Domingo, 2 de septiembre.
Un buen domingo, segun el credo malayo, hay que ser un verdadero dominguero: empezar con unos mee goreng (para variar, pero estos eran finos!!!) y aprovechar el mercadillo dominical de Jalan Gaya, la calle más "china" de la ciudad (aunque a nosotros nos da la sensación de que todo el país esta tomado comercialmente por el gran imperio). Un escaparate para todo tipo de artículos, desde puestecitos de comida para llevar, hasta los de medicina tradicional, con esos remedios caseros tan estupendos, pasando, como no, por las sempiternas muestras de artesanía (enlatada y plastificada), ropa que solo me pondría en caso de querer participar en algun carnaval o gadgets imposibles.
El día había amanecido despejado y ya a las 8.30 el sol pegaba despiadado. Perfecto para ir a la playa!!!!!
Desde Jesselton Point nos fuimos a tomar la barca que traslada a la gente a las islas de alrededor de KK. Compramos los billetes en el hotel, ya que tienen un descuento de 10 ringgits por cabeza y, dado que la suma de todas las tasas, el "Conservation fee" y otras pequeñeces varias hacen que la excursion al final salga algo costosa, siempre va bien tener rebajas. Nos decidimos por Mamutik. Nos habian dicho que era la mas tranquila de las 5. A Gaya solo se puede acceder si te alojas en ella por un modico precio (empezando en unos 300 euros!!), Manukam es la que tiene mayor tamaño, mas infraestructura y por tanto mas gente. Sapi, que en marea baja se une a Gaya por un banco de arena, se suele llenar bastante y Sulug apenas tiene barcos que acudan a ella, ya que carece de cualquier tipo de instalación. Cuando llegamos sobre las 9.15 la parte circundante al muelle parecia una zona donde preparaban una convención o un banquete de boda. Decenas de mesas redondas con las sillas vestidas, colocadas bajo las sombras estratégicamente. Nos asustó ver aquel montaje y, aunque ya se sabe que en Malasia cuando te dicen que no hay alternativa es que NO hay alternativa, optamos por ir a dar una vuelta por el sendero que circundaba el lugar.
En efecto, la única playa disponible (y accesible) era la de la parte frontal. El camino que tomamos llevaba a unos acantilados, medianamente accesibles pero donde las olas daban de pleno, lo que la convertía en zona poco apta para un baño reposado. Lo que sí observamos fue que, la parte más apartada de la playa, la que lindaba más hacia la derecha, estaba totalmente desierta. Y es que ahí no había mesas, sillas o nada que comer.
Colocamos nuestros pareos, nos enfundamos nuestro tubo y máscara, y abrimos agallas y ojos para poder ver el fondo marino. Para nuestra sorpresa, sólo un pequeño sector del arrecife permanecía mínimamente conservado y estaba habitado de forma masiva por peces. Pudimos ver peces payaso, loro, napoleones, globos, trompeteros (ignoro el nombre científico de muchos de ellos, por eso les ponemos nuestra propia versión, a falta de una más rigurosa) y otras decenas de ejemplares más coloridos, grandes, pequeños, tímidos, escurridizos, descarados, chulitos, pizpiretas, .... Lo suficiente para tenernos entretenidos durante unas horas y permitir que nuestras espaldas (en mi caso, sobre todo, mi trasero) adquirieran la tonalidad de un cangrejo poco ermitaño. A pesar del factor protector 50. Entre inmersión e inmersión, tuvimos nuestro momento de locura y entretenimiento haciendo acrobacias y piruetas sobre la arena. Es la excusa perfecta para cerciorarse de que no hay lateral que se me resista y ¡hasta soy capaz de hacer el pino-puente! (sin tener que volver a montar las piezas a posteriori, claro está). No fue lo que vulgarmente se entiende por un día de playa, sol y relax, dado que apenas tocamos "mare" y no llegamos a sentarnos plácidamente en el pareo más allá de 5 minutos.
En el frente principal, más de un centenar de chinos disfrutaban de un opíparo buffet con manteles de tela, agazapados en la sombra, vestidos hasta el cuello y, los pocos que se aventuraban al agua, se peleaban con el chaleco salvavidas y los trastos añadidos. Mirándolos, todavía me pregunto para qué van realmente a la playa si los paradigmas que nosotros tenemos establecidos (agua y sol) no les son en absoluto necesarios.
Nosotros nos conformamos con unos refrescos y algún snack para ir tirando y reemprendimos la marcha acuática buscando a Nemo.
A las 16 horas teníamos establecida la hora de regreso. Como una gran mayoría del personal. El sistema de distribución de las barcas es algo curioso, porque operan varias compañías y, de alguna forma, tienes que recordar quién se encarga de ti (un consejo: Mirar el billete y buscar el nombre. Aparece en algún sitio!) y lanzarte de cabeza sobre ese bote. A la ida la lancha rápida había ido disparada y pegando saltos, para jovialidad y diversión de todos los pasajeros (la primera, Areia) pero parece que la siesta había adormilado a nuestro capitán y la embarcación también era más tranquila, por lo que nuestro regreso fue una travesía pacífica y sin trabas. Aunque algunas nubes amenazaban por el interior, el día seguía despiadadamente azul.
Repostamos algo de bebida y un pastelillo en un local popular de KK y procedimos a la ducha de rigor. Estábamos los tres algo colorados, aunque la que menos brillaba en la oscuridad de todos era, sin duda alguna, Areia.
Teníamos claro que queríamos ir a cenar al mercado filipino. Es la zona más activa, divertida y sana de KK al anochecer. Empezamos por algo de fruta comprada directamente en los puestos del mercado, para seguir con todos los mejunjes potables de cada rincón (rosa con limón, rosa con leche, coco, ....) y, por supuesto, un par de pinchitos y un calamar recién cogido y recién cocinado. El aliciente de ir de mesa en mesa, de comedor en comedor, de ir cambiando rincón, perspectiva, compañía y sonrisas, siempre es algo que nos entusiasma. Poder catar cada trocito de nocturnidad y dejar que el humo de las barbacoas se entremezcle con el salitre, el mango recién madurado y la caña de azúcar recién exprimida.
La manera perfecta de cerrar un círculo y un domingo excepcional, sin atisbo de lluvia y con toda la energía rebosando por nuestros poros. Una última noche para despedir Kota Kinabalu, Sabah y la isla de Borneo, nuestra casa durante las últimas tres semanas.

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