Teníamos los asientos del 1 al 3. Fila preferente y todo un lujo, sobre todo teniendo en cuenta que en otras ocasiones el "2nd level" no nos había otorgado número y tuvimos que luchar por un sitio decente. Ocho horas por delante con buena visibilidad y capacidad para estirar las piernas es un verdadero lujo.
| En el "kilómetro 200" |
400 kilómetros exactos separan Dessie de Addis Abeba. En estándares africanos, unas ocho horas de trayecto por carretera asfaltada. Como suele ocurrir, el bus sólo para una vez, lo más cercano a mitad de trayecto, que en este caso fue en un pueblo en medio de la nada lleno de vendedores ambulantes, restaurantes de comida veloz (tiene uno o dos platos en carta que es lo que endosan cuando tienes hambre, normalmente variantes de la injera o el sempiterno plato de spaghettis) y un mercadillo con apariencia poco organizada. La acumulación de buses lo convertía en otro colapso funcional pero, sobre todo, se llevaba el premio a los váteres más asquerosos que hemos encontrado a lo largo y ancho del país. Que ya es decir... (y no me voy a encantar en detalles sobre los olores pútridos y ácidos que emanaban).
| Encomendados |
No deja de sorprendernos el cariz montañoso del norte de Etiopía, el altiplano que asciende por encima de los 2000 metros y que lo convierte en un impresionante vergel, con el cuidado y mimo también de sus habitantes que, conscientes de la necesidad de vivir de la naturaleza, repueblan sus bosques, reciclan cuanto encuentran y mantienen el paisaje impecable. Todo el mundo con el que hemos hablado coincide en lo mismo: cuando vives de la naturaleza no tienes más remedio que respetarla. Ojala muchos escucharan esta sentencia y se adhirieran a ella.
| Ambientillo mercantil |
Llegamos a la capital entradas las dos de la tarde. Quisimos bajar antes de llegar a la estación de buses, para caminar un poco por una parte diferente de la ciudad y evitar también el caos de la zona de Merkato. Desde Siddist caminamos a Arat Kilo, pasando por la zona universitaria. Rodeamos el antiguo palacio de Menelik (fuertemente custodiado), dejamos atrás el insultante hotel Sheraton (donde se llegan a pagar 12.500$ por una suite) y a nuestra izquierda quedó el palacio nacional. Destino: las aguas termales de la ciudad. Poco anunciadas, poco fáciles de hallar y con señalización en amhárico. Como no entendíamos el funcionamiento y queríamos probar si nos guardaban gentilmente las mochilas, nos hicimos los despistados (no era complicado pretender serlo) y preguntamos qué opciones habían.
Entre el parco inglés de los recepcionistas y lo surrealista del lugar, acabamos por concluir que, como mucho, nos podíamos dar un baño en un espacio privado para los tres. De las cuatro categorías (de 1ª a 4ª) escogimos la superior, que costaba 84 birrs por los tres (algo más de 3 euros), en baños de primera clase, con exclusividad. Nos dieron tres jabones hidratantes y nos mostraron el camino a primera clase.
Allí el encargado iba anotando el orden de llegada. 45 minutos de baño. Ni más ni menos. Llamados por riguroso orden. Algunos iban en familia, otros en parejita y otros de forma individual. Tras esperar cosa de 20 minutos nos dieron el baño número 14.
Cuando entramos nos dio la risa. Ni fuentes termales, ni baños terapéuticos, ni salsas en vinagre. El gresite se caía a trozos, los azulejos de ambulatorio atacaban desde sus posiciones y las dos bañeras tamaño king size no eran de lo más evocador. Los grifos funcionaban a golpes (girar la maneta no era suficiente para pararlos, las gomas estaban caducadas), el tubo de la ducha más que maltrecho estaba afónico y sufría de traqueotomía extrema. Una pena, si señor. Y, en cuanto a lo de termales, sospecho que los camiones de gasóleo que estaban a la entrada tenían algo que ver. Resumiendo: la gente acudía al lugar a darse una ducha, un baño o a disfrutar del agua caliente que en casa tienen vetada.
Al menos nos iríamos limpios y relucientes al avión.
Dado que no logramos convencer a nadie para que nos cuidara las mochilas, nos fuimos al cercano hotel Ras, que al menos tenía un internet, una cafetería un cierta animación alrededor. Aprovechamos para disfrutar de nuestros últimos cafés, del magnífico"peanut tea" (es como beber cacahuete - ¡impresionante!) y de nuestra última cena.
El taxi al aeropuerto nos costó una décima parte que a la ida (ya se sabe, novatadas) y con más de tres horas por delante nos acoplamos en los cómodos sofás de las puertas de embarque. Tenía un aspecto muy diferente al que vimos en nuestra llegada, animado, lleno de gente e inundado por lo que parecía una convención de mujeres musulmanas. Cientos de ellas se agolpaban por doquier en cualquier esquina. ¿Destino? Entendimos que Riyadh pero nos intrigó un número tan elevado y con tal organización.
Con puntualidad, cansancio y olor a jabón (termal o no), emprendimos nuestro camino de vuelta a casa. Adiós, Etipía; Salam, España.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nos encanta que nos contéis cosas, así que no seáis tímidos...