegamos enseguida. Miguel, sin poder esconder su vocación, se fue corriendo a la proa con varios chalecos, pero el rescate fue rápido y los sacaron directamente del agua, sobre todo a las chicas, que blandían caras de pánico. Sus mochilas estaban empapadas, pero al menos estaban a salvo.

Un par de ellos se quedaron reflotando el cayuco, agarrados a nuestra barca y los acercamos a la orilla, donde dejaron los restos, con intención de tratar de salvar el motor. Las embarcaciones locales son débiles y con apenas un zarandeo se llenan de agua. Al parecer, otra motora que paso provocó una ola que provocó la inundación y el posterior hundimiento.

Por suerte, el resto de la travesía fue más plácida y sin sobresaltos, observando la belleza del río, las aves que pueblan sus orillas, la vegetación espesa y exuberante, la vida que va surgiendo y las casitas que salpican la frontera natural que también conforma entre Nicaragua y Costa Rica.

Mientras tanto, conversábamos también con Dani, el gallego, que nos ponía al día de sus andaduras e intercambiábamos información sobre nuestros viajes.

Eran las 15.30 cuando alcanzábamos esa "otra esquina", San Juan del Norte, la ciudad que en su día fue la capital y un puerto fundamental de travesías del Caribe al Pacífico.

Antes de la existencia del canal de Panamá, esta fue una de las vías preferidas para cruzar de uno a otro lado. Varios planes de diversos países trataron de consolidar una vía usando el río San Juan, el lago Managua y el tramo que lo separa del Pacífico haciéndolo por tierra, aunque los ingleses planificaron también en su día un canal. Los franceses aún subieron más porque pretendía salir por la zona norte del lago Managua y los españoles fueron más allá, planificando un canal navegable desde el lago Managua al Nicaragua y saliendo (con otro canal) por tierra hasta el océano.

Huelga decir que ninguno se llevó a cabo, pero sí se utilizó en la época de la fiebre del oro, tras la independencia del país (primera mitad del XIX) por los americanos que luego iban a California. Embarcaban en barcos de vapor en San Juan, subían hasta el Castillo (la zona de rápidos no permitía pasar a los barcos) y allí pasaban por una vía férrea al otro lado. Navegaban por el lago y acababan por cubrir el último tramo por tierra. Un periplo complicado pero mucho más fácil que dar la vuelta por Cabo de Hornos, claro está, menos costoso en tiempo y en dinero.

Esa etapa convirtió a San Juan en una ciudad importante, pero la ciudad cayó en declive a posteriori, al abandonarse la ruta y se convirtió en un compendio de restos y una estructura deslabazada, sin mucho orden ni atractivo. Todavía hoy existen dos ciudades, Greytown, la que crearan los ingleses y la sempiterna San Juan. Ambas están durmientes.

Nosotros queríamos sobre todo, llegar hasta allá, saber lo que era la travesía y, como no, conocer también a Edgar el Rasta, un personaje que Cynthia (la encargada de la fundación que protege las tortugas, a quién conocimos en Bluefields) nos había recomendado. De hecho, Edgar nos estaba esperando. Incluso había preparado la habitación (y eso que habíamos desechado inicialmente el plan, pero el subconsciente debió traicionarnos). Era tal cual Cynthia nos había descrito: bajito, regordito, exultante, divertido y un auténtico pozo de sabiduría y entusiasmo.

Colaborador de World Life Conservation Trust desde hace 9 años, Edgar había comenzado su andadura trabajando en barcos. Pasó a ser cocinero y, harto de esa vida, se presentó voluntario para cuidar tortugas en Costa Rica. Cuando dio con el proyecto de WLCT, no dudó en ofrecerse para el puesto. Ahora es el más entregado y dedicado a la conservación de nidos de tortuga. Madruga a horas intempestivas para ir a comprobar las puestas, contar los huevos, controlar a los furtivos y enseñar a los locales que la protección de las crías es el futuro para las tortugas.

En media hora aprendimos cosas que ni por asomo podíamos imaginar. Disfrutamos de su dedicación y locuacidad al hablar de sus proyectos. Nos reímos con sus ocurrencias y nos maravillamos ante la tenacidad que supone ir a contracorriente muchas veces con tu propia cultura.

Según nos dijo, él mismo comía huevos de tortuga cuando era pequeño y su labor consistía, sobre todo, en enseñar a su gente las consecuencias de estos hábitos. Desde campañas escolares hasta "incentivos" a las familias que cuidaban los nidos cercanos (arroz, papas, harina). Se indignaba cuando todavía algunos lugareños le "chuleaban" por haber "chupado" huevos y tenía que controlarse para no pegarles "un machetazo", de la rabia que le entraba.

Se hacía de noche ya, así que nos dimos una vuelta por la población para hacernos una idea de cómo era aquello. Apenas una "avenida" central y calles en paralelo que discurrían por unas pasarelas elevadas de cemento, elemento que, como vimos, era imprescindible para las temporadas de lluvia (que cae muy fuerte y encharca absolutamente todos los alrededores)

Edgar nos había recomendado comer "donde Lolito" así que allá fuimos (Dani se nos unió al poco rato, ya que también había escuchado el consejo de Edgar) y pudimos disfrutar de unos estupendos frescos (de carambola y naranja por un lado, de arroz y piña por otro) y unos platos de pollo y pescado espectaculares. Aprovechamos el diluvio que estaba cayendo (apenas podíamos escuchar la conversación pues el ruido de las gotas sobre la uralita era atronador) para demorarnos jugando unas partidas de cartas y aprendiendo algunos trucos de magia pero la hora de acostarse tras un largo día de travesía estaba cercana.

Esperamos a que acabara estrujarse la nube para salir, disfrutar del fresco que se había levantado y dirigirnos como pudimos a nuestra morada, sorteando charcos, lagunillas y animales sueltos que poblaban los recientes "criaderos".

Un día lleno, con un objetivo que, sin querer habíamos cumplido: el recorrido completo desde el lago Managua hasta el Caribe. Nos costó ... pero lo conseguimos!!!!!!!!!!!!!!

sábado, 6 de agosto de 2011

Atascados en Bluefields

NO, no me refiero solamente a ese problema diario que nos hace sudar la camiseta cuando nos sentamos intimando con Mr. Roca... (he pensado en beber directamente agua del grifo para solventarlo, incluso andamos todos probando jugos naturales, comidas de mercadillo y todo tipo de inventos para encontrar una solución rápida, pero ya llegará...) sino a la imposibilidad de salir de esta ciudad de una manera común y corriente. Estamos, literalmente, atrapados. No hay "panga" hacia el sur y parece que puede llegar el sábado y salir domingo pero entonces, según hemos comprobado, no podríamos enlazar con los barcos que suben por Rio San Juan (que salen jueves, sábado y domingo). Vamos, nos veríamos abocados a estancarnos de nuevo en San Juan durante 4 días.

Un lujo que a día de hoy no nos podemos permitir.

Han sido un par de días intensos, con miles de cosas aunque centrados en esa imposibilidad de salir de aca. Se nos ha hecho tarde y nos echan del cyber. Areia tiene los ojos rojos y ha pasado las últimas horas de juego intenso con sus nuevas amistades del Parque Reyes (hasta han cenado juntas y se han pegado unas buenas timbas de cartas)

Por lo tanto, optamos por cerrar el chiringuito y echar a suertes nuestro destino... No sabemos dónde vamos a acabar, pero sí tenemos claro que mucho más tiempo aquí atrapados, no podemos quedarnos...

Qué será... será... whatever will be will be...

jueves, 4 de agosto de 2011

Bluefields: azul castigador

Por fin podemos conectarnos!! Esperamos no haber causado dudas, sustos o paranoias. Nos ha sido harto complicado. Estoy tratando de actualizar lo que nos ha pasado estos días, pero tener paciencia. Relatar 5 días de golpe es una tarea ciclópea.

De momento, os dejo el día de ayer. Estoy esbozando los días anteriores, pero prometo regresar más tarde para avanzar y que todo esto tengo pies y cabeza.

Hace un calor infernal y el sol cae a plomo sobre Bluefields. Vamos a darnos un pequeño break, un refrigerio o una cabezadita.

Estamos un tanto estancados, buscando un barco que nos saque de aqui hacia el sur, pero dependemos de que llegue esta tarde (puede hacerlo en cualquier momento) puesto que, si es así, regresaría mañana. De no venir, no tenemos idea de cómo podemos salir de acá y de qué opciones tenemos. Investigaremos o pondremos velitas a algún santo local.

Con lo que haya, os iremos contando.

Besos!!!!!!!!!

Laguna de Perlas

Dormir, lo que se dice dormir en Nicaragua, resulta a veces todo un poema. A las 5 de la mañana todos los gallos se desperezan y el pequeño porcentaje de población que trabaja (hay más de un 50% de paro, más aún en algunas regiones olvidadas como esta) suele hacerlo ruidosamente.

En el Hostal Estrellas (o Slilima, como reza el cartel, que es el equivalente en Miskito) están de arreglos y ampliando en el piso de arriba, con lo cual a las 5.30 los martillazos, sierras y demás herramientas nos ofrecían su musicalidad (no os quejéis la próxima que suene el politono del móvil: es música celestial!) con lo que optamos por ir levantándonos y haciendo marcha. Dejamos remolonear un tanto a Areia pero a las 7 estábamos buscando panecillos y café para acabar de despegar los ojos. La peque pasó la noche como una reina, en su improvisada cama en el suelo, con las colchas dobladas y un par de sábanas. Su cuerpecillo flacucho no acusó los rigores del cemento.

Mientras tomábamos un estupendo café (lo cual no es fácil en uno de los mayores productores de café del mundo- suele ser instantáneo y bastante soso) apareció Alberto. No es difícil ubicar a una familia de "extranjeros" en un pueblo de 3 calles horizontales y 5 transversales. Al final alguien da el chivatazo. Nos acompañó con otro cafecito y saboreamos unas estupendas galletas de coco, caracolas de coco y un extraño y pesadísimo pastel hecho - como no- con coco y un tubérculo que no alcanzamos a dirimir.

Una vez listos para la partida comenzamos a caminar con el sol ya castigando sobre nuestras espaldas. Nos acompañó uno de los hermanos de Alberto (Emilio) y pasamos a recoger la mochila que había dejado el día anterior en casa de unos conocidos. Como ya partió de noche hacia su poblado, había preferido dejarla antes de hacer el camino a oscuras.

El camino a Awas eran unos 3 kilómetros por una carretera bastante bien acondicionada (al parecer un proyecto danés) rodeada de una zona pantanosa. La salida de Pearl Lagoon dejaba ver sus tiendecillas pero, sobre todo, la vida en las escuelas que se desarrolla de 7 a 11.30. Todas las escuelas que existen en el pueblo han sido construidas mediante apoyo de países europeos. Una de ellas blandía un cartel de "Cooperación Austriaca" pero tanto Alberto como Emilio sólo parecían acordarse de los daneses cuando hablaban de espónsores.

Inmensos nenúfares, garzas, palmeras, entrantes de ríos, aguas más o menos estancadas, gente bañándose en ellas o haciendo la colada. Vida animal y exuberancia en unas extensiones inmensas de terreno que, al parecer, también habían intentado comprar los chinos para llevar a cabo algún tipo de explotación.

Awas, la comunidad de Alberto, es realmente una "reserva" de indígenas miskitos. Una comunidad que reune 105 personas, de apenas 3 familias (la de Alberto es la más grande). Una verja de entrada llama la atención. Según nos explicó, la pusieron por seguridad para evitar que entraran coches a toda velocidad y pudieran atropellar a los niños, que juegan libremente por toda la zona.

Nos estuvo presentando a sus familiares (7 hermanas y 5 hermanos) y saludando a todos los amigos. Los dos años que había estado ausente se notaban en los rostros de los que se iba cruzando, que lo abrazaban y reían efusivamente cuando lo veían.

A medida que vas caminando, mangos, árboles de fruta de pan, aguacates, palmeras y otras decenas de árboles de todo tipo (casi todos ellos aprovechables) pueblan la zona. Nos sentamos a "platicar" (deporte nacional junto con el "relajar") y a pasear por todos los rincones. Alberto nos mostró la escuelita de párvulos, abandonada y con los muebles ya casi destrozados, que lleva varios años en desuso porque no les envían un profesor. Para estar activa precisan de 15 niños. De momento de esa edad, tienen sólo 7.

Awas sorprende por su verdor (los esfuerzos que hacen los campos de golf y ellos tienen una hierba envidiable "por castigo") y su riqueza en toda clase de especies, como es común en Nicaragua. Como bien dicen ellos "somos ricos, aunque seamos pobres". Son conscientes de que no les falta para comer (tienen una fantástica despensa) aunque lo que es dinero, no fluye. Funcionan a base de una economía de subsistencia, con minifundios y pesca. Van vendiendo "a puños" lo que cultivan, casi de casa en casa, sin posibilidad de conseguir una distribución más que minorista, y con los exingües beneficios, compran aquello que no pueden producir, con lo cual es un estadio más allá del trueque.

Bajo un techado de paja, estuvimos de charla largo y tendido con Emilio, Alberto, Juan el Chino y Pedro, estos dos últimos llegados de la otra parte de la Laguna, La Finca, donde cultivan sobre todo piña y viven también de lo que el mar les va dando. Habían estado tomando un trago y esperaban a que bajara un poco el sol para que no les diera tan fuerte (ambas cosas). Intercambiamos ideas políticas, nos pusieron al día sobre su situación y nos mostraron ese apoyo incondicional que estamos viendo a diario al presidente actual, Daniel Ortega. Saben que hay mucho por hacer, pero en general están contentos con la gestión del "socialismo" que está ahora mismo presente en el país. Cuanto menos, parece que las necesidades básicas (educación, sanidad, ...) las van solventando sin más trabas.

Eran cerca de las 14 cuando Alberto nos llamó para embarcar en un pequeño cayuco e ir a navegar un poco por la laguna. Areia había estado desde primera hora jugando con 3 sobrinas de edades similares a la suya. Había fabricado un collar y andaba corriendo de casa en casa. Montamos los 7 en un cayuquito de madera que se zarandeaba peligrosamente con cada inspiración. Apenas habíamos recorrido 100 metros cuando las niñas andaban frenéticamente tratando de achicar agua. Ante las risas de todos, el barquichuelo empezó a hundirse y decidimos saltar todos y usarlo de guardarropía, visto que éramos demasiado público para tan poca base.

El agua debía rondar los 35 grados. Era como estar en una gran bañera. Miguel se reía de mi porque andaba con las manos fuera intentando evitar que se me arrugaran más aún los dedos, pero reconozco que me da una grima tremenda y parecía que estuviera en mi momento zen realizando algún mudra...

Las nanas lo pasaron en grande, jugando, cantando, tirándose desde la barca. Nos hicieron exhibición de cante y baile, nos hicieron jugar al ratón y al gato, a luchas de caballos y otros mil juegos. Areia estaba en su salsa (nunca mejor dicho) pero tras una hora de "cocción" decidimos volver a remolcar nuestro tronquito hueco y volver a la orilla. Las niñas aún estuvieron haciendo saltos desde una pequeña islita con una palmera que era la encarnación perfecta de la viñeta de un náufrago.

La comida nos estaba esperando. Otro de los hermanos (el rastafari músico de la familia) nos había preparado una sopa de pescaso, con pargo rojo y cangrejos. Para acompañar, algo de yuca, "breadfruit" (es una fruta, que se cocina y sabe como un tubérculo algo dulce, cercano a la patata). La mezcla era perfecta y estaba todo riquísimo. Lo devoramos con ganas. Eso sí, tuvimos que convencer a Alberto para que trajera su plato y comiera con nosotros, porque la familia lo hizo aparte dentro de la casa.

Tras el festín, todo el mundo se retiró a descansar. Antes, eso sí, apareció Denís, el hermano mayor y artífice del negocio que estábamos "tramando". Había estado gestionando el permiso para poder salir con la barca y llevarnos de excursión por los cayos. Llegaba el momento clave de la negociación, de la que Alberto se había mantenido al margen y que quedaba solamente en manos del mayor de la familia.

La cosa fue rápida. Nos pidió 200 dólares y bajo casi inmediatamente a 150. Le dijimos tajantemente que esa cifra para nosotros era inalcanzable y que era lo que nos habían ofrecido ya. Murmuró algo sobre la gasolina pero nosotros zanjamos pronto. Reiteramos que nuestro turismo no era el de la gran mayoría y que el presupuesto que manejábamos era más bien discreto.

- No pasa nada. No vamos y no hay porque seguir hablando. No podemos.

Teníamos claro que no estábamos dispuestos a pagar esa cifra (hemos estado viviendo a diario por menos de 50 dólares los tres al día) por lo que nuestro plan de permanecer algún día más en la laguna se nos acababa de ir al traste.

Notamos la incomodidad de Alberto. Los tres estábamos faltos de palabras. Le volvimos a explicar nuestra manera de viajar. Pensábamos que la había entendido. De un plumazo, nos llegaba un cambio de planes, lo cual tampoco nos trastocaba mucho.

Alberto se retiró a descansar (dada la hora y la tensión que se había levantado de pronto) y nosotros nos quedamos planteando un plan B y buscando una salida digna.

El sol estaba bajando ya y la belleza de aquel rincón se destacaba más aún con los reflejos del sol sobre el agua. Alberto reapareció y nos dijo que nos pusiéramos en marcha para llegar a Laguna antes de que cayera la noche.

Rescatamos a Areia, que había estado en la cocina observando como hacían tortitas y comiendo plátano asado, apesadumbrada por dejar a sus amigas atrás y con ganas de jugar algunas horas más.

El camino de vuelta se hizo más ligero sin la brutalidad del sol de la mañana. Alberto nos acompañó hasta la misma Laguna, dándonos un gran abrazo y deseándonos mucha suerte. Nuestro anfitrión por un par de días se iba ya a buscar la vida desde esos mismos momentos, un par de días por acá y por allá y luego unos meses más a trabajar fuera.

Pasamos brevemente por el hotel para ducharnos y organizar un par de cosas. Buscamos un internet que encontramos, pero tan lleno de gente (locura por los juegos en linea) como de mosquitos, con lo que optamos por ir a tomar algo.

Nos agasajamos con una langosta asada y un inmenso plato de delicatessen locales para picotear (gambas, cangrejo, pollo, pescado...), una cena de unos 12 euros para los tres en Queen Lobster. De ahí, directos al catre. No eran más de las 21 horas, pero estábamos rendidos. Y debíamos aprovechar el silencio que reina en Nicaragua a esas horas...

Atajos

Nos habíamos situado en un hospedaje cercano al puerto porque, en principio, pensábamos tomar el barco a Bluefields desde Rama. Aparte del decaimiento per se del hostal Gonzales (pero el único que encontramos a priori con tres camas), el trajín de personal constante por la zona lo convertía en un hervidero bastante incómodo, aunque conveniente.

Lo curioso es que, al final, habíamos decidido cambiar el plan inicial y no tomar el barco, sino el camino por tierra hasta Laguna de Perlas (normalmente se accede desde Bluefields, a 1 hora de Rama y otra hora más desde la ciudad). Nos habían indicado que había un bus directo a las 9.

A las 3 am, tanto Miguel como yo, nos asomamos curiosos por la puerta de la habitación, observando el trasiego incansable de pasajeros tanto en buses como tratando de embarcar. Una muchacha gritaba "Tengo café, tengo comida y tortitas de harina"(en la versión inicial que yo entendí era "Tengo café, tengo comida y biodramina" - ya os podéis imaginar mi sorpresa ante la gran preparación de la moza). Nos empezamos a reír de la situación tan rocambolesca, de la imposibilidad de descansar y del agujero mismo en el que estábamos metidos. Apenas pudimos dormitar unos minutos más pero dimos tregua a Areia, hasta que cerca de las 5, nos pusimos todos en pie.

Anduvimos buscando un sitio donde desayunar y fuimos a preguntar los horarios de los buses. De pronto, el de las 9 había desaparecido, pero sí había uno a "Cúcara" (realmente es Kukra Hill), un poblado en el camino, y de allá podíamos enlazar con otro a Laguna. El primer trayecto eran 74,5 kilómetros. El segundo, apenas 22. Unos 100 kilómetros a recorrer. Todo un reto.

Recogimos los trastos y desayunamos con calma. La actividad a esas horas de la mañana raya el frenesí (dentro de lo que es Nicaragua) y todo parece funcionar antes de que el sol ataque con virulencia. Además, nos acompañaba un día tapado y tristón. Salieron algunos buses camino a Managua y llegó un camión. No aparecía aparentemente el transporte a "Cúcara". Apurando el desayuno nos dimos cuenta de que ESE camión era el nuestro. Para nuestra suerte, apenas había una decena de campesinos, con lo que no se planteaba un viaje infernal con todos apretados como borregos.

Nos aposentamos en los asientos laterales en la parte de atrás (lo más cerca del pescante de subida y bajada) para poder disfrutar del aire, la vista y - como no- el polvo del camino (aunque ese es inevitable en cualquier posición)

EL trayecto hasta Kukra fueron 4 horas. Llegábamos prácticamente a las 12. Habíamos partido a las 7.30. Por el camino apenas recogimos a algunos campesinos y fuimos dejando a otros, pero siempre sin restricciones ni agobios. Pudimos conversar tranquilamente con algunos locales (uno de ellos nos contó su peculiar versión de la conquista española y nos informó de que Colón estaba enterrado en algún lugar entre Nicaragua y Costa Rica) y trabamos amistad con Alberto, un miskito que se dirigía a su casa tras dos años de ausencia. Había estado trabajando algunos meses en Matagalpa y volvía a visitar, pasar algunas semanas y ver a una de sus hijas, que posiblemente apenas reconocería (y cuyo nombre tuvo que pensar por algunos segundos)

La lengua de Alberto no es el español. El se defiende en Miskito y en inglés criollo, una versión hilarante de la lengua isabelina que suena a puro cachondeo con un toque muy musical. EN la zona del Caribe todavía se habla mucho inglés y la herencia de la corona británica, pero sobre todo de los piratas que poblaron la costa, es más que latente. Curiosamente, fueron estos bravos y temidos seres quienes consiguieron la mayor oposición ante la soberanía española y empujaron a Nicaragua a conseguir la independencia hace casi 200 años. Tal vez en su honor y como muestra de orgullo, esta herencia pervive de manera muy establecida y el español está visto como idioma de dominación. Algunos habitantes se muestran reticentes a hablarlo (y una gran cantidad no lo dominan). La lengua de la escuela es, como se imagina, el inglés. Como podéis entender, ¡es un tanto surrealista!

Llegamos aKukra con un calor asfixiante. En teoría un bus llegaba a las 14 para recorrer esos 22 kilómetros a Laguna. Pero, tras unas partidas de cartas, unos cocos que Alberto nos trajo (de casa de una tía que casualmente vivía en las cercanías) y unas charlas bajo las sombras, no había rastro del bus.

Vino un tipo de aspecto dudoso a decirnos que hasta las 17.30 no saldría el bus, pero que él podía buscarnos un transporte privado que nos llevaría para llegar con luz, sanos y salvos, con mayor seguridad y disposición. Barajó unos 400-500 córdobas (entre 20 y 30 euros) pero ya le avisamos de que no estábamos dispuestos a pagar y que saldaríamos el viaje con los 100 que nos costaba el bus de línea. Al observar nuestra determinación, acabó pidiéndonos 50 córdobas, supuestamente para una inyección de penicilina de una hija enferma. Le dimos las gracias por su "ayuda" pero no quisimos darle nada para no fomentar esa "mendicidad forzada".

Ya que, definitivamente debíamos esperar a las 17.30 para llegar a Laguna, optamos por recoger las mochilas del sombrajo en el que estábamos y dar un paseo por el pueblito. Como suele ser habitual, estructura reticular, con apenas media docena de calles cruzando y dos o tres principales que vertebran el pueblo. Tiendecillas dispersas (donde pudimos comprar y reemplazar lo que nos faltaba de equipaje: Navaja y cortauñas) y algún pequeño "barecito" donde, aparte de colas de litro, no podían ofrecer mucho. Finalmente optó por prepararnos un café con sobrecitos instantáneos. Agua hirviendo para mitigar los calores de la tarde decadente... No hay mejor opción!

El bus - uno de los típicos "School bus" americanos- llegó a la rotonda como a las 17. Todavía esperamos un buen rato. Al parecer, algunas pangas (botes) de Bluefield que traían pasajeros para Laguna. Sobre las 17.45 el bus empezó a llenarse. Un conductor con pinta algo macarra y un "asistente" (aquí los que recogen la pasta y organizan los pasajeros son los verdaderos negociantes) rasta, nos dieron paso.

El sol estaba cayendo ya. Miguel se sentó con Alberto, que ya estaba actuando de padrino con nosotros y con quien estábamos intentando establecer también algún tipo de "actividad comercial", ya que preferimos echar una mano a las familias de la calle que a un "capo" que controle todo el turismo. En Laguna este personaje se llama Wesley, regenta el Green Lodge y parece controlar todas las entradas y salidas de gente. Pone las tarifas y estructura los viajes.

Nosotros queríamos ir a visitar la zona de la laguna y, como no, los cayos Pearl (Pearl Keys, Cayos Perla... tienen varias denominaciones), una pequeña cadena de islotes con playas de arena blanca. De nosotros surgió la propuesta hacia Alberto de hacerlo con ellos. Nos dijo que su hermano tenía una barca y que podía preguntarle si estaba dispuesto a hacerlo.

-Como no- es la coletilla que usa siempre Alberto y con la cual responde cualquier pregunta, aunque no toque.

Era ya noche cerrada cuando entramos en Laguna. El trayecto de 22 kilómetros costó algo más de una hora, añadiendo además que hubimos de parar a echar agua al motor, que estaba humeando.

Apenas se vislumbraba dentro y Alberto nos avisó en nuestra parada, en una de las calles centrales de Pearl Lagoon. Bajamos y, por un par de calles, acabamos en Casa Estrella, el alojamiento que habíamos sugerido y que resultó – como no- de ser de un primo de Alberto.

En el hostal tenían solo camas dobles. Sin posibilidad de juntar dos o sin un colchón extra. El papá de la niña estaba en una reunión, con lo que ella no podía darnos muchas más opciones. Alberto y Miguel se fueron a ver un par de lugares más, mientras yo me quedaba en el balancín del porche y Areia se había colado ya en la salita, donde las muchachas veían una serie juvenil.

De pronto, me di cuenta de que no tenía conmigo la cámara de fotos. Con el trajín de la bajada, la falta de mochilita que siempre llevo y la oscuridad de la llegada debió quedarse de alguna forma en el asiento. Empecé a ponerme tremendamente nerviosa. No podía salir sin más a buscarla. Dejar las mochilas allí era casi peor opción y tampoco quería responsabilizar a Areia de vigilarlas. Cuando el vigilante del lugar me vio tan nerviosa me preguntó qué me pasaba. Le expliqué la situación.

- - Forget it, it’s gone! - me dijo tajante.

A los 10 minutos llegaron Miguel y Alberto. Les comenté y salieron corriendo pero, tal como me había anunciado el señor, no había resto de la cámara.

Tendréis que conformaros con fotos más mediocres. Por suerte, como ya somos perros viejos, llevamos un par más, así que recuerdos tendremos, pero los dos primeros días de viaje desaparecieron en el fondo de un asiento.

Lo peor- tal como comentamos con la muchacha policía con la que cursamos la denuncia- es que, quien la haya cogido, no va a poder hacer nada con ella. En cuanto se les acabe la batería ya no van a poder “jugar” con ella.

No lo niego: Me quedé jodida. El vigilante, al verme así, me animó con palabras llenas de razón: “Deja de preocuparte, es sólo material. Tú estás bien, estás sana y estás viva. Puedes disfrutar”. Y tenía toda la razón del mundo pero, no dejaba de sentirme algo idiota.

Para quitarme el disgusto y el polvo, nos metimos todos en la ducha, rascando las distintas capas que habíamos acumulado durante el día. Llevábamos en pie desde las 5, en el camión desde las 7.30, más casi 6 horas de espera y otra más de viaje. Lo que por barco hubieran sido apenas dos horas y media, al final lo cubrimos en unas 14 horas. Eso sí, hicimos amigos por el camino y la recompensa de la llegada – con sorpresas incluidas- fue mucho más apreciada.

Estábamos famélicos. Habíamos aguantado el día con el gran desayuno de Rama (café, pasteles para nosotros, un pollo con gallopinto para Areia) y unas rosquillas, con lo que darnos un homenaje en el mejor restaurante de la ciudad no se veía como un capricho.

En el Queen Lobster, un garito sobre el agua al final de la calle principal, nos explicaron sus platos principales. Optamos por unos camarones con salsa de coco y un “rondon” (viene de “run down”) que es algo así como una mezcla de todo tipo de pescados en una exquisita salsa (con base de coco también), mezclado con papas (dentro) y arroz (aparte). Se nos hacía la boca agua y nos supo a gloria absoluta. La cuenta no llego a los 15 euros para los tres. Un lujo bastante alcanzable.

Eran las 23. Areia estaba rota y nosotros agotados. La ciudad estaba en absoluto silencio y apenas se veía algún gato y se escuchaba el croar de las ranas.

Finalmente pudimos apañar la dormida de Areia con unas colchas sobre el suelo y un par de sábanas. Ella cayó como si se tratara del mejor viscolástico de los anuncios de teletienda. Todos, de hecho, dormimos profundamente y sin enterarnos absolutamente de nada...

Intimando

Está claro que la línea recta es la distancia más corta entre dos puntos. Más obvio aún es que el avión llega mucho más rápido que otro medio y, a ojos de algunos, puede parecer que hacer un trayecto en dos días cuando se puede hacer en dos horas es algo idiota. Está claro: para ir a Madrid no iría en Cercanías pero usar el transporte local cuando viajas te trae la cercanía de la gente y mucha más diversión.

Desde Managua es sencillo llegar a Bluefield: una hora. Aerolíneas la Costeña. De ahí a Laguna de Perlas, 1 hora también (en lancha). Total: 2 horas. Unos 100 euros.

Nuestra opción fue algo distinta: Managua - Rama- Kukra- Laguna. Total: dos días. Precio: unos 20 euros. Lo mejor: que el tiempo no es lo que tratamos de comprar, sino lo que aprovechamos mientras tanto. El destino no es en sí lo importante, sino el trayecto. Y el camino, a veces, cuanto más largo, más vida te ofrece.

Amanecimos en nuestra primera mañana en Managua tras unas buenas 10 horas de descanso. Nos ofrecieron un suculento desayuno local, plagado de fruta y un cafecito. Nos aventuramos al centro comercial cercano, pero ese lunes 1 de agosto era "feriado" en la capital, que celebraba "Santo Domingo", patrón de Managua. Os puedo asegurar de que nos dimos cuenta de ello, no sólo por la cantidad de camiones que entraban en la ciudad repletos de caballos (hay un desfile ecuestre) sino porque la radio escupía constantemente "Hoy es Santo Domingo, patrón de Managua" entre gritos, pitos y aplausos.

Una vez abastecidos de "cash" (aquí las cantidades a extraer han de ser grandes, ya que el país cuenta con apenas algunos cajeros automáticos), tomamos un taxi a la estación de Mayoreo. Nos comentaron que el bus a El Rama salía a las 11.30, con lo que teníamos algo más de una hora por delante. Observando, comistreando, leyendo y "relajando", se hizo la hora en que Abelardo nos llamó para decir que el bus se situaba en el andén de partida. Nos había guardado un par de asientos delante, para que Areia no se marease por la carretera.

Nos colocamos en primera fila. Areia y yo en los que quedan a la izquierda de la subida. Miguel a la derecha, tras el conductor. Un pequeño parapeto nos separaba de la escalerita. Buena vista, un panorama amplio y una ventana.

De momento...

En cada parada, los vendedores van subiendo. A veces incluso permanecen un par de paradas más y bajan, no sé si aprovechando también el traslado para acercarse a casa o, simplemente, como estrategia comercial. Compramos algo de maní caramelizado y, poco más tarde (yo moría por pollo frito) una güirila, una especie de torta de maiz (potente) con un trozo de queso fresco. El bus recogía y dejaba pasajeros constantemente. Tras una hora de marcha, en alguna población del camino, empezó a subir gente y aquello se llenó. Pero tras unos minutos pareció aliviarse con otras tantas bajadas. El trajín era constante y por momentos veíamos todo o no divisábamos nada.

Pasada la mitad del camino, llegados a Juigalpa y concidiendo con una lluvia-diluvio repentina, el vehículo se empezó a llenar hasta rebosar por los cuatro costados. Abelardo aún bramaba: Para dentro, señores, háganse para adentro, que hay lugar. El medio está "vasiíto", hagan el favor de apretarse un poquito más.

No sé cuál es el estandar, pero una docena por metro cuadrado creo que es algo más que razonable.

Debería decir que teníamos suerte de tener un asiento pero el hecho de estar "al descubierto" nos convertía en el reposatraseros de todo el mundo, sobre todo en la zona de entrada, que es donde estaban todos apretujados. Las posaderas de una señora en mi hombro, el sobaco de otra a diez centímetros de mi nariz, los paquetes de la otra bajo los pies y otra moza de redondeces voluptuosas encajada entre las piernas de Areia y las mías.

Por si no era suficiente, vi como hordas de madres con niños empezaban a abordar y, sin pensármelo dos veces (tal vez no debería ser tan impulsiva) tomé en brazos a una niña de 4 años que andaba perdida entre piernas de adultos. No supe quién era su madre, pero la coloqué en mi regazo para que no acabara asfixiada entre caderas. Al principio, extrañada, no paraba de mirar a todas partes, pero en 5 minutos debió sentirse cómoda y cayó redonda, babeando alternativamente mi brazo derecho y mi codo izquierdo. Entretanto, seguíamos todos haciendo malabares para sostenernos.

Un poco más adelante, Fátima se despertó (averiguamos su nombre al final del trayecto, porque fue incapaz de decirnos más allá de "caballo", con lo que la apodamos "risitas" porque no paraba de reírse) y vi subir otra mamá con dos bebés, uno de un año y otro de apenas semanas.

- Pásame el bebé- le dije (de nuevo sin pensar) y lo tomé en mis brazos, dejando a "risitas" a cargo de Areia. Las dos se pusieron a jugar y el bebito de dos meses, Tomás, se quedó conmigo durante algo más de una hora. Luego recuperé de nuevo a Fátima cuando las piernas de Areia se estaban durmiendo y esperé que una madre perdida me reclamara a la niña en algún momento del día.

Miguel había hecho lo propio con otra niña. La suya, eso sí, algo más grandecita (unos 9 años). En su momento, cuando las madres respectivas se encaminaban a la salida (ambas con otro retoño) las tomaron a ambas sin más. Nos llamó incluso la atención que no esbozaran ni un "gracias". Lo que tambien nos dimos cuenta es que fuimos los únicos que se prestaron a llevar pequeños. El resto de pasajeros en ningún momento se ofrecieron ni sintieron la más mínima compasión. Lo admito: eso sí me llama muchísimo la atención.

El nicaragüense de a pie es callado, reservado y apenas habla. Es formal pero no excesivamente educado. Habla de usted y con respeto, pero no es de "por favor y gracias". Otra forma de funcionar, imagino. No les hace más groseros o irrespetuosos pero a veces nos choca y no sabemos como afrontarlo.

Una vez los conoces, son encantadores, pero funcionan con otras normas de cortesía. Nos iremos habituando.

Aunque la hora supuesta de llegada a El Rama eran las 16.50, llegamos prácticamente entrada la noche, como una hora más tarde. Nos acercaron al alojamiento más conveniente, cerca del muelle, ya que nuestra idea era tomar el barco a Bluefield a las 5 del día siguiente. Pero, como siempre, nuestros planes cambiaron.

El culpable fue Salvador, nuestro anfitrión en la cena. Frente a un grandioso pollo frito con tajaditas, repollo y gallopinto (arroz con frijoles) conversamos un buen rato sobre la situación política de Nicaragua, las opciones electorales y las bondades de Ortega (estamos viendo que realmente se están ganando apoyo popular y eso que el hombre debe ser el más paciente y derrotado en la historia de los presidentes). Salvador nos comentó que había forma de llegar a Laguna de Perlas por tierra y además, sin tener que madrugar. Nos pareció una opción más que respetable. Tampoco sabíamos lo que teníamos por delante. Pero, sobre todo, no contábamos con ningún plan concreto y cualquier cambio era más que bienvenido.

En este país es MUY complicado hacer planes de viaje. Los horarios cambian constantemente. Los transportes no siempre salen. Los barcos hacen el trayecto sólo si tienen pasajeros y a veces puedes esperar incluso una semana para encontrar algo que te lleve a destino.

La noche caía sobre el Rama. Apenas algunas luces y los fogones de los comedores que van poblando las calles principales iluminando un cielo poco estrellado y amenazando lluvia. La buena conversación y la suculenta comida nos dejaron listos para un reparador descanso. Nos esperaba nuestro hospedaje Gonzales, un antro rayando lo excesivamente cutre, con apenas tres camastros apilados entre cuatro chapas repintadas. Un baño al final del pasillo compuesto por una taza de dudosa apariencia y una papelera llena de papel de diario arrugado. Para ducharse, un par de cubas grandes llenas de agua desde donde abastecerse y para esconderse en otro cubículo con la misma ausencia de luz que su hermana gemela.

No nos hizo falta mucho más. Caímos incluso con el estruendo de la televisión que bramaba a dos metros de nuestra puerta. Sólo unas horas más tarde otros extraños sonidos nos sacarían de nuestro sopor para darnos de nuevo de morros con la realidad.

Outflight entertainment

Siempre comento que el viaje de ida tiene mucha emoción. Normalmente porque acabamos sufriendo retrasos y, en consecuencia, corriendo por algún aeropuerto o perdiendo alguna conexión.

Esta vez todo fue sobre ruedas, los aviones salieron a tiempo e, incluso el hecho de volar con una compañía americana (qué locura el tema de la seguridad en American Airlines) nos permitió llegar a tiempo a todos lados.

Eso sí, la diversión no podía faltar.

En los últimos años no recuerdo haber facturado una sola maleta con la excepción del viaje a Madagascar, cuando aprovechamos los 40 kilos de equipaje para llevar material a la ONG. En esta ocasión y viendo la naturaleza del viaje, decidimos facturar una mochilita (una ridícula de 5 litros Quechua, la que uso a diario para ir a currar) con algunos objetos prohibidos en cabina: Una navaja multiusos, un bote de crema solar de 250 cc., unas agujas hipodérmicas, un cortauñas, el trípode de la cámara (no está prohibido, pero nunca se sabe con la definición de "contundente"), un pequeño set de costura (para una vez que me doy el lujo) y poco más...

Al llegar a Barajas nos fuimos a la cinta de equipajes. Desde Valencia no nos habían podido dar billetes hasta destino, así que en Madrid deberíamos facturar a Miami y a Managua. Por tanto, recogíamos equipaje en cinta.

Llegamos a las 8.55. A las 9.45, hartos de esperar y ver maletas dar vueltas, nos dirigimos a reclamar nuestra bolsa. No había salido aún de Valencia. Genial!!!

Si en principio pensábamos que las cinco horas en Madrid se nos iban a pasar algo despacio, la ineptitud de Iberia consiguió tenernos entretenidos hasta el último momento.

Después de desayunar, nos fuimos de nuevo a ver si habían sido capaces de traerla en otro vuelo. Nuestra última esperanza era el que llegaba a las 11. De otra forma no podíamos hacer la conexión. La chica de equipajes nos avisó que el avión estaba retrasado y no llegaría antes de las 11.45. Nuestras posibilidades de recuperarla disminuían drásticamente.

En el almacén revisamos los cientos de maletas que se agolpaban en el suelo. La nuestra no estaba entre ellas. El amable señor de atención al cliente se ofreció en enviarla a Managua pero nosotros íbamos a pasar la noche y salir corriendo de la capital sin destino previsible. Cómo nos iban a localizar? El hombre, incrédulo, nos preguntaba de nuevo que en qué sitio podía enviarlos el bulto pero le explicamos reiteradamente que ni nosotros mismos sabíamos dónde íbamos a estar los siguientes días.

Asimilando que nos tocaba reponer lo perdido, nos fuimos hacia la puerta de embarque. La paranoia americana sobre la seguridad nos llamó la atención en cada punto, pero aceptamos estoicamente los formulismos.

Por delante, 9 horas de viaje sin mucho entretenimiento (la aerolínea es bastante básica, si bien no tenemos quejas) más que una película poco recomendada para menores (Rango) y otra con dudas para adultos (Wall Street II). Nuestro paso por Miami fue rápido y aprovechado para tomar un refrigerio, sacar algunos dólares y estirar las piernas.

Hacia las 20, hora local, lidiábamos con un taxista nica para que nos llevara a reponer los dolores corporales, la lacra de llevar 24 horas despiertos sin parar, volando de una a otra parte del planeta.

A las 21 horas, en nuestra cómoda cama de Nicaragua Guest House, caíamos rendidos hasta la mañana siguiente.

¿Qué toca hoy?

¿Qué toca hoy?
Lo que nos depare el día (por cierto, ¡son de verdad!)