Los "protas"

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De madre aventurera, hija trotamundos. Una aporta la experiencia, otra el sentido común. La suma de las dos: una serie de vivencias inolvidables y unos recuerdos indelebles.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Bye, Malaysia. Hi, Singapore.

Lunes, 3 de septiembre.

No hay mejor forma de despedir una ciudad que abrazándola con calma, paseándose por sus entrañas y observando su cadencia. Teníamos la mañana calmada para poder ultimar nuestros recados, darnos un calmo desayuno y pasear por uno de nuestros lugares favoritos allá donde vayamos: el mercado. En Asia, estos rincones son  el paradigma de la vida diaria. No sólo se puede ver todo aquello que conforma la cotidianeidad y lo que se puede cocer en cada una de las casas, sino que también son el núcleo donde la gente se reúne para charlar, discutir, elucubrar y, por supuesto, zampar. Los asiáticos comen a toda hora, sin horario definido, sin unos márgenes establecidos. Cuando hay hambre. Apenas cocinan en casa, por lo que la calle rezuma siempre con puestecitos de casi todo a múltiples horas del día. Las calles siempre suponen una provocación al sentido del olfato.


Desde nuestro puesto de mando, junto al muelle de barquichuelas, observábamos el ir y venir de decenas de embarcaciones con rumbo a Gaya, donde, junto a los "resorts" más exclusivos, conviven cientos de personas que habitan sobre palafitos más o menos dignos, hacinados en el trozo que se les ha permitido y buscándose la vida de la mejor manera posible.


A las 12.30 habíamos quedado con el taxista. Para despedirnos de esta Malasia tranquila, pausada y ordenada, nada mejor que un chino alocado, con estrés y amor al claxon. Un poco de emoción camino al aeropuerto para empezar la jornada.

Nuestro vuelo a Singapur partió con total puntualidad. Air Asia es una especie de Ryanair asiática, pero carece de la animadversión que ésta levanta y es tenida como una aerolínea favorita. No se puede esperar lujos ni regalos, pero es correcta, cómoda y servicial.


En Singapur optamos por repetir la experiencia del hotel de la ida. El Fragrance Sapphire no reviste grandes lujos y es de los pocos alojamientos que te ofrece una triple. Singapur es una de esas ciudades donde no debes darte el lujo de ir sin tener algo reservado, no por falta de oferta, que la hay, sino por sus elevadísimos  precios. Las ofertas online suelen ser siempre mucho más ventajosas, por lo que fuimos con el pescado vendido y a sabiendas de que estaríamos en Geylang, el barrio rojo pero no por ellos más peligroso, sino más bien con una animación fuera de lo normal. Singapur es una ciudad estado. Una isla (aunque cuesta hacerse a la idea) de unos 45 kms de largo/ancho unida al continente malayo, con vida propia y una próspera independencia. El orden impera en cada rincón, incluso cuando debería carecer de él, pero todo está controlado, vigilado y registrado. A veces, incluso, es temible la sensación del "Big Brother is watching you".

Una de las peores decisiones llegado a este punto es dónde cenar. La oferta el Geylang es tan diversa y tan peculiar (y de las más económicas de la ciudad) que lo que hay que decidir es si quieres "porridge" de rana, buffet coreano o huevos al plato. Y, como es de esperar, lo más económico y fácil siempre es acudir a esos infinitos buffets donde todo viene arropado con noodles y con arroz.

Hacía tres semanas que habíamos gozado del mismo escenario pero ahora se veía todo con ojos diferentes. O éramos nosotros quienes habíamos cambiado?? Tal vez más de 20 días de inmersión te hacen disfrutar de las cosas con más relajo.

Y, como postre, un helado de durián. La fruta más paradójica del planeta.




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