Los "protas"

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De madre aventurera, hija trotamundos. Una aporta la experiencia, otra el sentido común. La suma de las dos: una serie de vivencias inolvidables y unos recuerdos indelebles.

jueves, 4 de abril de 2013

Dessie la Fea en April Fools' Day

África es sorprendente y, como no, imprevista y difícil de calificar a veces. Nos deja estupefactos por igual por su sencillez y carisma, a la vez que nos abre la boca porque la encontramos simplemente incompresible. Sea como fuere, nunca deja de sorprender. Y Etiopía no iba a ser menos.

Levantarse a sabiendas de que se acabó lo bueno y vuelves de nuevo a la "lucha" no es sencillo, pero era un último tramo, un empujoncito final. Con el pan recién hecho y esa miel que se corta con cuchillo se hacía un pelín más fácil. Ya recogido el campamento, nos despedimos ceremoniosamente de toda la comunidad y emprendimos nuestro último tramo hasta Gashena. Allí nos esperaba el caos, ese cruce inevitable de caminos donde se unen los viajeros, los ociosos, los curiosos, los amigos de lo ajeno, los mafiosos y los perdidos. Buscábamos algo que nos llevara hacia el sur, haciendo el camino hacia Addis más llevadero. 

Apareció el típico negociante, el "broker" local para negociar una tarifa que, de partida, era de "faranji". Le regateamos y al final pudimos dejar en 400 birrs lo que inicialmente eran 500 y sabíamos que no saldría por menos de 300. Teníamos ganas de dejar de dar vueltas y, de esa forma, también liberábamos a Teshale de tener que cuidarnos y velar por nosotros hasta que llegara el siguiente "gualtrapas" a chulearnos. Nos despedimos con pena y un abrazo demoledor y subimos al minibús. Como suele ocurrir y, dado que habíamos exigido tres asientos en el frente (por ese precio al menos tenemos derecho a reclamar), el broker tiró a tres personas, recolocó a los demás y nos buscó el espacio que necesitábamos. NO... No os creáis que es por educación o porque les caímos bien. Es una transacción puramente monetaria. Nosotros pagamos más (nos obligan la mayor parte del tiempo) y el resto no son tan interesantes. Así es como funciona Etiopía. 

Nos habían dicho que eran 3 horas. Otros que 5 o 6. Lo que resolvimos es que al final pasábamos por Woldia, donde nos tocó cambiar de minibús pero, graciosamente, nos respetaron los sitios. Eso sí, la fila de 3 se expandió a 4. El trayecto hasta Woldia ya lo habíamos hecho unos días antes, pero las dos horas de más hasta Dessie nos sorprendieron de nuevo por su lozanía y verdor. Más fresco se volvió aún el ambiente cuando el conductor paró para que los pasajeros compraran manojos de chat recién cortado. El espacio interior olía a hierba recién segada. Y nuestros compañeros mostraban un aspecto cuanto menos más relajado.

Llegamos a Dessie cerca de las 15. No teníamos oportunidad de enlazar con Addis salvo con la opción de otro minibús. Confieso que a ninguno nos atraía demasiado meternos en esos ataudes rodantes tras la caída del sol. 400 kms significan unas 8 horas, lo que se alargaba demasiado y nuestro cuerpo necesitaba poca tralla.

Nos alojamos en el hotel más cercano a la estación, donde acudimos a comprar el billete para la mañana siguiente. Ya no quedaba "1st level" con lo que nos conformamos con pagar 111 birrs por cabeza para aguantar el traqueteo de un bus más desvencijado. 

Duchados y tras rascar la capa tras la cual nos escondíamos (después de días sin ver nuestro reflejo ¡fue emocionante reconocer nuestros rostros!), nos acercamos a comer algo a una terracita muy apetecible. Desde allí me pareció divisar en medio de la avenida principal (Dessie es uno de los mayores núcleos de transporte del norte de Etiopía pero es francamente fea), en medio de los dos carriles del lado izquierdo, un resto de un animal aparentemente atropellado.

Mulo, burro, cabra o perro considerable, nos tenía francamente intrigados, pero tampoco alcanzábamos a entender por qué no lo retiraban de la vía.

En una segunda y más fija mirada, nos dimos cuenta de que no era un animal, sino una persona, dado que veíamos el perfil de su cabeza y el dibujo de sus pies contra la carretera. El choque fue más fuerte aún, pues seguíamos sin entender que, si estaba herido, nadie se lo llevase pero, si estaba muerto, lo dejaran ahí tirado hasta su descomposición. Miguel, tan formal y acostumbrado a estas lides, abocaba porque estaban esperando al juez para el levantamiento. De momento, el cuerpo estaba balizado con unas rocas para no ser atropellado por ningún vehículo.

Impresionante.

Pero, en otra mirada más aguda, nos dimos cuenta de que había cambiado la posición. Eso ya resultaba más que intrigante. Curioso resulta también que le preguntamos al camarero por lo que estaba pasando pero él negaba ver nada ni nadie tirado en el suelo. "¿Dónde? Yo no veo nada, no sé a qué os referís". Tal vez - dedujimos- se trataba de algún hechizo, porque nosotros parecíamos los únicos que se daban cuenta. ¿Sería un programa de camara oculta? ¿Respondía al hecho de que era April Fools' Day? (el día de los Inocentes versión anglosajona)

Movidos por la curiosidad, nos acercamos a ver qué pasaba. Lo obvio era que había un tipo totalmente desnudo tirado en medio de la calzada. Se movía con pesadez y lentitud, de hecho no cambiaba apenas de postura, pero tenía vida. Unos paisanos que nos vieron mirar con total estupefacción nos dijeron que "crazy" y, reconozco que no sé quién está peor, si el loco de turno que se tira a hacer la siesta en medio de la carretera con más tráfico de todo el país, o todos los demás que le dejan campar tan tranquilamente y descansar sin interrupción alguna. 


No hay nada como una tranquila siesta vespertina

Al cabo de unos minutos cayó una tormenta vespertina. Debió ser aliciente para retirarse, porque cuando pasamos a la vuelta ya no estaba allí. Imagino que el asfalto resulta acogedor y cálido, pero sestear en una vía donde pasan cientos de vehículos por hora no me resulta-a mi personalmente- de lo más atractivo.

La tarde voló entre cafés, cartas, charlas y alguna conexión. Nuestro amigo del restaurante siguió trayéndonos el menú en amhárico porque, aunque no entendíamos nada, insistía que los precios eran más económicos que en la versión en inglés. Pedir a ciegas siempre tiene su emoción y acabamos con una pizza de atún y champiñones que no estaba nada mal. Menos peligro que la ruleta rusa y entusiasmo cuando ves que has acertado en el plato y te lo puedes comer.

Limpitos y con ganas de descansar, nos recogimos moderadamente pronto para prepararnos para nuestra jornada final.



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